8 de mayo de 2022

Carta a Oscar Wilde

En un post anterior, había prometido mandaros una carta escrita a Antonio Machado y otra a Oscar Wilde de mi libro “Al sueño de la muerte hablo despierto; Cartas a poetas muertos” Hace quice días  colgueé la de Antonio Machado. Hoy le toca el tueno a la de Oscar Wilde.

23-III-2002

Carta para entregar a Oscar Wilde, escritor y poeta irlandés del siglo XIX.

Querido Oscar:

La verdad es que no sé cómo empezar esta carta. Son demasiadas las cosas que me gustaría decirte, demasiadas las que me gustaría que me aclarases, demasiado profunda y contradictoria tu personalidad, demasiado poco el espacio de una carta como para poder ordenar las ideas. Temo que me pueda salir excesivamente larga y se te haga pesada. No obstante, ahí voy. Hace unos años, ni siquiera te prestaba la menor atención. Era esclavo del tópico que tú mismo tejiste sobre tu vida a lo largo de la mayor parte de ella. Eras para mí, perdona la crudeza, un esteta vacuo, un dandy cursi, un petimetre fatuo y un vicioso despreciable. Pero un libro y una frase sobre ti me hicieron recapacitar. Cronológicamente fue primero la frase de Jorge Luis Borges que decía de ti: “Wilde es un hombre que guarda, pese a los hábitos del mal y la desdicha, una invulnerable inocencia”. Si hubiese tenido que unir una palabra a tu vida, la última que se me hubiese ocurrido sería, probablemente, la de “inocencia”. Pero viniendo de un hombre culto y honesto como Borges, quedó en mi memoria.

Años más tarde vi un libro de un teólogo católico[1] con el título de “Cuatro poetas desde la otra ladera”. El libro cita en la portada quiénes son los cuatro poetas. Unamuno, Jean Paul Richter, Antonio Machado y tú. En la solapa aclara que el tema del libro es un estudio cristológico a través de vosotros cuatro. ¡Sorpresa mayúscula! ¡Un estudio cristológico basado en ti! Compré el libro y lo leí. Después vinieron tus obras completas. Y con ellas la confusión hacia tu persona. La sana confusión de quien se replantea viejos prejuicios. Y, por fin, la claridad. O lo que creo es la claridad. Ésta mi pretendida claridad hacia la comprensión de tu difícil persona es la que quiero que me confirmes o desmientas. Mi convicción es que tú eres uno de los casos más paradigmáticos de la misericordia de Dios. No creo que deba pedirte perdón por basarme en tus escritos para fundamentar esta creencia mía, aunque las citas puedan alargar la carta.

Tú mismo dices cuáles fueron los dos momentos que más marcaron tu vida. Tu entrada en Oxford y tu entrada en la cárcel. Oxford marca tu vida. En Oxford adquieres una profunda formación clásica de la que se nutrirá toda tu vida como escritor. La conversión al catolicismo de tu compañero Archibald Dunlop te impresiona vivamente. Oxford te dio la oportunidad de conocer de cerca y oír a los cardenales Manning y Newman, también conversos al catolicismo. Tu admiración por ellos queda patente en tus escritos de esa fase de tu vida. Estos contactos y amistades te hacen coquetear con la idea de hacerte católico. Tienes largas conversaciones con el P. Parkinson, párroco jesuita de San Luis, en Oxford. En una carta de esa época dices a un amigo:

“Sueño con una visita a Newman, con el Santo Sacramento en una nueva iglesia y después, paz y tranquilidad en mi alma. Pero ni que decir tiene que cambio de idea a cada momento y flaqueo y me engaño a mí mismo más que nunca.

Si pudiera tener la esperanza de que la Iglesia suscitase en mí algo de seriedad y pureza, me pasaría por darme ese lujo, aunque no fuera más. Pero no alcanzo a tenerla, y pasarme a Roma sería sacrificar y renunciar a mis dos grandes dioses, el dinero y la ambición.

De todos modos, me pongo tan mal, tan deprimido y angustiado, que en cualquier momento de desesperación buscaré el cobijo de una Iglesia que sencillamente me cautiva con su fascinación. [...]

No te voy a hablar de teología, pero únicamente decirte que el que tú sintieras la fascinación de Roma sería para mí el mayor de los placeres; creo que me tranquilizaría.[...]

Pero yo sé que tú eres vivamente sensible a la belleza, y que realmente intentas ver en la Iglesia no sólo la mano del hombre, sino también un poco la de Dios”.

Pero también en esa época estás coqueteando con la masonería. El 27 de Noviembre de 1876 ingresas en ella. Yo creo ver en ello una medida de "autoprotección" contra la llamada de Dios que golpeaba a tu puerta. ¿Era un remedio a tu"debilidad" para cerrar la puerta a la búsqueda del cobijo en la Iglesia de la que nos habls? ¿Te asustaba el compromiso personal al que te pudiera llamar ese cobijo? Creo que de esta manera intentabas matar tu inocencia, la que Borges dice que era invulnerable en ti.  Años más tarde, en ti "Balada de la cárcel de Reading", afiermas que todo hombre mata lo que ama. Dices:

Y todos los hombres matan lo que aman,

que lo oiga todo el mundo,

unos lo hacen con una mirada amarga,

otros con una palabra zalamera;

el cobarde lo hace con un beso,

el valiente con una espada.

Para ti empieza, a partir de tu salida de Oxford, una carrera de éxitos. La admiración, la fama, el dinero, los becerros a los que te habías abierto al cerrarte a la llamada de Dios, te premian con sus dones. También te entregas al placer sin límites. “El placer es la piedra de toque de la naturaleza, su signo de aprobación” –dices. “Lo que llamamos pecado es un elemento esencial del progreso” –afirmas. Y te entregas a ambos desenfrenadamente por el camino de la homosexualidad. Así intentabas matar tu inocencia. Tapándote los oídos y dejándote arrastrar por el hábito del mal del que habla Borges. Afortunadamente para ti, junto al veneno del silencio y el vicio, plantaste, de forma harto extraña, la semilla del antídoto. Tienes una primera relación homosexual con un joven llamado Robert Ross. Posteriormente Robert se convertiría también al catolicismo y tu amistad con él abandona el cauce de la homosexualidad y se hace profunda y firme. Atraído por su catolicismo, le arrancas la promesa de que haría que te bautizases antes de la muerte. ¡Pobre Robert! ¡Qué carga debió suponer para él esta responsabilidad que pusiste sobre sus hombros! Pero, ¡qué fiel fue a ella! A él le debes la conclusión de la edición de tus escritos y el hecho de estar en el paraíso. Frecuentas prostíbulos masculinos de los que te haces parroquiano asiduo. Con 37 años conoces a un joven estudiante de Oxford, Alfred Douglas, tercer hijo del marqués de Queenberry, con quien inicias una relación homosexual que se prolongará hasta casi el final de tu vida. No sé, no me importa y, desde luego, no te pregunto qué orígenes tuvo en ti la homosexualidad. Pero sean los que fueren, creo que tiene en ti un sentido de rebeldía, de rompimiento de moldes y normas, de búsqueda de escándalo para los que tú llamabas despectivamente “filisteos”. ¿Pudiera ser que en el inicio de tus relaciones con Alfred hubiese un deseo de humillación a una nobleza que a su vez humillaba a los “snob” como tú? Imagino la rabia que te pudo producir cuando en el registro de Oxford, al lado de tu nombre anotaran “snob”, apócope de sine nobile, a falta de algún título nobiliario que diese lustre al apellido. Continúas tu frenética carrera hacia no se sabe dónde. Hacia un deseo loco de suprimir cualquier sombra de principios éticos. Hacia un intento desesperado de encarnar el superhombre, libre de toda atadura moral, que el pobre Nietsche sólo podía imaginar. Esta frase tuya me parece ilustrativa: “Por su curiosidad, el pecado incrementa la experiencia de la raza. Por su aserción intensificada del individualismo nos salva de la monotonía del tipo. En su rechazo de las nociones corrientes en torno a la moralidad, está cargado con una alta ética”. Perdona que trate estos temas tan escabrosos, pero creo que es necesario plantearlos para que me aclares si la opinión de Borges sobre tu inocencia y la mía sobre la misericordia de Dios tienen algún sentido.

Creo que detrás de estos años de locura sigue habiendo un deseo tan desesperado como inútil de matar la inocencia que amabas, de ahogar la voz que un día en Oxford te llamara a la conversión y cuyos ecos, tal vez, aún oías en tu interior. Algo la preservaba de la extinción definitiva. Ya no era la Iglesia a la que, hasta que se acerque tu muerte, sólo aludirás peyorativamente. Era Cristo quien, en última instancia, evitaba la muerte de tu inocencia. Era el Cristo al que rindes homenaje explícito o implícito en cuentos como “El gigante egoísta”, “El joven rey”, “El ruiseñor y la rosa” o “El hijo de las estrellas”, en los que planea el ansia de conversión. Cuentos que contabas a tus hijos antes de echarlo todo a perder. No era un Cristo cristiano. Era un Cristo en el que tú veías belleza y misericordia, poesía y misterio, pero no divinidad. Era un Cristo estético, a tu medida, pero era Cristo al fin y al cabo. No suficiente para la conversión, pero sí para mantener un pequeño rescoldo de pureza. Era, sin que tú lo supieras, el Cristo que nunca rompe la caña quebrada ni apaga el pábilo vacilante.

Empieza entonces tu calvario. Con 41 años, el padre de Alfred te afrenta públicamente llamándote sodomita. Inicias entonces un proceso judicial suicida contra él. Suicida, porque era verdad lo que decía, porque era un noble con más poder que tú y porque la ley inglesa de entonces penaba la sodomía con la cárcel. Cuando el proceso que iniciaste se empieza a volver contra ti, tu abogado te insta a que retires los cargos, que dejes que se extinga. A fin de cuentas, nadie tenía interés en mandar a la cárcel al ídolo intelectual de la época. Pero tú estás ya poseído de un fuego autodestructivo que te impulsa a seguir. Me pregunto si no estabas intentando deliberadamente ir a la cárcel en busca de nuevas experiencias. El infierno puede no parecer tan terrible cuando sólo se ve desde fuera. Unos años antes, un tal Mr. Balfour había enviado a prisión al poeta Wilfried Blunt. Tu comentaste que la prisión había tenido un efecto admirable sobre él en cuanto poeta. “Los estrechos límites de una celda carcelaria –especificas– parecen convenir a lo que dice el soneto: El estrecho trozo de suelo y un encarcelamiento injusto por una causa noble fortalece y profundiza la naturaleza”. ¿Fue creciendo en ti esta idea hasta convertirse en obsesión? No me parece inverosímil que acariciases la posibilidad de convertirte en una especie de mártir de la belleza, de víctima inmolada para lograr su máxima expresión. Tal vez planteases un reto a la hipócrita sociedad victoriana. Llegar hasta el final. Vencer y sentirte omnipotente o perder y sacrificarte por el arte en aras de perfeccionar tu estética. He ahí el dilema. ¿Es delirante que piense esto? No lo sé. Me gustaría que me lo dijeses.

