22 de febrero de 2023

Carnaval y miércoles de ceniza

Hoy es miércoles de ceniza. Entramos con él en el periodo de la cuaresma, en la que al espíritu le toca prepararse para el misterio más grande de la humanidad: Dios hecho hombre se va a entregar voluntariamente a la muerte para salvarnos a nosotros de ella. Tenemos que tomarnos un tiempo para profundizar sobre ese misterio de Amor y poder ser capaces de aprehenderlo, de hacerlo nuestro, de que nos llene de asombro. Pero antes del miércoles de ceniza, desde ayer Domingo, se presentan los tres días de carnaval. Recientemente he leído unas breves reflexiones sobre el carnaval y la cuaresma de Benedicto XVI que creo que merece la pena que comparta con vosotros. Ahí van:

 

"Parece problemático mencionar el carnaval en una meditación teológica[1], pues sólo de un modo muy indirecto es un periodo del año eclesiástico. Ahora bien, ¿no somos en eso un poco esquizofrénicos? Por un lado, decimos de muy buen grado que el carnaval tiene su derecho de domicilio precisamente en los países católicos, mas, por otro, tratamos de evitarlo espiritual y teológicamente. ¿Pertenece el carnaval, por tanto, a ese tipo de cosas que no podemos aceptar desde el punto de vista cristiano, pero que tampoco podemos evitar humanamente? Mas en este caso, habría que hacerse esta pregunta: ¿hasta qué punto es verdaderamente humano el cristianismo? Pues bien, el origen del carnaval es indudablemente pagano: el culto a la fertilidad y la invocación a los espíritus se confunden. La Iglesia tuvo que responder a ello, pronunciar el exorcismo que conjura a los demonios que violentan a los hombres y no los hacen felices. Mas tras el exorcismo apareció, de modo enteramente inesperado, algo nuevo, un contento angelical: el carnaval se coordino con el miércoles de ceniza como tiempo de reír antes del tiempo de penitencia, como tiempo de una festiva autoironía que dice riendo una verdad que puede ser muy similar a la del predicador cuaresmal. Así pues, privado de su componente demoníaco, el carnaval puede señalar en la misma dirección que señala el predicador del Antiguo Testamento: “Hay un tiempo de llorar y un tiempo de reír” (Eclesiastés 3, 4). De igual modo, para el cristiano, tampoco es siempre tiempo de penitencia. También él tiene un tiempo de reír. Sí, ha sido el exorcismo cristiano el que ha derrotado por vez primera las máscaras demoníacas y ha dejado aparecer detrás de ellas una risa rescatada. Todos sabemos cuan alejado se haya habitualmente de ella el actual carnaval. ¡Con cuánto poder gobiernan el dios Dinero y sus aliados! Nosotros, los cristianos, no luchamos contra la risa, sino a favor de ella. Luchar contra los demonios y reír con los risueños son acciones que se corresponden la una con la otra. El cristiano no necesita estar esquizofrénico, pues la fe cristiana es verdaderamente humana".


[1] Para entender cabalmente el sentido de la expresión, es decir, para percibir el marco –que se anuncia como ya sabido de antemano– dentro del que se van a desarrollar las reflexiones, debe tenerse en cuenta que el texto procede de una obra, Die Hoffnung des Senfkorns, esencialmente teológica. (N. del T.)

Los tentáculos de la hidra

No soy uno de esos anarcoliberales que creen que no debería existir el estado. Más bien creo que no puede existir una sociedad civilizada, sin estado. Uno de los mayores logros de la humanidad, a mi entender, es el Estado de Derecho y, claro, para que haya Estado de Derecho, es condición sine qua non que haya estado. Sin embargo, se podría decir que, tal vez desde el New Deal de Franklin D. Roosebelt –o incluso antes, desde Bismark–, estamos asistiendo en el mundo a un crecimiento sin precedentes del poder del estado. Me refiero, claro, al crecimiento del estado en países no comunistas. En los países comunistas el estado lo era todo y acabaron como acabaron. Y los que siguen existiendo, no se puede decir que sean boyantes. Son más bien míseros. En todos los países que, al menos sobre el papel, tienen una economía libre de mercado, el peso del estado en la misma está aumentando de una forma espectacular. Hoy en día, en España –y no creo que sea muy diferente en otros países– el estado representa más del 50% de la economía. En 2021 el gasto público del estado español representó el 50,6% del PIB. Pero esta cifra es engañosa, porque en la parte estatal de ese porcentaje no se contabiliza el peso de empresas de propiedad del publica, total o parcial, como RENFE, Adif, Correos, RTVE, Hunosa, Enusa, Navantia, Mercasa, Red Eléctrica de España, Indra y un largo etc., que llenaría más espacio del que puedo dedicarle en estas líneas. Es muy difícil si no imposible, cuantificar cuál sería el peso del estado en la economía si se incluyesen todas estas empresas. Así que no lo voy a tener en cuenta en lo que sigue a continuación, pero no por ello debe caer en el olvido, porque también está ahí. 

