18 de mayo de 2008

Los primeros brotes del arbusto de la vida

Tomás Alfaro Drake

Este es el 18º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?” y “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin”.

En los artículos anteriores hemos visto cómo se aceptaron, aunque no sean una teoría científica, los mecanismos evolutivos darwinistas y cómo, entre estos mecanismos nada hay que nos obligue a creer que únicamente el azar es el que rige este proceso. Vamos ahora a recorrer el camino evolutivo hasta la aparición del ser humano.

La vida, al principio, no era sino pequeñas cadenas de ARN que tenían la propiedad de autorreplicarse y de controlar reacciones metabólicas. Si estas moléculas fuesen inmutables, la vida seguiría siendo hoy, cinco mil millones de años más tarde de su aparición, exactamente igual. Pero en esas cadenas se producían mutaciones. Generalmente, esas mutaciones inutilizaban las capacidades de las moléculas de vida y la que las sufría quedaba inutilizada. Pero una mutación de cada muchos millones, resultaba aportar algún tipo de ventaja a la molécula de ARN que la sufría. Podía hacer, por ejemplo, que produjese una proteína más eficaz que la original, o que apareciese una nueva con nuevas funciones. Imaginemos una primera colonia de vida en una charca profunda. Supongamos que necesitasen la luz solar para sus reacciones metabólicas y que no pudiesen realizarlas más que en la superficie de la charca, donde la luz solar tenía la fuerza suficiente para ello. Pero una de las escasas mutaciones beneficiosas podría hacer que se generase una proteína capaz de utilizar luz más débil. Estas nuevas moléculas mutadas podrían colonizar capas más profundas de la charca. El arbusto de la vida empezaba a ramificarse. Nuevos nichos ecológicos podrían así ser colonizados por nuevas moléculas mutantes, apareciendo así nuevas ramas del arbusto.

Pero las mutaciones son un arma de dos filos. Si se produjesen con demasiada frecuencia, la información se perdería rápidamente y la vida no sería viable. Si se produjesen con una frecuencia excesivamente baja, no podría adaptarse a las condiciones cambiantes del entorno y también sucumbiría. La vida necesitaba buscar ese equilibrio. Necesitaba protegerse de las mutaciones sin eliminarlas del todo. Y lo pudo hacer a través de mecanismos evolutivos. Las hebras de ARN eran demasiado vulnerables a las mutaciones. Pero una de esas mutaciones hizo que las hebras de ARN adquiriesen la capacidad de unirse de dos en dos entre sí y de enrollarse la una sobre la otra, de forma que cada hebra fuese una imagen de la otra. Ahora, para que se produjese una mutación sería necesario que ésta modificase a la vez las dos hebras. Acababa de nacer la doble hélice de ADN. Este ADN en donde se conserva la información de la vida es lo que llamaremos de ahora en adelante la carga genética.

Pero esta protección no debía ser suficiente y la vida, siempre a través del mismo mecanismo, “encontró” mutaciones que permitían envolver la hebra de ADN y otras sustancias metabólicas primero con una membrana y luego con dos. Acababa de aparecer la célula. Las primeras, las de una única membrana, son las procariotas. Todavía quedan bacterias procariotas. Las segundas las llamamos hoy eucariotas y constituyen la inmensa mayoría de las células existentes.

Obsérvese, que este proceso genera automáticamente complejidad. Las eucariotas son más complejas que las procariotas, éstas más que las moléculas sin membrana y las dobles hebras de ADN más que las de ARN. Esta dirección hacia la complejidad deriva de las propias leyes de la evolución y ocurriría incluso si las mutaciones se produjesen sólo por azar. Sin embargo, la complejidad no se genera así como así. Es, por decirlo así, un regalo que las sabias leyes de la evolución, ideadas por el Diseñador, hacen a la vida. Es decir, después de hacer aparecer la vida y diseñar las maravillosamente ingeniosas leyes de la evolución, el Diseñador podría haberse tomado unas nuevas merecidas vacaciones o, por lo menos, trabajar muy poco, como veremos más adelante.

En próximos artículos seguiremos el hilo que nos lleve hasta la antesala de la aparición del ser humano, para luego ver cómo pudimos aparecer nosotros.

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