Pero perdiste. La misma sociedad que te había encumbrado hasta la gloria, te hundió en el abismo. El 25 de Mayo de 1895, con 41 años, ingresas en prisión. No saldrías hasta el 18 de Mayo de 1897. Dos años de trabajos forzados. Dos años de sufrimiento, de catarsis. Si es cierto lo que intuyo que buscabas, lo encontraste con creces. El infierno visto por dentro, con un dolor infinitamente mayor del que podías imaginar desde fuera. Pero también la sublimación de tu prosa y de tu verso. Tú no lo veías así. Nos dices: “Espero escribir sobre la vida de presidio y tratar de que cambie para otros, pero es demasiado terrible y fea para transmutarla en obra de arte”. La cárcel te tentó con el suicidio, te hizo rozar la locura, te robó la esperanza, te destruyó físicamente, pero te elevó a cumbres estéticas y espirituales que nunca antes habías alcanzado. Viste morir ajusticiados a rufianes que se habían convertido en tus compañeros y lloraste por ellos. En la cárcel de Reading escribiste una de tus obras cumbre. La “Epistola in carcere et vinculis”. “Carta en la cárcel y encadenado”. Es una carta de despedida para Alfred Douglas, al que te has propuesto no volver a ver. Al salir de la cárcel se la envías pero, temiendo su reacción, tienes la precaución de hacerle llegar una copia a Robert Ross. Tu temor no era infundado. Alfred destruye la carta, creyendo que era el único ejemplar. Robert la publicaría parcialmente después de tu muerte con el título “De profundis”. Es uno de los escritos donde con más densidad aparece la palabra y el espíritu de Cristo. Contradictoria, como tú eras. Sigue sin ser el Cristo cristiano. Es el Cristo poeta, transfigurador de lo feo en bello, lo que tú solo no te sentías capaz de hacer. Pero es, una vez más, Cristo. Sería muy largo y tedioso glosar tus pensamientos acerca de él en esta obra.

Y, por fin, la libertad. Pero sin ilusión. “El día de mi liberación no haré sino pasar de una celda a otra y a veces el mundo entero me parece no mayor que mi celda e igualmente terrorífico para mí”. Al salir de prisión, el exilio. El recuerdo de un preso ahorcado te inspira tu otra obra cumbre, la “Balada de la cárcel de Reading”. Es un poema cristológico. En el dolor del ahorcado, un soldado que había matado a su mujer, veías el dolor redentor de Cristo. Fue este reo el que te inspiró que “todos los hombres matan lo que aman”. Tres meses tardas en escribir la Balada. Tres meses que te concentras en ella, olvidándote de casi todo. Pero tres meses de intensa vida espiritual, aunque sin dar el paso definitivo. Tres meses en los que tu maltrecha inocencia pugna por revivir. En tu correspondencia pueden leerse cosas como las siguientes: “Mañana me voy de peregrinación. Siempre he querido ser peregrino y he decidido salir mañana temprano hacia el santuario de Notre Dame de Liesse. ¿Sabes qué es Liesse? Es una palabra antigua que quiere decir alegría [...] No sé cuánto tiempo tardaré en llegar al santuario porque tengo que ir andando. [...] harán falta por lo menos seis o siete minutos para ir y otros tantos para volver. ¡De hecho la capilla de Notre Dame de Liesse está a cincuenta yardas del hotel! ¿Verdad que es extraordinario? [...] ¿Hará falta que te diga que esto es un milagro? Yo quería hacer una peregrinación y, mira por dónde me traen la capillita de piedra gris de Nuestra Señora de la Alegría. Probablemente ha estado esperándome durante todos estos años purpúreos de placer, y ahora viene a mi encuentro con Liesse como mensaje. Yo realmente no sé qué decir. [...] hasta para la oveja sin pastor hay una Stella Maris que la guía a casa”. Stella Maris o refugio de pecadores. Guía o amparo. Pero ni la sigues del todo ni acabas de refugiarte en ella. Vas a misa como simple espectador y dices: “Ayer fui a misa a las diez y después me bañé. Así que entré en el agua sin ser pagano. La consecuencia fue que no me tentaron las sirenas ni nadie del verdoso séquito de Glauco. [...] En mis tiempos paganos el mar estaba siempre atestado de tritones soplando por conchas, y otras cosas desagradables. Ahora es muy distinto”. Esta frase tiene ecos del más inquietante de tus cuentos infantiles, “El pescador y su Alma”. Un sacerdote te invita expresamente a sentarte en el coro, te enseña las vestiduras sagradas, te integra en la comunidad. Te hace sentir, en definitiva, la misericordia de Cristo. “¡Tengo un asiento en el coro! Los pecadores son los que deben ocupar los sitios altos al lado del altar de Cristo, ¿no? Yo sé, en cualquier caso, que Cristo no me echaría”. ¡Qué distinto este sacerdote del que pintas en el cuento que acabo de citar! Mientras, en la Balada, escribes:

“¡Ah, felices aquellos cuyos corazones pueden romperse

y conquistar la paz del perdón!

¿De qué otra forma podría el hombre realizar su plan

y purificar su alma del pecado?

¿Cómo, sino a través de un corazón roto,

puede entrar en ella Cristo nuestro Señor?”

Pero, a pesar de que tu inocencia casi muerta ha empezado a florecer, no das el paso. No le pides a Nuestra Señora de la Alegría que te lleve con su Hijo. Tu corazón no puede romperse todavía. Haces con Cristo como Lope en su soneto:

“Mañana le abriremos respondía

para lo mismo responder mañana”.

De esta forma, al acabar la Balada, en Agosto del 97, aunque el espíritu está casi presto, la carne sigue siendo débil. Vives el exilio en soledad y en una pobreza extrema. Tu madre, a la que idolatrabas, murió mientras estabas en la cárcel. Tu mujer, que te quiso hasta el final y a la que amaste a tu manera toda la vida, también murió. Tus hijos ya no llevaban tu nombre. Al desaparecer tu mujer se lo cambiaron. Tú mismo has cambiado tu nombre por el de Sebastian Melmoth. Eres un paria. En esas condiciones tu memoria y tu carne se vuelve al recuerdo del placer purpúreo, cárdeno. Aparece de nuevo el verdoso séquito de Glauco. Llamas a Alfred y viene. Pero no está contigo más que unos meses. Luego, otra vez la soledad. En Marzo de 1900, escribes a Robert Ross: “Espero estar en Roma dentro de unos diez días. Será maravilloso volvernos a ver y esta vez realmente he de hacerme católico”. Pero sigues sin abrir definitivamente la puerta a Cristo y tu inocencia sigue marchitándose después de una breve primavera. En Noviembre de ese mismo año te sientes morir y llamas a tu amigo Robert a tu lado. Él nos cuenta tu final en carta a un amigo común: “Yo me fui entonces en busca de un sacerdote, y tras muchas dificultades di con el padre Cuthbert Dunne, de los pasionistas, que inmediatamente fue conmigo y le administró el bautismo y la extremaunción. Oscar no estaba en condiciones de recibir la eucaristía. Tú sabes que yo siempre había prometido llevarle un sacerdote cuando se estuviera muriendo, y me sentí un poco culpable por haberle disuadido tantas veces de hacerse católico, pero sabes que tenía mis razones”. ¡Pobre Robert! ¿Cuáles serían sus razones? ¡Que carga sobre sus hombros toda la vida! El padre Dunne te dio la extremaunción y el bautismo condicional, ya que estabas sin conocimiento. Pero un día más tarde recuperaste transitoriamente la lucidez y Robert volvió a llamarle para que comprobase tu voluntad consciente de entrar en el seno de la Iglesia católica.

Así morías a los 46 años. Te enterraron en el cementerio Pierre Lachaise en París. Tu epitafio fue una estrofa de tu Balada:

“Aunque todo está bien; sólo ha traspasado

el límite prefijado de la vida

y ajenas lágrimas llenarán para él

la urna de la piedad, hace tiempo rota,

pues quienes le lloren serán los parias,

y los parias siempre lloran.”

Tu corazón, que se había convertido en un corazón de paria, fue capaz de romperse y lloró.

Robert se ocupa de la publicación póstuma de tus últimas obras. La copia integra de la Epistola la deposita en lugar seguro hasta que sesenta años más tarde es publicada en su totalidad. En la Epistola habías escrito una de las frases más luminosas que puedan nunca escribirse: “Al menos una vez en su vida, todo hombre camina con Cristo hacia Emaús”. La misericordia de Dios había elegido para ti el mejor de los momentos. Tal vez en tu epitafio serían más apropiados los versos del poeta del siglo XV Eneas Silvius Piccolomini, más tarde Papa Pío II, que dice: “No te pido que me concedas la gracia que le concediste a san Pablo; Tampoco te pido el arrepentimiento que hiciste sentir a Pedro; Sólo te pido fervientemente el perdón; El perdón que concediste al buen ladrón en la cruz”. Uno de tantos Papas pecadores arrepentidos. Esto era una de las dos cosas que te atraían estéticamente de la Iglesia católica. Los pecadores no solamente eran perdonados, sino que podían llegar a santos y tener un papel importante en ella. La segunda era la belleza inigualable que veías en su liturgia. Hablando de la misa, dices en tu Epistola: “Cuando se contempla esto desde el punto de vista del arte, uno no puede por menos de sentir agradecimiento de que el supremo deber de la Iglesia sea el de actuar esa tragedia sin derramamiento de sangre: la presentación mística de la Pasión del Señor mediante el diálogo, el vestido y el gesto. Y es siempre una fuente de placer y de respeto para mí recordar que la última supervivencia del coro griego, perdido en los demás sitios para el arte, se encuentra todavía en el monaguillo que contesta al sacerdote en misa”. Ya no quedan monaguillos, pero creo que te gustarían más como coro griego las voces firmes de los fieles participando en la liturgia con fe.

Te pido disculpas por esta carta tan larga. Pero este pequeño paseo por tu vida y tus obras era necesario para plantearte la cuestión más acuciante para mí, sobre la que podríamos hablar en la eternidad. Leo en la Epístola: “Claro está que el pecador debe de arrepentirse. Pero, ¿por qué? Sencillamente porque de otra forma no podría comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más que eso. Es el medio por el que uno altera su pasado. Los griegos lo tuvieron por imposible. A menudo dicen en sus aforismos gnómicos: <<Ni los dioses pueden alterar el pasado>>. Cristo mostró que el pecador más vulgar puede hacerlo”. ¿Cómo es el pasado que Cristo ha reescrito para ti? Creo que podrías ser en él un poeta místico de altura inigualable que, en vez de morir a los 46 años viviera 90 haciendo el bien. Seguro que sabes que en el siglo que ha pasado desde tu muerte has sido utilizado como apología de la homosexualidad y de la mentida belleza del pecado. ¿Cómo estáis, Cristo y tú, borrando el mal de tu falsa vida y sus secuelas y haciendo el bien en tu verdadero pasado? Más acuciante aún. ¿Podría el arrepentimiento de un Hitler o un Stalin cambiar el mal hecho en bien? ¡Fíjate si tenemos tema! Espero poder hablarlo contigo en la eternidad.

