13 de abril de 2020

Pero, realmente, ¿Cristo resucitó?


Creo que, en este Lunes de Pascua tan peculiar, en el que tal vez tengamos más tiempo de lo normal para pensar, merece la pena plantearse, a la luz de la razón, y sin pretender demostrar nada, si no es una estupidez creer en la "leyenda" de la resurrección de Cristo. Por eso recupero algo que ya publiqué en este blog hace años.

Este artículo sería innecesario, una vez descartada en el anterior la hipótesis de que los apóstoles se inventaran la resurrección de su maestro. Pero como la resurrección es el hecho central de nuestra fe, merece la pena, creo, aún a riesgo de ser redundante, incidir un poco más sobre el tema. En efecto, san Pablo nos dice: “Hermanos, si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe [...] si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más insensatos de los hombres”. Sin embargo, ni para san Pablo ni para los primeros cristianos ésta era una hipótesis real. Ellos, más de quinientos, habían visto a Cristo resucitado, le habían visto comer, le habían abrazado, uno de ellos había metido los dedos en las llagas de manos y pies y la mano en la herida de la lanza de su costado. Esa era, precisamente, la base de su predicación: proclamar a Cristo vivo y resucitado. Por eso san Pablo, al que Cristo se le había aparecido, vivo y glorioso, en el camino de Damasco, continúa: “Pero no, Cristo ha resucitado de entre los muertos como anticipo para quienes duermen el sueño de la muerte”[1]. Ya, vimos en el primer artículo de esta serie cómo, diecinueve siglos después, en el siglo racionalista y cientifista por excelencia, esa crítica racionalista negaba de plano la resurrección. Simplemente, y por principio, no podía ser verdad. Y al no poder ser verdad, los evangelios y todas las creencias cristianas, tampoco podían serlo. No sólo daban por buena la hipótesis que san Pablo planteaba tan sólo con intención retórica, sino que daban como respuesta cierta que Cristo no había resucitado. Como consecuencia, hoy día, muchos cristianos, protestantes en su mayoría, pero también algún católico, piensan la resurrección de Cristo es algo que debe tomarse, no en un sentido literal, sino como algo simbólico. Sin embargo, si el Dios todopoderoso y bueno existe, ¿por qué no iba a poder resucitar tras encarnarse y morir? Que ese Dios exista es algo que no se puede probar, pero a lo que dediqué una serie de entradas en este blog hace meses en donde mostré que era mucho más plausible y racional concluir que ese Dios existía que lo contrario.

Lo que viene a continuación no pretende demostrar la resurrección, que es un hecho indemostrable. Pretende tan sólo descartar algunas de las hipótesis que podrían plantearse para negar que ésta hubiese tenido lugar. Es imposible revisar todas las posibilidades del fraude que, según los que niegan la resurrección, debieron cometer los seguidores de Cristo. Sencillamente porque las posibilidades son demasiadas y, descartadas cien, la imaginación humana podría imaginar otras mil. La credibilidad de los apóstoles se basa en lo dicho en el artículo anterior. Por tanto, sin la más mínima pretensión de exhaustividad, comentaré algunas de las posibilidades de fraude más utilizadas, para mostrar que no son razonablemente plausibles.