Para tomar en consideración lo que significa el estado en la economía española se deben considerar, además del porcentaje del gasto público en el PIB, otras variables importantes como el déficit o la deuda públicos sobre el PIB. El siguiente cuadro nos puede dar una idea bastante reveladora:

 

Concepto

(Miles de millones de € o %)

1980

 2021

Δ Total

Δ Prom. Anual

Índice de precios

100

524

x5,2

4,1%

PIB

94.311

1.205.091

x12,8

6,4%

Gasto Público

29.991

609.776

x20,3

7,6%

% GP/PIB

31,8%

50,6%

 

 

Déficit Público

1.961

82.790

x52,2

9,6%

Ingreso fiscal

28.030

526.986

x18,8

7,4%

%Déficit/Ingreso

7,0%

15,7%

 

 

Deuda Pública

15.630

1.425.623

x91,2

11,6%

%Deuda Pública/PIB

16,6%

118,3%

 

 

 Aunque las cifras de este cuadro hablan por sí solas, tal vez pueda ser conveniente resaltar algunas. Mientras e PIB, durante los 41 años que van de 1980 a 2021 se ha multiplicado por 12,8, el gasto público del estado se ha multiplicado por 20,3 veces pasando de representar un 31,8% del PIB en 18980 a un 50,6% en 2021. En ese mismo tiempo, el déficit presupuestario (lo que el estado se gasta más de lo que ingresa) se ha multiplicado por 52,2 veces mientras que el ingreso por impuestos se ha multiplicado por 18,8 veces. La lectura de esto es bastante aterradora. Lo que se gasta el estado ha crecido más que el PIB. Pero como lo de cobrar impuestos es algo que no es tan electoralista como lo de gastar el dinero ajeno, el ingreso fiscal, aunque ha crecido más que el PIB (aumento de la presión fiscal) no lo ha hecho tanto como el gasto público. En concreto, en 1980 el estado se gastaba un 7% más de lo que cobraba de impuestos y en 2021, se gasta hoy el 15% más de lo que ingresa. ¿Alguien puede imaginar lo que le pasaría a cualquier familia que durante 41 años se gastase esos porcentajes por encima de lo que ganase? Hubiese ido a la quiebra en menos que canta un gallo. Pero, lo que hubiese sido un comportamiento irresponsable para una familia, que nadie le hubiese financiado, por algún motivo ininteligible para mí, parece ser una práctica aceptable para el estado que la gente está dispuesto a financiar prestándole dinero. Y así, la deuda que el estado tiene, debida a este desfase, ¡¡¡se ha multiplicado por 91,2 veces, haciendo que la deuda del estado pase de ser un moderado 16,6% del PIB a un escandaloso 118,3%!!! Para que a los estados no les costase demasiado financiar esta deuda, han contado con la complicidad de los bancos centrales, que han mantenido artificialmente bajos los tipos de interés a costa de alimentar la espiral inflacionaria. Los precios se han multiplicado por 5,2 veces en este tiempo. Es decir, a alguien que hubiese tenido un patrimonio de 100.000€ en 1980, ese patrimonio habría perdido poder adquisitivo para suponer tan sólo 19.231€. Creo que las cifras cantan y no hay más cera que la que arde. Si esto hubiese ocurrido de la noche a la mañana hubiese supuesto tal escándalo que cualquier gobierno hubiese caído ipso facto. Pero así, poquito a poquito, nos lo hemos ido tragando. El primero yo, que en 1980 tenía 29 años y me lo he tragado inconscientemente hasta hace unos 10 o 15 años. Pero es que nadie me lo había contado nunca así. Así que tal vez contándolo yo así a lo mejor enmiendo mi falta de perspicacia.