Un abrazo.

Tomás.

P.D. Después de enviarte esta carta me he enterado que el padre de Alfred, el marqués de Queenberry, el que te llevó a la cárcel, murió el mismo año que tú, no sé a ciencia cierta si antes o después. Pero sí sé que, lo mismo que tú, pidió el bautismo en su lecho de muerte. También sé que Alfred se bautizó en el año 1911 y que se mantuvo en el seno de la Iglesia católica hasta su muerte. No sé si tu arrepentimiento cambió el pasado, pero lo que es evidente es que cambió el futuro eterno de, al menos, dos personas. Confío que todavía cambie el de muchas más.



[1] Olegario González de Cardedal. Ed. Trotta.

1 de mayo de 2022

El Evangelio econdido de Matajj 20; Capítilo XVII; Hacia Ierushalom

CAPÍTULO XVII 

HACIA IERUSHALOM

Estuvimos más de media luna en mi casa. La luna estaba creciente. Faltaban sólo unos días para que estuviese completamente llena. Sería la primera luna llena de primavera, la luna de Nisán. La que señala Pésaj. Una mañana, Jesús nos dijo:

- Vamos a Ierushalom a pasar Pésaj–y, mirando a Susana–. Susana, Sara ¿queréis venir a pasar Pésaj con nosotros?

Ni Susana ni Sara lo dudaron un instante. Tras tomar con ellas lo más imprescindible, se pusieron en marcha con el ya nutrido grupo. En seguida llegamos al camino que viene de los tres grandes puertos de Haifa, Cesarea Marítima y Jaffa. Por él iban a Ierushalom a celebrar Pésaj los peregrinos judíos de la diáspora de occidente. Los de Grecia, Roma, Hispania, Norte de África y los de Egipto que venían por mar. También venían muchos mercaderes que habían comprado mercancías en los puertos marítimos y las llevaban a Ierushalom. Una abigarrada multitud de la que nadie nos podía conocer porque los que venían de Galilea lo hacía por la ruta este del otro lado del Jordán. El segundo día de marcha nos encontramos con un grupo de zelotas, de los que van siempre a las fiestas que se celebran en Ierushalom cuatro veces al año. No van por motivos piadosos, sino para organizar revueltas y causar problemas a los romanos. Yo me acerqué a ellos, como siempre hacía cuando me cruzaba con un grupo de zelotas, para ver si identificaba a algunos de mis agresores. Eran seis. El corazón se me aceleró en el pecho. Inmediatamente identifiqué a cuatro de los que me ultrajaron. Naturalmente estaban envejecidos, pero los reconocí sin ningún género de duda al primer golpe de vista. Había oros dos, más jóvenes, a los que no conocía. Yo había urdido, en mis años de recaudador en Cafarnaum, un plan de fría venganza contra ellos para cuando los encontrase. Hacía tan sólo unos días le había dicho a Jesús que los había perdonado, pero en ese momento mis propósitos de perdón se habían desvanecido como explota una pompa de jabón en el aire. Inmediatamente, mi cabeza se puso a revivir ese plan para ponerlo en práctica. Era difícil, pues iban armados hasta los dientes, pero yo sabría cómo hacerlo. En eso iba pensando cuando vi que Jesús caminaba a mi lado. Se dirigió a los zelotas y les dijo:

- ¿Creéis que la violencia solucionará algo?

No recibió respuesta. Ni siquiera se molestaron en mirarle. No obstante, él continuó:

- Por cada romano que matéis, ellos matarán a diez de los vuestros y a otros judíos inocentes. Y creedme, cuando toda Judea sea un cementerio, todavía habrá millones de romanos para ocuparla.

Silencio. Ni una mirada.

- Roma caerá un día –siguió él impertérrito–, como cayó el imperio persa, o el babilónico, o el egipcio, o el de los generales de Alejandro. No importa, otros imperios sustituirán al Romano. Judea no será independiente hasta dentro de muchos siglos y aún así, cuando esto ocurra, no habrá paz, porque la violencia jamás soluciona nada. Sólo engendra más violencia sangrienta e inútil en una espiral sin fin.

Uno de los zelotas perdió la paciencia, se volvió hacia él y le respondió con violencia e ira mal contenida:

- ¿Sí? ¿Es eso lo que hay que hacer? –era un joven impulsivo al que yo no conocía– ¿Dejarse matar como un cordero mientras lamemos la mano de los que nos degüellan? Sirva o no sirva para algo, yo prefiero morir matando a balar como un cordero llevado al matadero.

- Y, sin embargo –le replicó Jesús con una voz llena de calma y paz, mirándole a los ojos–, el siervo de YeHoVaH del que habla Isaías, sin gritar, sin romper la caña quebrada, sin apagar el pábilo vacilante, no parará hasta implantar la salvación en las naciones que la anhelan. Será, nos dice el profeta, precisamente como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador. Sin abrir la boca traerá la salvación a las islas. Tal vez deberías dejar que el Altísimo te espabilase el oído para escuchar como un discípulo.

Otro de los zelotas, uno de mis conocidos, se paró, se volvió hacia Jesús, le agarró amenazador por el borde del vestido más cercano al cuello y le espetó:

- Hablas como un masoquista y estúpido maestro de corderos llevados al matadero. Si hay una profecía que odio con toda mi alma es la de ese Isaías que promete la salvación a todos los pueblos y habla con balidos de cordero en vez de usar el lenguaje de los hombres. A Judea la salvará un Ungido guerrero y victorioso que segará cabezas de romanos como el segador siega la mies con la guadaña, que regará con su sangre la tierra hasta que muera el último de los romanos, que hará que todas las naciones se postren ante Israel.

Mis planes de venganza fría se desvanecieron. Mi vista se tiñó de rojo, como cuando era recaudador y alguien se oponía a mí. Di un paso al frente dispuesto a estrangular al que había agarrado a Jesús. Pero éste me vio y, sin dejar de mirar a los ojos al zelota que le tenía agarrado, me dijo con voz de mando:

- ¡Quieto Mattaj! ¿Quieres tú también ser un títere en el juego de la violencia? ¡Quédate quieto!

Antes de pensar si iba a obedecer o no, otro de la pandilla, también de los que me habían ultrajado hace veinte años, al ver que yo daba un paso amenazador, se vino hacia mí con el cuchillo en la mano. Le agarré la mano del cuchillo, le partí el brazo como se puede partir una caña, cogí su cuchillo y, antes de que se diese cuenta, le tenía agarrado por detrás con el cuchillo apretado contra su garganta.

- O sueltas a Jesús –grité al que lo tenía sujeto–, o Zabulón estará muerto en un segundo y, créeme, Teudas, que lo haré con un inmenso placer.

- ¿Cómo demonios sabes nuestros nombres gigante cabrón? –preguntó Teudas con sorpresa al tiempo que Jesús me gritaba con una voz que parecía un trallazo:

- ¡Quieto Mattaj!

- Porque un día –le dije apretando los dientes–, hace más de veinte años, tú, Zabulón, los otros dos perros viejos que van contigo y unos cuantos más, casi me matáis en Modín, tras violar a mi madre y humillar públicamente a mi padre. ¿Te acuerdas, miserable hijo de puta?

Mi instinto asesino estaba en alerta. Sabía que si actuaba con rapidez, podía degollar a Zabulón y acuchillar a Teudas antes de que soltase a Jesús y sacase su cuchillo. Con el rabillo del ojo había visto a Jacob y a Juan dispuestos a abalanzarse contra el resto de los zelotas. Después, el resultado de la reyerta sería incierto. Todo dependería de quiénes interviniesen y quiénes no. Mis reflejos de depredador estaban intactos. El de Queriot seguramente fuese armado y también debería estar avezado a estas cosas. Le vi también preparado. Supuse que Pedro, aunque no le veía, también estaría alerta. Evalué la situación. Eliminados Zabulón y Teudas, quedarían dos de los que quería vengarme y los dos jóvenes. El que se había encarado con Jesús parecía pensativo, como si estuviese rumiando las palabras que le había dirigido Jesús. Antes de que se centrase en la realidad, Jacob, Juan, Pedro o el de Queriot, podrían neutralizarle. Si sólo uno de los cuatro se dedicaba a él, quedarían tres de los nuestros acostumbrados a la lucha, más Pedro y otros muchos del grupo no habituados, contra tres zelotas. Cualquiera sabe lo que podía pasar. En cualquier caso, habría heridos y, probablemente, algún muerto entre los nuestros.

- Claro que me acuerdo. ¿Cómo me iba a olvidar de aquello? –su voz delató que no era una hazaña de la que se sintiese orgulloso, como si le pesase en su conciencia. Mejor, pensé, es posible que eso les reste eficacia en la lucha a él y a los otros dos que ese día estuvieron con él– Pero tú no te llamabas Mattaj, sino Leví –un poco más de desconcierto, pensé.

Esos eran mis pensamientos cuando mi madre se puso en medio.

- Aquel día –dijo mi madre mirándoles a los ojos alternativamente a Teudas y a Zabulón, sin sombra de rencor en su mirada– trajisteis la desgracia a mi casa. Pero ayer he recuperado la felicidad y no estoy dispuesta a perderla otra vez. Preferiría que me violaseis de nuevo a que se derramase la sangre de mi hijo y la de alguno de sus amigos –y, mirándome a mí a los ojos con mirada suplicante, añadió–: Mattaj, suelta a Zabulón. Te lo pido por el perdón que diste a tu padre. Tú, Teudas –y se volvió hacia él– suelta a Jesús. Os lo suplico a ambos. Yo os he perdonado a los cuatro y a los otros que me violaron. Y Alfeo también, justo antes de morir. Y vosotros –se dirigió a los dos jóvenes –no tenéis edad de tener el corazón de piedra. Abriros a la misericordia y el amor del Altísimo. Aún es tiempo.

Se calló y se puso de rodillas. Sara y Noemí se pusieron también de rodillas a su derecha y su izquierda. Se había formado un círculo de gente, peregrinos y comerciantes, alrededor de nosotros. Transcurrieron varios tensos segundos. Al cabo de un rato, yo solté a Zabulón. Un instante más tarde, Teudas soltó a Jesús.

 - Gracias –dijo Jesús a mi madre mientras la levantaba del suelo–. Gracias –repitió visiblemente emocionado.

Luego se acercó a mí y me abrazó.

- Que poco te ha durado el perdón –me dijo al oído–, espero que hayas aprendido la lección.

Entonces se acercó a Zabulón y poniéndole recto el antebrazo que estaba doblado en ángulo recto, le dijo:

- No parece que tengas el hueso roto. Mañana estarás bien.