Partimos de un sepulcro vacío. Efectivamente, la mañana del domingo de Pascua, en el sepulcro en el que habían depositado el cadáver de Jesús el viernes, no había nadie. Estaba vacío. Si no hubiese sido así, nada hubiese resultado más fácil a los dirigentes judíos para acallar el rumor de la resurrección del nazareno, que mostrar públicamente su cadáver colgándolo de nuevo en un madero en las puertas de Jerusalén. Si no lo hicieron era porque no había tal cadáver. Ahora bien, entonces, ¿qué había sido de él? Sólo hay una posibilidad. Los seguidores de Jesús lo habían robado durante la noche. Ahora bien, ¿cómo un grupo de hombres sin experiencia de armas podría haber robado el cuerpo de Jesús de un sepulcro custodiado por legionarios romanos? Parece totalmente inverosímil que semejante cosa pudiese ocurrir. Un pequeño piquete de legionarios era más que suficiente para mantener a raya a toda una muchedumbre de pescadores y aldeanos mal armados e inexpertos en las artes de la guerra. Además, en el caso de que lo hubiesen conseguido, no hubiera podido ser sin un escándalo descomunal y, desde luego, con bajas por ambas partes. Pero no hay una sola referencia a semejante cosa. Por si esto fuera poco, es seguro que, si los judíos temían el fraude del robo del cadáver, ellos mismos, la guardia del Templo, estuvieran acompañando a los legionarios. En cualquiera de las situaciones, el pueblo de Jerusalén se hubiese enterado esa misma noche del hurto y la credibilidad de los apóstoles, cuando al poco tiempo proclamasen la resurrección, sería nula. Pudiera ser que los legionarios que custodiaban el sepulcro y los judíos que les acompañaban se hubiesen dormido todos y que los seguidores de Jesús hubiesen aprovechado la ocasión para robar el cuerpo. Pero parece poco plausible que un grupo de personas, algunas de ellas con el máximo interés en mantenerse alerta –los judíos–, se quedasen dormidas o dejasen dormirse a los centinelas romanos. Hay que tener en cuenta, además, que dentro del ejército romano, la pena por quedarse dormido en una guardia era nada menos que la muerte, apaleado por sus propios compañeros de armas. No es de extrañar semejante pena, ya que quedarse dormido en una guardia, era poner en peligro la vida de todos. Y aunque en ese momento no hubiese guerra declarada entre Judea y Roma, los exaltados zelotas siempre estaban al acecho para infligir daño a los soldados del odiado ocupante (tal vez convenga recordar, para descartar la posible participación de los zalotas en el robo del cuerpo de Jesús, que éstos habían perdido toda esperanza de que Jesús fuese de alguna utilidad para su causa tras intentar coronarle rey y que él se escondiese). En cualquier caso, aún en el de una paz en calma, los hábitos necesarios en la guerra no pueden relajarse en una misión, aunque sea de paz. Jamás un legionario perdonaría a su compañero semejante fallo durante la paz, porque lo mismo podría ocurrirle en la guerra, situación en la que posiblemente se encontrasen en breve en cualquier otro lugar del imperio. Pero, además, el robo del cadáver no era como llevarse sigilosamente un guijarro suelto del terreno donde estaban los centinelas. No, suponía mover una pesada piedra, para lo que hacía falta un considerable esfuerzo y que, si se hacía, a buen seguro produciría un ruido muy grande, más que suficiente para despertar a los durmientes.

Hay, sin embargo una posibilidad de robo sigiloso. El sepulcro podía tener algún tipo de comunicación o de agujero por el que, de noche, se hubiesen colado algunos hombres para robar el cuerpo de Jesús y sacarlo por otro lado. Pero sabemos que el sepulcro estaba excavado en la roca viva de una cantera. Se sabe con exactitud milimétrica el lugar en el que éste se encontraba. Hago un pequeño circunloquio para contar por qué se sabe esto.

