11 de mayo de 2008

El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento 8

Tomás Alfaro Drake

Introducción

El 6 de Enero, en una entrada de este blog dedicada a Simone de Beauvoir, me comprometí a hacer un análisis de cómo el pensamiento occidental ha derivado hacia la posmodernidad. Luego, pensé que no me bastaba con ese análisis. Necesitaba ver qué reacción estaba habiendo en este pensamiento contra esa decadencia. No me gusta la palabra reacción ni contra. Lo que se está produciendo no es una reacción contra nada, sino un reavivamiento del pensamiento sano que hizo posible Occidente y de cuyas rentas ha venido viviendo nuestra cultura dilapidando una preciosa herencia. Por eso he llamado a esta “reacción” “nuevo renacimiento”. No sé exactamente a dónde me llevará este intento, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el mar. Así que empiezo hoy una serie de escritos que espero sirvan para algo y que no sean demasiado densos ni demasiado largos. Pero no sé cómo me saldrá el intento. Este párrafo iniciará cada una de las “entregas”, para recordar para qué los escribo. No recomiendo empezar la lectura de esta serie por cualquier sitio. Si alguien está interesado en ella, creo que es mejor remontarse al primero, publicado el 20 de Enero del 2008.

El renacimiento del Ave Fénix

Sería injusto y en extremo simplista, pensar que durante estos cuatro siglos, desde principios del XVII, hasta principios del XXI, todo ha sido erróneo. En primer lugar, ha habido notables pensamientos que, aunque en un camino equivocado, han sido iluminadores y positivos. En segundo lugar, tal vez era necesario que la humanidad recorriese este camino hacia el borde de la nada para darse cuenta del abismo y volver a la cima. En tercer lugar, porque en el hecho de que el pensamiento se iniciase en esos caminos, la filosofía realista ha tenido también alguna responsabilidad y puede ser que este largo recorrido nos haya descubierto alguna de sus “culpas”. Por último, porque siempre, a lo largo de estos cuatro siglos, ha habido voces que han gritado, ¡no es por ahí, no es por ahí!, siendo brasas del realismo entre las cenizas de la posmodernidad, que permitirán el renacer del ave Fénix.

Lo que viene a continuación pretende dos cosas. Primero, oír alguna de esas voces más recientes que no sólo gritan que no es por ahí, sino que, además, indican un nuevo camino que nunca ha estado del todo borrado. Segundo, apuntar las que creo han sido las faltas del realismo que dieron inicio al abandono de la realidad. Este segundo punto refleja únicamente una opinión mía, totalmente personal, que me atrevo a dar desde la frescura y el atrevimiento de la ignorancia.

Como he dicho antes, las brasas del realismo no han estado nunca apagadas en estos cuatro siglos, pero sólo voy hablar de algunas de ellas, las que han producido una llama, aunque sea tímida. Si el camino que conducía a la posmodernidad se inicia por la tímida negación de la realidad y termina en su negación total y con ella la de Dios, parece lógico que fuese del cristianismo y, en cierta medida del judaísmo, de donde viniesen las principales contestaciones a ese camino.

Existencialismo y vitalismo

Una de esas voces de oposición fue Sören Kierkegaard (1813-1855). Se manifestó en abierta oposición con Hegel y su idealismo absoluto. Para Kierkegaard, el punto de partida incontrovertible era la existencia. No es el pensamiento lo que prueba la existencia. La existencia no necesita ser probada. Simplemente, está ahí. Existimos y punto. “El pecado es soñar en vez de existir”, nos dice en su obra “La enfermedad mortal”. El problema es definir qué es la existencia y, sobre todo, más que esa pregunta abstracta, la íntima y concreta, para qué existo yo. Esa fue la gran pregunta de Kierkegaard. Renunció a encontrarle respuesta porque llegó a la conclusión de que si el pensamiento era consecuencia de la existencia, era incapaz de interrogarse sobre ella. La pregunta sin respuesta le atormentó toda su vida. Y abrió la puerta a una corriente que se conoce como existencialismo. La lucha con el racionalismo dejó atrapado a Miguel de Unamuno (1864-1936) en un dilema parecido al de Kierkegaard, pero más inclinado al racionalismo. Otros muchos pensadores han dado su respuesta a esta pregunta sobre el para qué de la existencia. Pero la cultura posmoderna que pasa todo por el filtro de sus dogmas, ha encumbrado sólo uno de los tipos de respuestas dadas por estos pensadores. Básicamente, la respuesta de Jean Paul Sartre (1905-1980). Y esta respuesta es muy simple. ¿Para qué existo yo? Para nada. El hombre es una pasión inútil, no tiene ninguna finalidad, no sirve para nada, es arrojado a la vida para dar un salto mortal entre la nada y la nada. Pero hay otras respuestas, sólo parcialmente silenciadas por el pensamiento posmoderno.