Zabulón miraba a Jesús y se miraba el brazo, sin dar crédito a lo que había pasado. Después, Jesús abrazó a Teudas, al joven que le había amenazado de palabra al principio, que estaba como sonado, como si hubiese recibido un golpe que le hubiese dejado grogui, y después, a los otros tres. Zabulón se acercó a mi madre y se arrodilló ante ella.

- Perdón, perdón –repetía una y otra vez mientras le besaba las manos.

Al lado de Zabulón, se arrodillaron los otros tres zelotas mayores. Mi madre los levantó a los cuatro y los abrazó. Yo estaba perplejo. Si hacía unos días me hubiesen dicho que semejante cosa podría ocurrir, me hubiese reído, pero allí estaba yo, que me encontré también abrazando a los cuatro que me habían ultrajado hacía veinte años. El círculo de gente que nos rodeaba estaba como petrificado. El zelota joven que había amenazado a Jesús se acercó a él y le dijo:

- Rabbí, no sé quién eres. Hace un momento me creía el vengador de mi pueblo y estaba dispuesto a morir y a matar por ello. Ahora te he conocido a ti. Tú no eres el vengador de mi pueblo. Eres el salvador de él mismo, de los romanos y de todos los imperios y pueblos que pueda haber en la tierra. Estoy dispuesto a morir, pero no a matar. A ir contigo hasta la muerte pacíficamente, si es necesario. Déjame seguirte a donde quiera que vayas.

Jesús le miró con amor y le dijo:

- ¿Cómo te llamas?

- Simón bar Joel –dijo el joven zelota.

- Simón el Zelota –dijo Jesús hablando muy despacio–. Te aseguro, Simón bar Joel que miles de millones de personas te conocerán como Simón el Zelota, el zelota pacífico del Altísimo. En su Nombre pastorearás una de las doce tribus de Israel.

Poco a poco, el círculo de disolvió y el río humano volvió a moverse. Nosotros echamos a andar también, pero no podíamos dejar de darnos cuenta de las miradas de soslayo que nos dirigían todos.

Ese mismo día, después de mediodía, llegamos a Ierushalom. No llegamos por donde suelen hacerlo los peregrinos que vienen de Galilea para Pésaj, por el camino del este, que vuelca sobre Ierushalom desde Betania y Betfagé, coronando el Monte Oriental, al otro lado del torrente Cedrón. Llegamos por el camino del mar Occidental, que pasa cerca de Modín. Íbamos a entrar en Ierushalom por la puerta de Jaffa. Paralelo al camino de entrada a nuestra izquierda corría el frente de una cantera de piedra arcillosa que había dejado de explotarse hacía bastantes años. Al parecer, en el proceso de explotación de la cantera, se había encontrado una roca más dura y más alta que se había dejado atrás. Estaba a unos quince codos del frente de la cantera, de forma que se había quedado junto al camino. Los romanos utilizaban esa roca, por estar junto al camino y en alto, para crucificar a los malhechores y que su vista sirviese de escarmiento para todos. Por eso el pueblo le había puesto el nombre de Gólgota o Calavera. En esos momentos había dos hombres colgados de travesaños izados sobre dos de las cuatro altas estacas verticales hincadas en la cima. Lanzaban quejidos lastimeros. La gente se paraba morbosamente a ver el espectáculo. Algunos, aunque no supiesen nada de los reos, les insultaban. Otros escupían al pasar. Los asideos más ortodoxos, aunque no tuviera nada que ver con ellos, les gritaban:

- ¡Malditos! ¡Malditos! –por la maldición del Deutronomio.

Muy pocos mostraban misericordia. Nosotros pasamos de largo, pero Jesús se paró un corto momento para mirar a los ajusticiados. Creí ver en él una mirada de lástima y un estremecimiento. Por supuesto, en ese momento no podía saber lo que ahora sé. Qué él moriría voluntariamente así para cumplir la voluntad de su Padre del Cielo. Parecía musitar una plegaria silenciosa. Entonces le vi hacer un gesto cuyo significado, aún hoy  me cuesta aceptar. Con la mano derecha abierta, trazó una cruz. De su frente a su pecho y del hombro izquierdo al derecho. Luego siguió su camino y entramos en Ierushalom por la puerta de Jaffa.

- Vamos al Templo –dijo Jesús.

Recorrimos la red de callejas que llevaba al Templo. Los zelotas, que ya no lo eran, tras despedirse de nosotros con abrazos, siguieron su camino. Todos menos Simón que se quedó mirando lánguidamente a Jesús como si no fuese capaz de dar un paso para alejarse de él. Jesús le miró al fondo de los ojos y le dijo suavemente:

- Ven conmigo Simón bar Joel, el Zelota, ven –y dando media vuelta echó a andar.

Llegamos al muro occidental de los contrafuertes de la colina artificial sobre la que está asentado el Templo y lo recorrimos hacia el sur para subir por las inmensas escalinatas que dan acceso a la esquina sudoeste del atrio de los gentiles, al impresionante pórtico real con sus cuatro filas de columnas. Todos los tejados de la columnata que rodea el Templo estaban ocupados por soldados romanos, en actitud de prevengan por si se producía una revuelta, poder sofocarla a sangre y fuego. No era poco frecuente que esto se produjese. Entramos en el atrio. Como de costumbre, el atrio de los gentiles era un hervidero. Muchos de los judíos que iban al Templo tenían que ofrecer algún sacrificio, por el motivo que fuese, expiación de algún pecado, nacimiento de su hijo primogénito o cualquier otra efemérides. Según la causa del sacrificio y la riqueza de las personas que lo ofreciesen, la Ley prescribía el animal que había que sacrificar, desde un pichón hasta un ternero. Pero los animales que se ofreciesen en sacrificio tenían que ser aceptados por los levitas como animales machos, sin defecto y, además estar purificados por un ritual especial. Ya Salomón, al construir el primer Templo, había hecho, al norte del mismo unos aljibes porticados, los llamados de las ovejas porque en ellos se lavaban las ovejas y otras reses destinadas al sacrificio. Los animales entraban por la puerta de las Ovejas a primera hora de cada día y se distribuían por los puestos del atrio. Todo esto hacía que alrededor de la venta de animales para los sacrificios se estableciese un mercado monopolístico controlado por los sacerdotes y levitas del Templo. Éstos daban permisos de venta, contra pingües sumas de dinero como mordida, a los comerciantes que pujaban por ello. Éstos, a su vez, vendían los animales a precios absolutamente abusivos. Para colmo, en el templo no se podía pagar con la moneda corriente normal, sino con un tipo de moneda especial que producían los sacerdotes y de la que establecían un cambio también artificial y no menos abusivo que el de los animales.

A lo largo del año, el mercado del atrio de los gentiles era pequeño, pero al llegar las fiestas, especialmente la de Pésaj, los puestos de venta de todo tipo de animales se amontonaban en medio de un caos tremendo. En las principales entradas del atrio se instalaban los cambistas. Todos gritaban el precio de sus mercancías y el tipo de cambio de las distintas monedas que traían los peregrinos. Éstos, tras hacer colas enormes, si querían cambiar dinero, entraban y recorrían los distintos puestos, discutiendo y regateando con los comerciantes para que el sacrificio que debían ofrecer resultase lo menos gravoso posible. Para la gente humilde, tener que ofrecer un sacrificio en el Templo era poco menos que una ruina. Jesús había estado en el Templo en Pésaj’s anteriores y conocía, por tanto, la barahúnda que se formaba y los abusos que se producían en él. Pero ese día, al verlo de nuevo, una especie de furia fría se apoderó de él.

- ¡Qué vergüenza! –empezó a decir, al principio suavemente–. ¡Qué asco!, ¿en qué han convertido la casa de mi Padre? –Abba–. Esto es una cueva de ladrones fomentada por levitas, sacerdotes, maestros de la Ley, fariseos, saduceos y toda esa morralla. ¡Qué manera de explotar a esa pobre gente que viene a cumplir con los preceptos de la Ley!

El tono de su voz iba subiendo en indignación y volumen. Sin embargo, la furia no le hacía perder el control de sus acciones. Sin precipitaciones, como si lo estuviese haciendo con la máxima tranquilidad, empezó a volcar las mesas de los cambistas. Las monedas comenzaron a rodar por el suelo y la gente se abalanzó sobre ellas. Después, tras pasar la línea de cambistas, llegó a los puestos de venta de animales. Con la cuerda del ronzal de un buey, hizo una especie de látigo con el que fustigaba a los animales que empezaron a correr despavoridos de aquí para allá, como en una estampida. Tiraba al suelo con fuerza las jaulas de las palomas que, al romperse, dejaban libres a las aves. Pero éstas no podían volar, porque para evitar que se escapasen les habían cortado las alas remeras y no podían volar más que pequeños trechos a baja altura. Se quedaban revoloteando de un lado el otro del atrio, en pequeñas bandadas.

- ¡Fuera! Todo el mundo fuera de aquí –ordenaba con voz tonante, aunque tranquila–. ¡Habéis convertido la casa de mi Padre –Abba– en una cueva de ladrones! ¡Todos fuera, que no quede nadie aquí! ¡Nadie!

No vi que diese un solo golpe a ninguna persona, y sólo usaba el látigo para espantar a los animales. Simón el Zelota miraba inquieto a los soldados romanos que estaban en los tejados.

- Va a haber una masacre –me dijo con voz de alarma–. Si atacan va a haber una carnicería.

Yo más bien pensaba que los vendedores de animales y los cambistas iban a linchar a Jesús pero, de forma increíble, obedecían y salían corriendo en tropel, como presas de pánico, a la salida más cercana. Los peregrinos gritaban:

- ¡Eso, eso, fuera, fuera, fuera estos ladrones, fuera!

Jesús recorrió el atrio de los gentiles de un lado a otro durante la siguiente media hora. Al final, sólo quedaron algunos peregrinos, que jaleaban a Jesús como si hubiese sido el héroe de la jornada, y los animales, que poco a poco se fueron calmando. En un momento, me acerqué a Natanael y le dije quedamente:

- … y aquel día ya no habrá traficantes en el templo de Elohim, el todopoderoso.

- Fin de la profecía de Zacarías –me respondió él, entendiendo la cita.

Los guardias del Templo se habían quedado quietos, como si tuviesen miedo de que su intervención provocase la de los romanos, que era lo último que los sacerdotes querían. Cuando todo se calmó, apareció un grupo de éstos, encabezados por el jefe del turno que estaba en el Templo esa semana.

- ¿Con qué autoridad haces esto? Danos un signo de que tienes autoridad para ello –le dijo con voz indignada el jefe del grupo –los guardias rodearon a Jesús, dispuestos a prenderle.

- Destruid este Templo y en tres días yo lo levantaré de nuevo –respondió Jesús con firmeza y voz tranquila, como quien estuviese planteando una sencilla prueba que pudiese realizarse y de la que él saldría claramente triunfador.