Cuando en el año 313, el emperador Constantino proclamó el edicto de tolerancia hacia los cristianos, su madre, Elena –más tarde santa Elena–, llena de celo religioso, fue a Tierra Santa. Lo primero que pregunta allí es dónde fue crucificado y sepultado el Señor. Inmediatamente, los cristianos, que habían resistido allí todas las persecuciones, le llevan sin un titubeo a un lugar preciso. Era una antigua cantera, situada a las afueras de Jerusalén, a occidente, junto a la puerta del camino que lleva hacia la costa. La cantera estaba fuera de uso desde unos siglos antes de Cristo. Se podía seguir su frente, retrocediendo a medida que se extraía de ella la piedra para construir. En la cantera, cuando estaba en uso, se había encontrado una gran roca de calidad inadecuada para la construcción y se la había dejado atrás, aislada, avanzando alrededor suyo. Tiempo después, tras dejar unos veinte metros atrás la roca, la cantera se abandonó. Los romanos aprovecharon esa roca, a las afueras de la ciudad, junto a una puerta muy transitada, para llevar en ella a cabo públicamente, para que sirviesen de escarmiento, las crucifixiones de los reos. Los judíos, a su vez, aprovecharon el frente de la cantera para excavar en ella sus sepulcros. José de Arimatea había comprado uno de esos sepulcros y se lo había cedido a Jesús. Pues bien, a ese sepulcro llevan sin la menor duda los cristianos del lugar a santa Elena. Tanto en la roca de la entrada de ese sepulcro, como dentro de él, había, grabados innumerables graffities con peces –el pez, IXTYS en griego, es el acrónimo de Jesús Cristo, de Dios Hijo y Salvador, y el primer signo distintivo usado por los cristianos– señalados con la fecha en la que fueron grabados. Las fechas más antiguas databan de mediados del siglo I. Es decir, los primeros cristianos, a pesar de todas las persecuciones, jugándose la vida, no dejaron ni un momento de venerar esos lugares. Por una vez, benditos sean los graffities. Después, Elena hizo construir allí una basílica. Para ello, desgraciadamente, destruyó la cantera, dejando únicamente el trozo de roca necesario para albergar el Santo Sepulcro. Dejó el Gólgota al aire libre, en un atrio, y construyó un mausoleo alrededor del sepulcro. Cuando en el año 636 los musulmanes conquistaron Tierra Santa, respetaron la basílica, cambiándole el culto, pues para ellos Jesús es un importante profeta, aunque no crean en su divinidad, ni en su muerte en cruz y resurrección. Sin embargo, en el 1009, Al Hakem, un sultán de Egipto, fanático chiíta de la secta de los fatimíes, conquistó Jerusalén y arrasó la basílica del Santo Sepulcro destruyendo también la roca que albergaba el sepulcro original. La historia le conoce como el Nerón egipcio. Pero ya la arqueología había dado cuenta y la historia registrado el lugar exacto en el que el sepulcro se encontraba y su huella fue, desde entonces, imborrable. Los cruzados tras reconquistar Jerusalén, construyeron la actual iglesia del Santo Sepulcro, dando en ella un lugar de preferencia al Gólgota y al Sepulcro.

¿Cómo, en un sepulcro excavado en la dura roca pudo hacerse, en menos de dos días –de la tarde del viernes a la mañana del domingo–, un túnel para robar el cadáver? ¿Por dónde empezaron a construirlo si había vigilancia en el sepulcro? ¿Cómo podrían haberlo hecho en silencio y sin despertar las sospechas de los guardianes? ¿Cómo sacaron el cadáver por un sepulcro situado, como mucho a unos metros del del ajusticiado? Pero, si lo hubiesen conseguido, ese agujero hubiese seguido ahí hasta el año 1009 –porque sería imposible camuflarlo con ningún material de construcción– y ni los romanos no convertidos, entre ellos el emperador Juliano el Apóstata, posterior a Constantino ni, desde luego, los musulmanes lo hubieran pasado por alto y silenciado.

Pero supongamos por un momento que los apóstoles hubieran conseguido la proeza de robar el cuerpo. Al día siguiente, los sumos sacerdotes, ayudados por los romanos burlados, hubiesen buscado a los discípulos y, bajo tortura, les hubiesen hecho confesar dónde habían puesto el cuerpo y una vez reencontrado, lo habrían expuesto públicamente. Podría pensarse que los apóstoles hubiesen soportado la tortura. Pero, en ese caso, los primeros “mártires” cristianos datarían del domingo de Pascua y no de unos años más tarde, con la sangre del protomártir san Esteban, lapidado por el mismísimo Pablo en las puertas de Jerusalén poco antes de su conversión. Pero, ¿tendría sentido que varios cientos de personas –san Pablo nos dice que en sus apariciones como resucitado, Jesús se apareció a más de quinientos hermanos a la vez– hubiesen aguantado la tortura por una mentira? No, no hubo ni detenciones ni torturas. Y el mero hecho de que no las hubiera, indica que judíos y romanos sabían que era inútil llevarlas a cabo, pues nadie podría decirles dónde estaba el cuerpo, puesto que no lo habían robado. Puede que no creyesen en la resurrección, pero sabían que el cadáver no había sido robado. Supongo que se preguntarían, durante toda su vida, qué demonios había pasado esa noche.