Está, por ejemplo, la respuesta de Henri Bergson (1859-1941). Aunque no es propiamente un existencialista sino un filósofo vitalista, Bergson responde a esa pregunta diciendo, un poco como Kierkegaard, que la razón no puede contestar a esa pregunta porque la existencia se desarrolla en el tiempo y la razón no puede aprehender el tiempo como un continuo, sino que tiene que diseccionarlo en momentos discretos para luego recomponerlo. Pero al hacer esto, mata aquello que quiere encontrar. Bergson apela a la intuición como facultad única para contestar a las preguntas sobre la vida y la existencia.

Una tercera respuesta es la de Gabriel Marcel (1889-1973). Para Marcel, la existencia, el yo, es un proyecto vital que realizamos nosotros mismos. Pero lo hacemos en un medio que nos trasciende y que no podemos abarcar con la razón. Y no solamente existe el yo. Antes incluso que el yo, existe el tú. La conciencia del tú es anterior a la del yo. Un recién nacido tiene más conciencia de la existencia de su madre que de la suya propia. "La creencia en el tú es esencial; el ser es el lugar de la fidelidad, que significa un compromiso desmesurado y la esperanza en un crédito infinito; estas ideas y la fe en la inmortalidad personal, están trabadas estrechamente con el amor, y se expresan admirablemente en la frase de un personaje de una obra de teatro de Marcel: 'Tú, a quien amo, no morirás nunca'"[1]. Ese medio trascendente en el que se desarrollan los proyectos vitales del yo y el tú, es el misterio. El misterio no es algo irracional, algo que va contra la razón. Es algo que supera a la razón y que ésta no puede abarcar. Distingue claramente entre problema y misterio. “El problema es algo con lo que me encuentro y que me cierra el camino. Está por entero delante de mí. El misterio, por el contrario, es algo en lo que me encuentro envuelto o comprometido. Es algo cuya esencia consiste en no estar entero delante de mí”[2]. Los problemas hay que resolverlos. Con los misterios sólo cabe la contemplación desde el asombro y el respeto. Un problema puede ser interesante, un misterio está lleno de belleza. En un misterio puede uno sumergirse, en la seguridad de que nunca llegará al fondo pero con la convicción de que en esta inmersión se enriquecerá con una comprensión profunda.

“Hay un plano –escribe Marcel– en el que el mundo, no sólo no tiene sentido, sino que incluso es contradictorio plantear la cuestión de saber si tiene alguno; es el plano de la existencia inmediata”.

Las respuestas de Bergson y Marcel, no son racionalistas, pero tampoco irracionales. Podría decirse que la respuesta está en un plano suprarracional. La respuesta de Sartre tampoco es racionalista, porque la nada no es racional, es algo impensable. Es también un misterio, pero un misterio vacío, empobrecedor, mortal. Llama la atención una conversación de los personajes de Sartre en su obra de teatro, “El muro”. Varios prisioneros de la guerra civil española, condenados a muerte, esperan ser fusilados al amanecer. Uno le dice al otro:

“Es como en las pesadillas –dice Tom–. Queremos pensar en algo, tenemos todo el tiempo la impresión de que ya está, que vamos a comprender y después, la sensación resbala, se escapa, y recaemos. Me digo: Después no habrá nada. Pero no comprendo lo que eso quiere decir. Hay momentos en los que casi llego... y después recaigo, empiezo a pensar otra vez en el dolor, en las balas, en las detonaciones. Soy materialista, te lo juro; no me estoy volviendo loco. Pero hay algo que no funciona. Veo mi cadáver: eso no es difícil, pero soy yo el que lo veo, con mis ojos[3]. Tendría que ser capaz de pensar... de pensar que no veré nada más, que no oiré nada más y que el mundo continuará para los demás. No estamos hechos para pensar eso, Pablo. Puedes creerme: ya me he pasado en vela más de una noche entera esperando algo. Pero eso no se parece a nada: eso nos cogerá por detrás, Pablo, y no habremos podido prepararnos”.