Los sacerdotes se quedaron perplejos ante le respuesta y tardaron un momento en responder, confusos.

- Han sido necesarios cuarenta y seis años y miles de trabajadores para edificarlo, ¿y tú piensas que lo puedes reconstruir en tres días? –su voz reflejaba asombro más que incredulidad.

- Pues no pasará mucho más de un año hasta que lo vean vuestros ojos –otra vez, la firmeza de la voz de Jesús contrastaba con el desconcierto de los sacerdotes.

- ¿Quieres decir que en poco más de un año, nosotros vamos a destruirlo y tú lo vas a edificar de nuevo en tres días? –la perplejidad había dejado paso a la burla.

- El que tenga oídos para oír, que oiga y entienda aquél a quien Elohim le conceda entender –replicó Jesús y, dándose la vuelta, echó a andar. Los sacerdotes no dijeron nada y los guardias abrieron el círculo dejándole pasar. Nosotros le seguimos y, andando con tranquilidad, salimos del atrio de los gentiles, caminando lentamente por la puerta de los Jueces, al este.

Desde la puerta de los Jueces, bajamos hacia el valle del torrente Cedrón por un abrupto y serpenteante camino. Frente a nosotros se alzaba el mausoleo de Zacarías. Llegados abajo, ascendimos por el otro lado, hacia el Monte Oriental, al otro lado del Cedrón. Toda esa ladera del monte, con vistas al muro oriental del templo, estaba ocupada por muchos miles de peregrinos galileos que venían por el camino del Jordán y se quedaban allí al no poder instalarse en Ierushalom por su enorme número. También había peregrinos de Damasco y Mesopotamia, que llegaban a la Ciudad Santa por el mismo sitio, tras unirse a los galileos en una ciudad de la Decápolis llamada Pella. Mientras ascendíamos por el monte, entre tiendas y grupos sentados alrededor de la lumbre en la que preparaban la cena, alguien reconoció a Jesús.

- ¡Es él! ¡Es él! Es el sanador –gritaba mientras corría hacia él.

- Es cierto, ¡es él, es Jesús de Nazareth! –se empezaron a sumar otras voces de gente que le conocía de Galilea.

- ¡Es el que ha echado a los ladrones del Templo! –se unieron al coro los peregrinos que habían presenciado lo que había pasado hacía un momento en el atrio de los gentiles.

En unos minutos, un inmenso tropel de personas nos rodeó, estrujándonos. Todos querían tocar a Jesús. Éste, alzando su voz potente dijo:

- ¡Basta! ¡Basta! Todo el que tenga fe quedará curado, aunque no me toque, pero dejadme hablaros, os pido silencio. ¡Silencio, por favor!

La gente se apartó un poco, mientras se oían sonidos siseantes pidiendo silencio. Poco a poco la muchedumbre se fue callando y se hizo un círculo a unos treinta pies de Jesús.

- Si os sentáis y estáis en silencio, todos podréis verme y escucharme –dijo Jesús, esta vez en voz baja.

La gente se sentó y se hizo un silencio total.

- Mañana será Pésaj. Pero yo os aseguro que esta Pésaj que celebraremos mañana es signo de otra, que viviréis dentro de poco. Una Pésaj en la que se sacrificará un cordero distinto –su voz era ahora potente, para que le pudiese oír la gran muchedumbre que se agolpaba hasta más de quinientos codos de distancia, pero, a pesar de su fuerza, era también susurrante. Tras una pausa continuó–. Una Pésaj que será la salvación definitiva de todos los egiptos del mundo. Ya no habrá que sacrificar miles de corderos cada año. El cordero que será sacrificado dentro de poco bastará para los siglos de los siglos y los eones de los eones. Su sangre estará para siempre en los dinteles de las puertas de cada casa, de cada corazón de cada ser humano de todo tiempo, raza y nación. Está llegando la hora, mejor dicho, ya está aquí, en la que no habrá que venir al Templo desde lejos para celebrar Pésaj, porque cada uno podrá celebrarla cada día en su comunidad y en su corazón. Cada uno adorará a Dios en espíritu y en verdad y le llevará su corazón contrito como ofrenda. Los ángeles y todos los que están en el seno de Abraham también participarán de esa Pésaj.

La gente, lo mismo que nosotros, escuchaba como hipnotizada. Aunque ni siquiera nosotros entendíamos nada, todas esas extrañas palabras transmitían una autoridad y una paz que hacían innecesaria ninguna explicación. Estuvo hablando casi tres horas. Tres horas en la que se hizo completamente de noche pero que a todos nos parecieron como si hubiesen pasado tan sólo unos minutos. Una hoguera iluminaba el círculo en el que se encontraba Jesús, en medio de la oscuridad. Hablaba girando sobre sí mismo, para que todos pudieran verle. Cuando acabó de hablar, dio un par de vueltas más sobre sí mismo escrutando la oscuridad que le rodeaba. Cuando, más tarde, hablamos con algunos de los que estuvieron allí, todos tenían la impresión de que les había mirado a los ojos y de que cada palabra iba dirigida expresamente para él. Tras unos instantes, empezó a caminar monte arriba y nosotros, que también habíamos estado sentados, nos levantamos y fuimos tras él. Todos se apartaban un poco, sentados en el suelo, para dejarnos pasar, pero nadie se levantó. Estaban como petrificados. Pensativos, con una mirada soñadora, como si estuviesen viviendo ya esa Pésaj. Al llegar al exterior del círculo, se encontró con un hombre de unos cincuenta y tantos años, que le esperaba de pie, jadeante y sudoroso. Al acercarse Jesús, se lanzó a besarle las manos, pero Jesús le irguió y no le permitió tal cosa.

- Simón, Simón, qué alegría verte –le dijo.

- ¿Me recuerdas Rabbí? –le dijo el tal Simón muy extrañado– ¿Cómo puedes recordarme?

- ¿Cómo podría olvidarte? –le respondió Jesús– Eres uno de los leprosos que se curaron por su fe en el barranco de la muerte. Todos estáis en mi corazón, pero tú especialmente por tus últimas palabras. ¿Has ido a purificarte con los sacerdotes para cumplir la ley de Moisés?

- No –le respondió Simón–. Ya te dije que no necesitaba más purificación que la tuya.

Jesús no le dijo nada. Le sonrió como cuando Simón le había dicho eso mismo hacía poco. Tras una breve pausa, Simón continuó:

- Rabbí, he venido corriendo desde mi casa –hablaba sin resuello–, en Betania, al otro lado del monte. Mi hijo Lázaro me ha venido a avisar de que había un maestro extraordinario hablando un lenguaje nuevo. Le mandé, porque he sabido lo que ha pasado esta tarde en el Templo. Pensé que tal vez fueses tú, porque nadie puede atreverse a enfrentarse a semejante abuso si no tiene la fuerza del Altísimo con él y que podrías venir al sitio donde se reúnen los galileos. Cuando llegó, hace un rato diciéndome lo que había oído, pedí al Altísimo que fueras tú y vine corriendo. Mi plegaria ha sido escuchada. Me sentiría muy honrado si pudierais venir, tú y tus discípulos, a alojaros en mi casa. No está a más de cinco estadios y hay espacio para todos.

- Él ha provisto todo, porque, si no fuese por ti, ¿dónde íbamos a pasar la noche? –dijo Jesús haciendo ver que se sentía honrado por la invitación.

Junto a Simón había un hombre joven, alto y fuerte, con una cabellera pelirroja que le caía sobre los hombros y una espesa barba del mismo color. Parecía un poco tenso y en la boca, entre el bigote y la barba se dibujaban unos labios apretados en un gesto hosco.

 Mira, rabbí, éste es mi hijo Lázaro –dijo Simón presentando al joven a Jesús.

Rígido y erguido, Lázaro saludó fríamente a Jesús.

- Gracias por lo que has hecho por mi padre –le dijo con un tono que revelaba una lucha interior entre el asombro y el agradecimiento por el milagro, y la tozudez de quien se resiste a agradecer reamente un don porque no lo entiende.

- Es su fe la que le ha salvado, no la observancia de la Ley –dijo lacónicamente Jesús a Lázaro, que se quedó pasmado unos instantes como si le costase entender estas palabras.

Pero ya Simón había dado media vuelta y echado a andar con Jesús al lado, y todos los seguimos hasta la casa de Betania.

30 de abril de 2022

A toro pasado sobre el Domingo de la Misericordia

 El domingo pasado, día de la Misericordia divina estuve corto de reflejos. Como decía Forges en una de sus geniales viñetas: “Jo, estoy perdiendo reflejos a manta”. Me hubiese gustado colgar, ese mismo Domingo, un post sobre ese tema, pero se me pasó. No obstante, como toda fiesta tiene su octava y la octava de la de la Misericordia dura 365 días, estoy todavía a tiempo. Lo que cuelgo es la despedida del libro “Al sueño de la muerte hablo despierto; cartas a poetas muertos”, del que os mandé la semana pasada la carta a Antonio Machado y, en breve os mandaré, como había anunciado en un envío anterior, la de Oscar Wilde. Ahí va:

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Madrid, 3 de Octubre del 2004

Despedida

Todas las cosas llegan a su fin en esta vida, y este epistolario también. No es que no me queden poetas a los que me gustaría escribir. Se quedan muchos en el tintero.

Me gustaría escribir a Blas de Otero por su primer libro de poemas, “Ancia”, primera y última sílaba de su primer poema; “Ángel fieramente humano” y del último; “Redoble de conciencia”, inicio de una intensa y fiera búsqueda de Dios, luego abandonada, a Rabindranath Tagore por su “Ofrenda mística”, a John Donne, por la transformación de su vida de libertino a místico y sus diecinueve “meditaciones divinas”, a Berruguete, por su retablo de la transfiguración de la Iglesia del Salvador del Mundo en Úbeda, a C. S. Lewis, a Antón Bruckner, a Graci Laso de la Vega, a Bergson, a Homero, a Kepler, a Jorge Manrique, a Josep Llimona, a Olivier Messiaen, a William Shakespeare y a muchos más con los que me gustará hablar cuando llegue al cielo, como espero de la misericordia de Dios. Me hubiese gustado escribirles, pero no creo que pueda ser. Hay que cerrar capítulo.