Otra posibilidad aducida por los incrédulos es que, lo mismo que José de Arimatea convenció a Pilatos para que le permitiese enterrar el cuerpo de Jesús, pudo convencerle de que le dejase robarlo. Pudo, incluso –dicen–, sobornarlo. Pero tampoco esta hipótesis se tiene de pie. Desde que los romanos dieran a Antípatro, el padre de Herodes el Grande, el poder delegado en Palestina, por sus servicios prestados contra los partos, el peso político de su familia en Roma, era imponente. Es cierto que el Herodes que reinaba en Galilea en tiempos de la muerte de Jesús, Herodes Antipas, nieto de Antípatro, había perdido parte de su poder político en la zona, pero había, en cambio, ganado poder de tráfico de influencias diplomáticas en la misma Roma, donde hasta la emperatriz era defensora de los judíos. Y ese poder de influencia se basaba, en parte, en el mantenimiento del difícil equilibrio entre las diferentes sectas judías –fariseos, saduceos, zelotas, esenios, etc– y Roma. El mismo Herodes, por ser de origen idumeo y muy romanizado, no era, ciertamente, muy querido por ninguna de las sectas judías, por lo que mantener ese equilibrio le resultaba muy difícil. Tres días antes de la resurrección le había pasado la patata caliente de Jesús a Pilatos. Pilatos acabó condenando a Cristo por miedo a que los judíos, que pedían su muerte con tanta vehemencia, protestaran contra él ante el César. Sería difícil de comprender que dos días después de esa condena, cediese a ninguna presión para que los cristianos se adueñasen el cuerpo de Jesús para decir que había resucitado, máxime si se enteraban los judíos, como, con toda seguridad harían. Por despecho ante el sapo que le habían hecho tragar se atrevió a dos tímidos gestos. El primero, poner en la cruz del condenado el título de Jesús Nazareno, Rey de los Judíos que tanto molestó al Sanedrín. Si alguien le acusase por eso de antirromano, podría decir que su fidelidad a Roma le había llevado a crucificar al sedicente rey de los judíos y que ese cartel era una advertencia de lo que podría pasarle a quién le imitase. El segundo gesto de su despecho fue conceder el cuerpo de Jesús a José de Arimatea. Pero es de una lógica aplastante pensar que, bajo ningún concepto quería que ese gesto pudiese volverse contra él si los seguidores de Jesús robaban su cuerpo. De hecho, además de conceder una guardia al Sanedrín, hizo sellar la piedra, señal de que ese sepulcro estaba bajo la protección de Roma. Si después hubiese dejado a los cristianos robar impunemente el cuerpo de su maestro, se hubiese buscado conscientemente la ruina. De hecho, la misteriosa desaparición del cuerpo de Jesús, con la que de ninguna manera contaba, posiblemente fue lo que le costó el puesto, su carrera política y un duro destierro hasta su muerte, condenado al ostracismo en la zona más inhóspita de la Galia. Es más que dudoso que se hubiese prestado voluntariamente a correr ese riesgo. Desde luego, él no contaba con la resurrección y no creía correr el más mínimo riesgo de perder el cadáver del ajusticiado. Supongo que, durante su largo destierro, se preguntaría mil veces cómo demonios podría haber desaparecido como por arte de magia el cuerpo del reo muerto.

