31 de mayo de 2008

La división del trabajo

Tomás Alfaro Drake

Este es el 19º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?”, “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin” y “Los primeros brotes del arbusto de la vida”.

En el artículo anterior habían aparecido las células eucariotas como un gran logro de la vida. Pero sólo había eso, células aisladas. Cada una de ellas era, hablando impropiamente, un “organismo”. Y a su vez, cada “organismo” constaba de una sola célula. Pero otra mutación pudo haber hecho a la célula capaz de producir algún tipo de proteína que sirviese de “pegamento” para mantener varias de ellas unidas entre sí. Y una vez unidas, otra mutación pudo hacer que cada una de las células del conjunto se especializase. Todas ellas serían iguales, todas tendrían la misma carga genética, es decir el mismo libro de instrucciones para hacer todas las sustancias que necesitaban para automantenerse. Pero si estaban unidas, ¿no sería más fácil que distintos grupos de células se especializasen en producir sólo una parte de lo necesario? Entre todas harían todo, pero cada una lo suyo. Después sólo sería necesario ser capaces de intercambiar entre ellas esas sustancias para que cada grupo de células dispusiese de lo que necesitase para ejercer su función. Lo mismo que la división del trabajo ha demostrado ser algo beneficioso en la organización social, las mutaciones que permitieron esto lo fueron para la vida. Acababan de aparecer los organismos pluricelulares, con células especializadas formando distintos órganos dentro del mismo. Esto sí puede llamarse con propiedad un organismo, formado, como su nombre indica, por órganos.
Me he permitido la licencia de hablar como si las células formasen una asamblea en la que decidiesen asociarse, especializarse, repartirse el trabajo y su producto, etc. Nada más falso. Las células hacen eso porque, como en todas las fases de la evolución, alguna mutación beneficiosa entre los millones de perjudiciales, hace que esto ocurra. La anterior visión incorrecta ha hecho que algunas ideologías vean la organización social humana como un organismo. Inmensa falsedad, porque los seres humanos, cuando aparezcan en la evolución, serán libres y, ahora sí, serán ellos quienes decidan libremente cómo organizarse para el bien común de la sociedad y no al revés. Son los seres humanos los que pueden hacer enfermar a una sociedad y también ellos los que pueden salvarla de sus males. Se puede decir que la célula es para el organismo pero la sociedad es para el hombre. La asimilación de las sociedades humanas como organismos ha llevado a trágicos errores sociales.

A partir de este momento, son los organismos los que compiten por conseguir que su estructura organizativa predomine sobre otras. Al ser la tasa de reproducción mucho mayor de lo sostenible por el medio, sólo los organismos mejor adaptados al mismo subsisten. Y esa adaptación se produce por mutaciones genéticas ciegas a las condiciones del entorno al que debe adaptarse el organismo. Simplemente las que se traducen en una ventaja adaptativa viven más, dejan más descendencia y se perpetúan y las que no, desaparecen. Aparece la lucha por la vida. Esta lucha por la vida se ha identificado erróneamente con la supervivencia del más fuerte y se le ha dado el nombre, doblemente erróneo, de darwinismo social. Es doblemente erróneo, en primer lugar porque no es el más fuerte el que sobrevive, sino el mejor adaptado. De dos estrellas de mar, la que mejor se adapte a la salinidad marina, sobrevivirá y la otra desaparecerá, sin que jamás estén a menos de 100 millas de distancia una de otra y sin que haya la más mínima confrontación entre ellas. Además, Darwin nunca dijo que la supervivencia del más apto fuese un modelo a seguir por las sociedades humanas. Por otra parte, la extinción de los menos aptos es un proceso muy paulatino. Los organismos peor adaptados no desaparecen de un día para otro. Durante siglos tienen menos descendencia y de esta manera, muy poco a poco, van dejando el terreno para los más aptos.

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