Cuando empecé a escribir estas cartas, no esperaba que el resultado fuese el que ha sido. Leídas todas juntas, seguidas, me parece que el resultado es un himno a la misericordia de Dios. No me desagrada en absoluto este inesperado resultado. Al contrario. Creo que la misericordia es la más grande de las virtudes, la que mejor puede curar al género humano de sus males. Creo en un Dios misericordioso que, antes de encarnarse, ya nos dijo “misericordia quiero, no sacrificios” y una vez hecho hombre siguió diciendo, “bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. No podría creer en otro Dios. Al empezar a escribir estas líneas de despedida, me di cuenta de la etimología de la palabra misericordia. Viene de miser; compasión y cordis; corazón. Quiere, por tanto, decir, “corazón compasivo”. Pero miser, significa también, miseria. “Corazón compasivo de las miserias”, podría decir excediéndome un poco en la filología. Me gusta. ¡Cuantas palabras oxidadas vuelven a adquirir su brillo si se vuelve a su sentido etimológico! Probemos: “Quiero un corazón compasivo con las miserias humanas en vez de sacrificios”. “Eternamente felices los que se compadecen en su corazón de las miserias humanas, porque sus propias miserias tendrán un sitio en el corazón compasivo de su Dios”. Nuestro Dios tiene un corazón sagrado y compasivo en el que se pierden todas nuestras inconfesables mezquindades. No está mal como epítome de este epistolario.

Antes he citado una larga lista de algunos poetas a los que me gustaría haber escrito y no lo he hecho. Hay en esa lista dos omisiones que no quiero dejar de resaltar. Los he omitido porque están en ella algunos de los que, por falta de tiempo, no de deseo, se han visto relegados. Pero a los dos que voy a citar ahora, les he intentado escribir varias veces y no he sido capaz. No he podido porque eran demasiado grandes para mí. Son los autores de tres de las obras más grandes que el espíritu humano haya sido capaz de alumbrar. Uno es músico. Llevó una vida sencilla y auténtica. Compuso la música para la Pasión según san Mateo y según san Juan. Era, nada más y nada menos, que Johann Sebastián Bach. Componía música para “laudatio Deo et recreatio cordis”, para “alabanza a Dios y recreo del corazón”. O, si seguimos con las etimologías, “recreatio”, puede ser volver a crear. Si fuese así, la música de Bach estaría escrita para volver a crear el corazón. “Yo cambiaré vuestro corazón de piedra por un corazón de carne”, nos dice la Escritura. Bach pretendía hacer de su música un instrumento de Dios para cambiar nuestro corazón en un corazón compasivo. Es una música creadora de misericordia.

El otro poeta al que no he sido capaz de escribir nos ha legado la más grande epopeya del más allá. Perdido en la tierra, Dios le concedió la gracia de conocer el infierno, el purgatorio y, por fin, el cielo. De él dice Péguy: “En ningún sitio, en el transcurso de su largo peregrinar pretende el autor ser un historiador o un geógrafo de los cielos y la tierra. Ni tampoco un visitante, un inspector o un turista –un grandioso turista, tal vez, pero un turista, al fin y al cabo. En ninguna parte presenta el poeta su peregrinación como un viaje, grandioso, sí, pero un viaje, a fin de cuentas. Nunca toma posición desde la barrera, para observar lo que ocurre delante de él, porque lo que sucede delante de él, es él mismo –es decir, concierne a su propia condenación o salvación. En ningún momento se coloca en la grada para ver pasar a los pecadores, porque los pecadores son él mismo. Esa inmensa multitud es lo que él mismo es en su interior, no algo que está fuera de él. Todo consiste en la orientación correcta de la humanidad, mirando de frente al Juicio final”. Me refiero, naturalmente, al Dante y a su “Divina comedia”. Ya aludí a él en la misma introducción de estas cartas y ha sido una obsesión a lo largo de toda la correspondencia. Quiero acabar este epistolario con la misma frase con la que él termina su odisea cósmica. Dante llega en su imaginación a la contemplación de Dios por intercesión de María. Y a María, por Beatriz, como Don Juan llegó a Dios por Doña Inés. Llega a contemplar al mismo Dios que ahora estáis contemplando todos vosotros, mis poetas. Y lleno de asombro y admiración, su mente no llega más que a balbucear unas maravilladas palabras para describir lo que ve. Después enmudece. Lo que ve es...

“El Amor, que mueve el cielo y las estrellas”.

27 de abril de 2022

Carta a Antonio Machado

 

Si recordáis, en un post anterior en el que hablaba de Antonio Machado y Oscar Wilde os dije que os mandaría sendas cartas que había escrito a ambos y que están recogidas en mi libro “Al sueño de la muerte hablo despierto; Cartas a poetas muertos”, editado por la BAC. Pues bien, hoy cuelgo la de Antonio Machado, fechada el 1º de Abril de 2001. En otro envío os mandaré la de Oscar Wilde:


Madrid, 1º de Abril del 2001

Carta para entregar a Antonio Machado, poeta español del siglo XX.

Querido Antonio:

En mi correspondencia con poetas y artistas recién empezada, no podía dejar de escribirte. A veces no es posible recordar la primera vez que viste u oíste hablar de una persona. No es mi caso contigo. Recuerdo perfectamente la primera vez que supe de ti.

Fue en Vinuesa, ante un viejo olmo, cerca del Duero. Mi hermana Merche, veinticinco años mayor que yo, mujer ella, niño yo, me recitó, muy seria, ella que era siempre risa, tu poesía al olmo viejo.

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido.

..............................................

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

No fue la desconsolada nostalgia que se desprende de esta poesía tuya lo que hizo que se me quedase grabada. No todavía. Fueron, tal vez, los musgos amarillentos, los ejércitos de hormigas, las grises telas de las arañas, los pardos ruiseñores que no cantaban en sus ramas, tal vez el río empujando al tronco muerto por valles y barrancas hasta la mar. ¡Qué puedo yo saber de los recovecos de la memoria! Pero en ella se quedaron tus versos para siempre.

Luego vino la lectura de muchos poemas tuyos. Siempre encontraba en ti al hombre bueno, en el buen sentido de la palabra, como tú decías, expresando mi primera impresión de ti, que yo no sabía plasmar. Te veía con sed de una eternidad que buscabas y te costaba encontrar. Soñabas que Dios te hablaba, después soñabas que soñabas. Pero siempre, al fondo, la esperanza.

Otro poema tuyo tengo profundamente grabado. No recuerdo dónde ni a quién se lo oí recitar con voz profunda y pausada. Cuando soñabas caminos de la tarde y el campo se callaba, para escuchar la música de los álamos del río, meditando tu cantar mientras tú luchabas con espinas tan dolorosas como queridas. Aunque no soy persona que pase mucho tiempo en contacto con la naturaleza, esta poesía tuya, que también he aprendido de memoria aunque no la transcriba aquí, me hace disfrutar de ella las pocas veces que estoy lejos de los ruidos del hombre.

Con el paso de los años se ha abierto camino hasta el fondo de mi ser el olmo de Vinuesa, y sus ramas, y tu deseo –creía yo– de que la primavera obrase en su milagro en el invierno de tu vida. Supe luego que lo escribiste cuando tu joven y amada mujer se moría en el hospital en Soria y tú, impotente ante su enfermedad, te paseabas por las riberas del Duero con el alma desecha en lágrimas. El milagro que esperabas de la primavera era su curación. Pero el milagro no se produjo:

Una noche de verano

 –estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa–

la muerte en mi casa entró.

Con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

…………………………..

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

Y tu ronco lamento...

Señor, ya me arrancaste lo que más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y tu esperanza luchadora, espina que no sabes si prefieres arrancada o que siga clavada para siempre en tu corazón:

Dice la esperanza: un día

la verás si bien esperas.

Dice la desesperanza:

sólo tu amargura es ella.

Late, corazón... No todo

se lo ha tragado la tierra.

No, no todo. Nada, nada muere para siempre. Todo vive en Dios eternamente. Por eso estoy seguro que ese mismo Dios, cuya voluntad no entendías –¿quién puede entenderla cuando se hace contra la nuestra?– y con el que ardientemente esperabas hablar un día y a quien buscabas...

... borracho, melancólico,

guitarrista, lunático, poeta,

y pobre hombre en sueños,

siempre buscando a Dios entre la niebla...

... te acogió y te regaló, de nuevo, los dos eternamente jóvenes, a tu joven mujer. Tu corazón y el mar nunca volverán a estar solos. Yo espero también, un día, pasear con vosotros por la playa eterna, junto al mar infinito de Dios.

Que así sea.

Tomás.

8 de abril de 2022

El Evangelio escondido de Matajj 19; Capítulo XVI; Camino de Modín

Para entender bien este capítulo, conviene refrescar el capítulo III, Recuerdos de juventud, que son los recuerdos de juventud del propio Matajj, que ahora vuelve a casa, tras veinte años de ausencia. Si alguno lo quiere refrescar lo puede hacer más abajo en este blog

CAPÍTULO XVI

CAMINO DE MODÍN

Todo este relato había durado casi dos días, alternándose con las labores corrientes del día a día –a partir de este momento soy yo, Mattaj, el que narro la historia, ya que lo que continua lo viví en primera persona, no por lo que otros me contaban–.

Al amanecer del día siguiente a su conclusión Jesús nos dijo:

- Hace tres días que hubo luna llena. La siguiente luna llena será Pésaj. Vamos a pasarla en Ierushalom –y mirándome, añadió–: ¿Quieres que de camino pasemos por Modín, Mattaj?

- Rabbí –le dije–, tras lo que me dijiste del arado había renunciado a e ello, pero sabes que lo que más me gustaría del mundo sería abrazar a mi madre.

- Pero, rabbí –terció Jacob–, para ir a Ierushalom pasando por Modín, tendremos que atravesar Samaría.

Efectivamente, los judíos de Galilea, en sus viajes a Ierushalom para las fiestas, evitaban pasar por Samaría, tanto por el riesgo que ello implicaba, debido al odio entre judíos y samaritanos que venía desde la vuelta del exilio de Babilonia, como por la impureza ritual que se contraía si se pasaba por este territorio. Por ello, seguían el camino del este, que suponía bajar por la orilla opuesta del Jordán, por la Decápolis y Perea, dejando Samaría hacia occidente, para volver a cruzar al oeste del Jordán en alguno de los vados, ya al sur de Samaría, llegar hasta Jericó y, desde allí, subir hasta Ierushalom, por el desierto de Judea. Era un camino arduo y duro, ya que suponía bajar desde el mar de Galilea, a unos cuatrocientos pies por debajo del nivel del mar Occidental, hasta el nivel del mar de la Sal, a más de mil quinientos pies bajo ese nivel, para volver a subir a Ierushalom, a unos dos mil quinientos pies sobre el mar Occidental, atravesando un terrible desierto. Pero todo esfuerzo valía la pena para evitar Samaría. Pero Modín estaba en las montañas de Judá, a unas diez leguas al noroeste de Ierushalom, por lo que no era posible ir a Ierushalom pasando, de camino, por Modín, como había dicho Jesús, sin atravesar Samaría.

- Y, ¿eso te preocupa? –le pregunto Jesús con aire de extrañeza.

- Rabbí, el territorio de Samaría –replicó Jacob, como quien explica algo evidente a un niño–, está infestado de bandidos, además de que los samaritanos son nuestros enemigos. Eso por no hablar de la impureza.