La respuesta de Sartre, lo que es realmente, es simple. Sin embargo, para científicos de primera línea como, Albert Einstein, Wolfgang Pauli y Max Planck, el misterio es algo real y sublime con lo que se han encontrado. Einstein decía que nuestra actitud debía ser “como la de un niño que entra en una biblioteca inmensa cuyas paredes están cubiertas de libros escritos en muchas lenguas distintas. Entiende que alguien ha de haberlos escrito, pero no sabe ni quién ni cómo. Tampoco comprende los idiomas. Pero observa un orden claro en su clasificación, un plan misterioso que se le escapa, pero que sospecha vagamente. Esa es, en mi opinión, la actitud de la mente humana frente a Dios, incluso la de las personas más inteligentes”. O también que “la experiencia más bella que podemos tener es sentir el misterio [...] En esa emoción fundamental se han basado el verdadero arte y la verdadera ciencia [...] Esa experiencia engendró también la religión [...] percibir que tras lo que podemos experimentar se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, la razón más profunda y la belleza más radical, que sólo son accesibles de modo indirecto –ese conocimiento y esa emoción es la verdadera religiosidad”.

Pauli afirmaba que debemos vivir “reconociendo que cualquier intento de resolver cualquier cuestión depende de factores fuera de nuestra capacidad de control y para los que el lenguaje religioso ha reservado siempre el nombre de gracia”.

Como último científico, citaré a Max Planck diciendo que “el progreso de la ciencia consiste en el descubrimiento de un nuevo misterio cada vez que se cree haber descubierto una verdad fundamental[...]. La ciencia es incapaz de resolver el misterio último de la naturaleza”.

Por acabar con esta reivindicación del misterio, y con esta larga retahíla de citas, lo haré con Arnold J. Toynbee:

“La búsqueda del hombre es realmente un intento de llegar al corazón del misterio del universo y no creo que los seres humanos puedan alcanzar esa meta en esta vida. Si un puerto, en este lado de la vida, es inaccesible, será mejor mantenerse en los mares. Pensar constituye un intento de aprehender la realidad en una red conceptual: y una red suele servir para su fin en virtud de estar hecha de manera tal que deja espacios abiertos entre las mallas. Es ese tejido abierto el que da a una red su elasticidad, su libertad de acción. Si la red estuviera hecha, no de una trama abierta, sino de un género tupidamente tejido, el material sería demasiado compacto para permitir que la red hecha con él fuera efectivamente extensible. Pero el precio de estar hecha con un tejido que hace posible atrapar algo entre las mallas de la red es el hecho inevitable de que otras cosas se escapen a través de los espacios abiertos. Y Dios sabe lo que puede o no puede escaparse a través de las aberturas que presentan las mallas de la inteligibilidad. En suma, que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña la filosofía del racionalista, y el racionalista no puede estar seguro de que la ráfaga que pasa a través de las aberturas de su sistema no sea el viento importuno que sopla de donde quiere y que, aunque pueda ser invisible a los ojos del racionalista, produce para los oídos del creyente un son que llena el mundo”.

En el próximo capítulo comentaré el que, a mi modo de ver, es el movimiento filosófico que, al inicio del siglo XX, lanzó la voz de alarma ante el callejón sin salida de la negación de la realidad, la corriente liberadora del idealismo kantiano y sus secuelas. Nació también en Alemania. Me refiero a la fenomenología.
[1] Citado textualmente dl libro “Historia de la filosofía” de Julián Marías. Alianza editorial. Madrid, 2000. Pag. 427.
[2] Gabriel Marcel, Ser y tener. Traducido al español con el título de “Diario metafísico”.
[3] Las palabras yo y mis, están resaltadas en el texto original.

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