Por último y para acabar con esta relación no exhaustiva de hipótesis, los incrédulos aducen que el domingo de Pascua nadie abrió el sepulcro y que los seguidores de Jesús esperaron astutamente unos meses, hasta que las aguas se calmaron y volvieron a su cauce para, digamos, en el otoño siguiente, robar tranquilamente el cuerpo y propagar entonces el mito de la resurrección. Pero, los judíos sabían que Cristo había anunciado que resucitaría al tercer día. No se habían tomado tantas molestias –el juicio irregular de madrugada, la presencia en la casa de Pilatos a primera hora con riesgo de incurrir en impureza en la fiesta de Pascua, el reconocimiento público de que no tenían más rey que el César, el tumulto para pedir la crucifixión del nazareno, la liberación del asesino Barrabás, su presencia en el calvario, también a riesgo de impureza, para vigilar la crucifixión de principio a fin, etc.– para que se les escapase la presa en el último momento. No parece que quepa duda de que el mismo domingo, el Sanedrín en pleno iba a abrir el sepulcro, en la presencia de los romanos, de todo el pueblo de Jerusalén y de la multitud de judíos que estaban en allí procedentes de Galilea y de toda la diáspora, para enseñar a todo el mundo el cadáver, hediondo y ya medio putrefacto, del impostor. No pudieron hacerlo porque Cristo se les adelantó. Si los cristianos hubiesen tenido el estúpido plan de robar el cadáver meses más tarde, se hubiesen visto humillados, como era su propósito, por los jefes de los judíos. Eso era, precisamente, lo que esperaban los apesadumbrados discípulos de Cristo, algunos de los cuales se largaron de Jerusalén para no ver ese triste espectáculo y el resto se encerraron en el cenáculo porque no podían enterrarse bajo diez metros de tierra. Por eso, su tristeza se transformó en alegría a medida que se iban enterando e iban creyendo, no sin gran dificultad, en la noticia de la resurrección de Jesús.

Sería imposible, como he comentado al principio de este artículo, describir todas las posibilidades que a la imaginación humana se le podrían ocurrir como posibles formas de eludir la resurrección. Pero, posiblemente, todas serían falseables con un poco de lógica, sentido común y visión histórica. De hecho me imagino a Anás, Caifás, Pilatos y tantos más –los incrédulos de los siglos XIX, XX y XXI incluidos– preguntándose, durante toda la vida, cómo pudo haber desaparecido el cuerpo. O dejándoselo de preguntar porque una y otra vez se topaban con la resurrección que la mala voluntad de unos o el racionalismo de otros, les impedía aceptar.

Por mi parte lo tengo claro: El Dios bueno y todopoderosos, cuya existencia es más que razonable deducir, tras hacerse anunciar durante siglos por los profetas de Israel, decidió, por puro amor, encarnarse en María, la Virgen, para nuestra salvación. Hecho hombre sufrió como nosotros –mucho más que cualquiera de nosotros–, fue torturado y muerto. Pero las puertas de la muerte no podían retener al autor de la vida y, al tercer día, resucitó, venciendo a la muerte, como las escrituras y él mismo habían anunciado, como anticipo para todos los que estamos condenados a morir por causa del pecado. Esta es la Buena Noticia que hoy, como en el domingo de Pascua, proclamamos los cristianos. Esto es lo que me dice la fe, esto es lo que han testificado con su vida los cristianos desde la misma mañana de Pascua y es esto lo que el sentido común y la lógica me indican. No puedo probarlo mediante una demostración matemática. Parece que el Dios que nos ha hecho libres no quiere que haya una tal demostración que nos obligue a creer. El que no lo vea así, que imite a los miembros del Sanedrín o a Pilatos o que simplemente se aferre al “no puede ser porque no puede ser” de los racionalistas y se pase la vida pensando en círculos sobre la resurrección o tire la toalla.


[1] Cfr. 1 Corintios 15, 17-19.

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