- Pero contamos con la protección del Altísimo, ¿o no, Jacob? –le respondió Jesús queriendo parecer ingenuo–. Y lo de la impureza, creo que debemos olvidarlo, teniendo entre nosotros a un impuro publicano –dijo mirándome con una sonrisa que hacía evidente que no me consideraba impuro, sino que me usaba como ejemplo para ilustrar algo–. Aprended –dijo mirándonos a todos–, que sólo la impureza que tenéis en vuestro corazón os hace impuros. Así, que vamos a Modín –y, dicho esto, se levantó y echó a andar.

Así, pues, tomamos directamente la dirección sur, sin bajar al Jordán y, atravesando el valle de Meguido, llegamos a Samaría. Al día siguiente de entrar en esa región, nos salió al encuentro una banda de salteadores, que resultó ser la de Gestas. Gestas, tras la humillación que le infligió Dimas, se había separado de él con parte de sus hombres. Cuando Gestas vio a Jesús, se relamió los labios como un gato que acabase de encontrar a un pobre ratón indefenso.

- Mira a quién tenemos aquí –dijo con voz irónica–. Nada menos que al que da la salvación en vez de su dinero. Pues esta vez no está Dimas para salvarte, así que te vas a tener que dar la salvación a ti mismo, porque si no, éste es el último día de tu miserable vida de salvador –y al decir esto se aproximó amenazadoramente a Jesús.

- Gestas, Gestas –le dijo Jesús sin inmutarse– no he venido a este mundo para acabar muriendo a manos de un pobre diablo, salteador de caminos. Te vuelvo a ofrecer la salvación. Siempre estarás a tiempo de tomarla, pero éste es un buen momento.

- Me importa tres mierdas tu salvación –dijo Gestas con furia–. Hoy vas a morir, salvo que yo muera en este instante fulminado por un rayo. Pero no creo que eso ocurra. No veo ninguna nube en el cielo.

- No, eso no ocurrirá hoy, ni mi muerte ni la tuya. Pero creo que un día, no muy lejano, moriremos juntos –Jesús hablaba con voz profunda llena de tristeza.

- Basta de idioteces, acabemos de una vez con esto –dijo Gestas mientras se abalanzaba contra Jesús blandiendo su cuchillo.

Pero no había recorrido la mitad de la distancia que les separaba, cuando se paró. Se quedó de pie, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo. El cuchillo de su mano derecha, que le temblaba como un rabo de lagartija, cayó a tierra. Sus ojos estaban en blanco y echaba espuma por la boca. Inmediatamente después, cayó a tierra presa de convulsiones en todo el cuerpo. Se mordió la lengua y la sangre brotaba a borbotones de su boca, mezclada con los espumarajos. Jesús se agachó, le tocó la frente con el dedo índice de la mano derecha y las convulsiones cesaron inmediatamente. Dejó de echar espuma. Después le metió los dedos índice y pulgar de la mano izquierda en la boca, le sacó la lengua, se mojó su pulgar derecho en su propia saliva y tocó con él la lengua sangrante de Gestas, que al instante dejó de sangrar. Gestas se quedó como si estuviera plácidamente dormido. Jesús le dijo solemnemente:

- Mira bien, en este momento que se te concede si quieres aceptar la gracia del Altísimo.

Ya estábamos dando la vuelta para partir cuando uno de los salteadores se acercó a Jesús y le dijo:

- Rabbí, ¿puedo ir contigo?

- ¿Cómo te llamas?– le preguntó Jesús

- Judas –le respondió el bandido con mirada altanera– Judas bar Simón, de Queriot.

Jesús le miró profundamente durante unos minutos en los que Judas le sostuvo la mirada. Después le dijo a Pedro:

- Pedro, dale la bolsa con las limosnas –porque desde la salida de Cafarnaum hasta la frontera de Samaría habíamos venido curando a gente y nos habían regalado víveres y algo de dinero.

- Pero rabbí –le dijo Pedro con aire de protesta– es un ladrón.

- ¿Sigues tú siendo pescador, Pedro? –le preguntó retóricamente Jesús–. Judas será lo que quiera ser de aquí en adelante, no lo que haya sido. Tú, dale la bolsa.

Pedro entregó a Judas la bolsa de mala gana y éste le miró retadoramente mientras la cogía. Jesús miraba hacia otro lado. Así, continuamos camino. Cuando llegamos a la loma de un poco más allá de este incidente, Gestas, que se había levantado gritó a pleno pulmón:

- Maldito seas salvador. Si es verdad que un día moriremos juntos, espero ser yo el que te mate, aunque luego deba morir.

Unos días más tarde llegamos a Modín a eso de media mañana. Nuestra marcha fue rápida porque en Samaría y en Judea nadie nos pidió curaciones. La fama de Jesús no había llegado todavía a esos sitios. Me dirigí, acompañado de todos, a mi casa. De todas las ventanas colgaban crespones negros. No me sorprendió, porque yo ya sabía que mi padre había muerto. Llegué a la puerta y llamé a voz en grito:

- Madre, madre, soy tu hijo Leví.

Al cabo de unos instantes la puerta, también con un gran crespón negro, se abrió y en el umbral apareció mi madre. Me costó reconocerla. En mi sueño ella era exactamente igual que cuando dejé de verla. Pero había envejecido muchísimo. No sé si más o menos de lo que correspondería a los veinte años que llevaba sin verla, pero mucho. Su piel era más blanca que cuando la dejé, pero estaba surcada por venas azuladas que sobresalían en su frente y en sus sienes. El pelo, que era negro, con alguna hebra blanca la última vez que la vi, era completamente blanco. Siempre había sido una mujer delgada, pero ahora su delgadez era extrema. Sin embargo, a pesar de esta delgadez, no transmitía sensación de fragilidad. Muy al contrario, daba la impresión de una delicadeza sólida, como la de una fina hoja de acero bien forjado. Ella, durante un brevísmo instante me miró profundamente a los ojos mientras decía en voz muy queda:

- ¿Leví?

Lo dijo como preguntándose si sería cierto que ese hombre cuarentón pudiera ser su hijo Leví. Esa sombra de incredulidad duró apenas una décima de segundo.

- ¡Leví! –gritó inmediatamente, presa de la mayor sorpresa y de una alegría que hacía brillar sus ojos–. ¡Leví! –repitió mientras se me abalanzaba al cuello para abrazarme y cubrirme de besos–. ¡Leví, Leví, Leví! –repetía y repetía entre beso y beso– Mi pequeño Leví. ¡Qué sorpresa! ¡Qué inmensa alegría!

De repente, se puso seria, como si hubiese recordado súbitamente algo que había olvidado por unos segundos.

- Leví, querido Leví, tu padre… tu padre… murió hace una semana. Te pidió perdón antes de morir como me lo pidió a mí. Yo le perdoné.

Su mirada se hizo anhelante, deseosa de que yo también dijese que le perdonaba, pero sin atreverse a creer que eso pudiera ser. Me di cuenta y le dije.

- Lo sé, yo estaba aquí cuando murió. Yo también le perdoné.

Me miró con una extrañeza profunda en lo hondo de una mirada feliz, como de complicidad.

- Lo noté, lo supe, no me preguntes por qué ni cómo, pero te sentí a mi lado todo el tiempo en la cabecera de tu padre. Sabía que en ese momento le estabas perdonando, aunque no me explico cómo pudo ser –me dijo con la voz de quien no se explica algo que sabe con certeza, algo que desea con toda el alma pero que no puede explicar.

- Es largo de contar, y lo haré con calma dentro de un rato. Pero antes quiero que conozcas a mi maestro, Jesús –y mirándole a él añadí– Jesús esta es mi madre, Susana.

Jesús se quedó mirando fijamente a mi madre, en silencio, al fondo de sus ojos. Una suave sonrisa se dibujó en el rostro de mi madre.

- Susana –dijo Jesús sin dejar de mirarla a los ojos durante una pausa imperceptible– Que el Altísimo te bendiga, Susana.

- Ya lo ha hecho –respondió mi madre– ya lo ha hecho. Hoy la paz ha venido a esta casa, porque Leví ha perdonado a su padre. Me he pasado más de veinte años rezando al Altísimo para que este día llegase y, hoy, ha llegado.

Luego me volví hacia una mujer grande y dulce que estaba en el umbral de la puerta y la abracé con toda el alma. Era Sara, mi nodriza. A mi madre la podía rodear dos veces con mis brazos, pero con Sara casi no podía juntar mis manos por detrás de su espalda.

- Leví, Leví, mi niño, mi pequeño niño. Estás aquí, te hemos recuperado– decía Sara entre sollozos.

También por mis mejillas corrían, silenciosas, las lágrimas en este largo abrazo.

- Y esta, Jesús, es Sara –le dije a Jesús cuando terminó el abrazo– mi madre de leche, mi otra madre.

Sara había tenido doce hijos suyos. Yo era gemelo de leche del más pequeño que murió antes de que acabase su lactancia compartida. Tal vez por eso, y a pesar de no ser biológicamente suyo, me quería casi más que al resto de sus hijos. Pero, a diferencia de lo que había pasado hace poco con Simón y José, los hermanos del maestro, sus otros hijos lo aceptaban como algo natural. Sin embargo, sus hijos se habían ido de Modín tras el incidente con los zelotas.

Jesús se acercó a Sara y la abrazó.

- Sara, dulce Sara –dijo– fértil como el valle de Jezrael, dulce como la miel de espliego de las abejas silvestres, fiel como el patriarca Abraham, tierra que mana leche y dulce miel. No te angusties por tus hijos lejanos. Están bien, te añoran y rezan por ti en la distancia como tú rezas por ellos. En cuanto a Joel, tu marido, te espera en el seno de Abraham. Elohim ha tenido misericordia de él. Y tu otro niño pequeño, Benjamín, está con los santos inocentes.

- ¿Cómo sabes todo eso, señor? ¿Cómo sabes lo de mi niño del alma, Benjamín? ¿Cómo sabes el nombre de mi difunto marido? ¿Cómo sabes de mis angustias?  –preguntó Sara con la esperanza pintada en los ojos.

- Lo sé –le dijo Jesús sin responder a sus preguntas directas–. No quieras saber los cómos. Sólo confía.

Se hizo un profundo y emocionado silencio que mi madre rompió dando una palmada.

- Bueno, no nos quedemos aquí como pasmarotes. Veo, Leví que, además de Jesús, vienes con muchos amigos y la hospitalidad requiere que os atendamos como merecéis. Sara, Sara. Di que maten el ternero cebado, vamos a celebrarlo.

A mí esta frase me recordó a la historia del hijo pródigo que Jesús nos contó a todos en la cena de mi casa hacía unos días. ¡Dios, hacía de eso sólo unos días y me parecía como si hubiese ocurrido en otro eón!

Sara ya estaba dando órdenes a la servidumbre que había ido viniendo a la puerta de la casa. Mi padre era un hombre bastante rico y tenía ganado y criados, de forma que Sara no tenía más que transmitir las órdenes de mi madre para que todo se pusiese en marcha. Noemí se acercó a Sara y le dijo:

- Déjame ayudaros, dime que tengo que hacer.

Sara la abrazó y le respondió:

- ¿Un huésped trabajando en los preparativos para agasajarle? ¿Dónde se ha visto semejante cosa? Iría contra las normas de la hospitalidad. Por favor, siéntate y deja que te sirvan.

Mientras Sara se fue para impartir las órdenes pertinentes, mi madre nos pasó a la amplia sala principal de mi casa. Estaba igual que cuando yo me fui. Parecía que por la casa no había pasado el tiempo. Los mismos muebles, los mismos tapices y alfombras, las mismas vajillas en el mismo aparador que llenaba toda una pared. Todo igual. Nos acomodamos y, al poco rato, llegó Sara que ya había repartido las tareas a todo el mundo y, naturalmente, quería estar conmigo y oír lo que había ocurrido en mi vida. Enseguida empezaron a venir criados con comida. El ternero no estaría preparado hasta por la noche, pero mientras tanto teníamos que ser atendidos como la hospitalidad exigía y la alegría de recuperar a un hijo pedía. Cuando, tras poner todo en marcha, Sara entró y se acomodó, empecé a contar mi vida. No ahorré nada de lo que había sido de mí en esos veinte años, salvo los detalles escabrosos que no venían a cuento. Mi madre y Sara me miraban con espanto, pero por encima de ese espanto se notaba el amor. Cuando llegué al momento de mi encuentro con Jesús y de mi conversión, a ambas se le saltaron las lágrimas de alegría. Su hijo, natural o de leche, había salido de esa vida espantosa de crápula gracias a ese hombre llamado Jesús. Mi madre se levantó y se acercó a Jesús intentando besarle las manos y lo mismo quiso hacer Sara. Pero Jesús no se dejó. Les dijo a ambas, mientras se lo impedía:

- Es vuestro hijo. Vosotras habéis sembrado en él lo que yo sólo he hecho germinar. Ha estado estos veinte años en tierra dura, pero siempre añoró la tierra mullida que vosotras habéis sido para él. Yo no hecho más que trasplantarle. Vosotras habéis sido para él un don de Dios y él lo será desde ahora para millones de personas. Por eso le he cambiado el nombre y le he llamado Mattaj.

- ¿Mattaj? –se preguntaron sorprendidas ambas–. Matajj, don de Dios– repitió lentamente Susana–. Me gusta –dijo asintiendo con la cabeza –Matajj, don de Dios –repitió, ahora con tono aprobatorio– ¿Qué te parece a ti, Sara?

- Leví ha sido un don de Dios para mí. Sin él, me hubiera dejado morir cuando murió mi pequeño Benjamín. Si ha sido un don de Dios para mí, ¿cómo me va a parecer mal que lo sea para otros. ¡Mattaj! – asintió con decisión.

Entonces seguí con mi relato y les conté la cena en mi casa, mi locura de vender todo e irme con él. Ellas asentían con la cabeza. Les conté mi perdón y mi sueño. Sólo en ese momento, mi madre me interrumpió en mi largo monólogo diciendo:

- Lo sabía, lo sabía. Sabía que estabas a mi lado perdonando a tu padre. Lo sentí con una fuerza tan increíble que no podía no ser cierto.

Luego, les fui presentando a cada uno de los demás, contándoles, de forma muy escueta su encuentro con Jesús. Cuando presenté a Judas, el de Queriot, éste nos contó cómo, a raíz del primer encuentro de la banda de Dimas con Jesús, aquél empezó a tener escrúpulos por los crueles métodos aplicados por la banda. La tensión entre Dimas y Gestas se acrecentó por esta causa, hasta que se hizo inevitable la separación. Dimas siguió su camino con parte de los ladrones y Gestas con la otra parte. Él se había quedado con la banda de Gestas, pero también se sentía incómodo con su crueldad. Después, seguí con mi relato que, aunque mucho más corto que el pormenorizado que me habían hecho a mí, se extendió, sin embargo hasta el anochecer. Mientras lo contaba, sentíamos llegar a nosotros los efluvios de la maravillosa cena que nos estaban preparando y nuestros jugos gástricos se disparaban, de forma que, cuando acabé, todos teníamos un hambre tremenda y, justo entonces llegó la cena. Suculenta. Digna de reyes.

Nos pusimos a la mesa. Mi madre le pidió a Jesús que hiciese la bendición. Jesús dijo:

- Padre –Abba–, te doy gracias por todo. Tú guías los destinos de los hombres que se dejan guiar. Tú repartes el perdón. Tu misericordia no tiene límites y tu salvación es irresistible para quien la quiere acoger. Bendito seas por siempre, Padre –otra vez, Abba.

Empezamos a comer llenos de alegría y felicidad.

1 de abril de 2022

El retrato de Tomás Alfaro

Nada más lejos de mi intención que hacer de estas líneas una especie de autosemblanza más o menos laudatoria de mí mismo. No tengo nada en contra de quienes lo han sabido hacer, siempre que lo hayan hecho bien. Me parece magnífico, por ejemplo, cómo lo hizo mi admirado Antonio Machado en su poesía Retrato, que no me contengo en copiar aquí como un homenaje al poeta, a pesar de ser sobradamente conocida por todos. 

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

 

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar
[1].

 

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

 

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

 

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

 

Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

 

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


Hay una gran cantidad de aspectos de este autorretrato de Antonio Macado en los que me veo, en cierta forma, reflejado. Efectivamente, jamás he sido un seductor Mañara ni un Bradomín[2]. Ciertamente hay en mis venas gotas de sangre jacobina. Pero, a decir verdad, me siento muy a gusto con ellas. Casi siempre consigo moderarla para que mi vida sea lo más ecuánime posible, pero un poco más divertida, y mi verso, bueno o malo, brote de manantial sereno. Tal vez así sea capaz de ser, en el buen sentido de la palabra, sea éste cual sea, bueno. Por supuesto, Desdeño con toda mi alma las romanzas de los tenores huecos, tan comunes hoy día y procuro hacerme el sordo al coro de los grillos que cantan a la luna. Sin duda intento distinguir las voces de los ecos, y escuchar especialmente, entre las voces, una, la de Dios. No paro de conversar con el hombre que siempre va conmigo, aunque a veces sea muy pesado y espero, ciertamente, hablar a Dios, la Palabra que siempre trato de escuchar, un día. Sí, a base de mi soliloquio con Él he aprendido un poco, sólo un poco, del secreto de la filantropía y, por qué no decirlo, de la caridad. Desde luego, a mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que le alimenta y el lecho en donde yago, lo que hace que, como no escribo tan bien como D. Antonio, todo lo que escribo sea a beneficio de inventario, ya que nadie me debe nada. Y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, no sé si estaré suficientemente ligero de equipaje ni lo suficientemente desnudo como para que la Misericordia de mi interlocutor me suba a bordo. Espero que sí, aunque tenga que dejar todo, equipaje, traje que me cubra, la mansión que habite, pan que me alimente y lecho en donde yague, en el muelle.

 

Pero, me estoy desviando del propósito de estas líneas que tampoco es trazar un paralelismo entre esta excelente poesía de Machado y mi vida.

 

El título de estas páginas, “El retrato de Tomás Alfaro” lo que sí pretende es parafrasear el de la novela de Oscar Wilde “El retrato de Dorian Grey”. Parafrasearlo, eso sí, en antítesis. Dorian Grey, el protagonista de la novela de Wilde, era un personaje libertino e inmoral que había hecho un pacto con el diablo. Se había hecho un retrato que guardaba celosamente en el desván de su casa, lejos de las miradas de todos. El retrato, realizado cuando aún no había perdido su inocencia, le representaba con un aire que reflejaba esa inocencia que todavía tenía. El pacto consistía en que todas las acciones de su comportamiento miserable, sus bajezas y su perversidad, de la que no está ausente el asesinato, en vez de dejar su huella en su rostro –“la cara es el espejo del alma”, dicen, aunque no sea verdad– , se transferiría al retrato. Le garantizaba, además, la eterna juventud. Pasaron los años y Dorian Grey seguía con su rostro angelical que engañaba a todo el mundo, ganándose su confianza y con la fuerza y el encanto de la juventud. Y, mientras él perseveraba en su vida de vicio, eran los rasgos del retrato los que envejecían y se deformaban, transformándose en una imagen maligna y terrorífica. Pero Dorian, asqueado de su vida sube un día al desván de su casa y, con un cuchillo, intenta rasgar el cuadro. Sin embargo, la voluntad del cuadro se apodera de él y él mismo se asesta una puñalada en el corazón y muere mientras exhala un grito aterrador. Avisada la policía, llega al desván de Dorian y encuentra el cuadro original, con la cara angelical que representaba y, a su lado, un anciano decrépito, al que nadie conoce, con el rosto completamente arrugado con unos rasgos demoníacos.

 

Hasta aquí “El retrato de Dorian Gray”. Pues bien, yo pretendo, en mi soliloquio, que quiere ser oración y plática con este buen amigo, Dios, hacer un pacto con Él. Un pacto para que su Gracia me incline y me ayude a las buenas obras y la humildad. No me importa que le pueda pasar a mi rostro real en los años que me queden de vida. Las huellas del tiempo en la vida son muestras de su cumplimiento y la vejez, vivida con Dios, es una bendición. Pero sí me gustaría que, en el retrato de mi alma, visible sólo para mí, mi rostro se mantenga con el reflejo de la Belleza de mi Dios. Y, cuando muera, cuando llegue la hora del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, ese rostro que Dios haya formado dentro de mí me sirva de pasaporte para dejar, como decía más arriba, equipaje, traje que me cubra, mansión que habite, pan que me alimente y lecho en donde yague, y pueda así ser admitido a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

 

P. D. En próximos envíos mandaré dos cartas escritas por mí a Antonio Machado y a Oscar Wilde, publicadas en mi libro “Cartas a poetas muertos”, esperando que estén en el Paraíso y puedan leerlas desde allí y me sirvan de base de una agradable charla con ellos si un día la Misericordia de Dios me lleva, como espero, allí donde les sitúo a ellos por la misma razón.


[1] Por supuesto, cuando machado habla del nuevo cgay-trinar no se está refiendo para nada a la homosexualidad. El hacer sinónimo gay con homosexual es un eufemismo muy posterior a que Machado escribiese esta poesía. Gay –que en inglés significaba originalmente alegre, divertido, con un sentido de pícaro– fue utilizado por primera vez como sinónimo de homosexual por la propia comunidad homosexual de San Francisco en la década de los 60 del siglo pasado.Lo que nos dice Antonio Machado es que nadie busqiue en su poesía una alegría artificial.

[2] Miguel Mañara fue un sevillano del siglo XVII, que tuvo fama, que el mismo confesó, de ser un seductor. El marqués de Bradomín es un personaje mujeriego de ficción creado por D. Ramón María del Valle-Inclán, protagonista de su tetralogía “Sonatas”.