La pregunta que salta a la vista es: ¿Es esto sostenible? Y la respuesta es un rotundo NO. ¿Entonces? Entonces, lo tenemos crudo, porque el estado ha acostumbrado al ciudadano inconsciente a que es bueno que cada vez se gaste cada vez más para darle más y más cosas gratis. A esto se le llama progresismo y política social. No digo que no haya gastos del estado que sean buenos, pero es también innegable que hay, en gran medida, muchos que son superfluos y, también, ideológicos, perjudiciales y hasta malévolos. Además, la pregunta no es si son buenos o no, sino si son más útiles  que el gasto que pueda hacer el ciudadano con ese dinero suyo que ahora se gasta el estado por él. El dinero que el ciudadano se gasta, se lo gasta en lo que a él le resulta útil y así, la suma de lo que se gastan los ciudadanos es, con alguna puntualización, la forma más útil de gastárselo. Y va a parar a empresas que hacen cosas que quiere la gente, o lo que es lo mismo, que crean prosperidad. En cambio, el dinero que se gasta el estado, incluso aunque sea en cosas buenas, es dudoso que supere en creación de prosperidad al gastado libremente por el ciudadano. Porque el estado, desde su torre de marfil, es un pésimo intérprete de lo que quiere el ciudadano. Como decía más arriba, esto necesita una puntualización. Hay cosas, necesarias para la sociedad, en las que el ciudadano nunca se gastaría su dinero. El estado debería gastarse el dinero exclusivamente en esas cosas. Y, ¿cuáles son esas cosas? Me atrevo a decir que únicamente las siguientes:


-     Las necesarias para mantener un Estado de Derecho austero. Poderes ejecutivos, legislativos y judicial, ejército y fuerzas de orden público eficientes, funcionariado mínimo para administrar estas cosas.

-     Pago de la sanidad, educación y, tal vez algún que otro servicio básico exclusivamente para quien no tenga medios para poder acceder a ellos. Pero pagar este gasto no significa que tenga que prestar él el servicio.

-     Desempleo y pago de todo o parte del auto ahorro para las pensiones, exclusivamente para quien no pueda hacerlo con sus propios ingresos. Fin del sistema de pensiones por transferencias, insostenibles con una pirámide de población invertida.

-     Algunas infraestructuras. Algunas. Sólo las vitales que no puedan adaptarse al principio de que las pague quien las usa. 

Esto llevaría a un estado delgado y ágil en sus gastos, que necesitaría recaudar pocos impuestos, no tendría que endeudarse y podría ser sostenible.

Pero hay una cosa todavía peor del exceso de gasto público y, en consecuencia de impuestos. Es la parálisis que ese exceso de impuestos produce en la inversión y el emprendimiento de los ciudadanos. La capacidad de éstos para invertir, innovar y asumir riesgos en inversamente proporcional a la presión fiscal y al exceso reglamentista y regulador. Y únicamente esta inversión, esta innovación, crea riqueza, puestos de trabajo y prosperidad. Y en la medida en que esta inversión innovadora se frene, se frenará la capacidad del tejido empresarial para satisfacer nuevas necesidades que den lugar a nuevos productos y servicios que creen puestos de trabajo que permitan cubrir con sobreabundancia el trabajo que se perderá con las nuevas tecnologías. Esta sustitución sobreabundante, ha sido una realidad palpable en los últimos dos siglos. Gracias a ella, hoy, hay muchísimos más habitantes en el planeta que tienen una prosperidad mucho mayor y que trabajan menos. Si esto se frenase –y un estado devorador de recursos hará que ocurra– nos veríamos sumidos en la miseria. Se cumplirían todas las profecías tan falsas como agoreras que hicieron David Ricardo, Thomas Malthus y Carlos Marx –o más recientemente, en el siglo XXI Thomas Piketty–. Y en la medida en que esto ocurra, el malestar social dará alas a los movimientos de la izquierda más populista y neocomunista, fomentando una participación mayor cada vez del estado en la economía y acelerando así la espiral hacia el desastre.

Sólo hay una manera de evitar esto: invirtiendo el proceso tan claramente mostrado por los números anteriores. Sin embargo, esto es muy difícil con una ciudadanía poco formada y que se deja arrastrar con facilidad por la demagogia de las mentiras simples de que el gasto público y la regulación estatal son mejores que la libre empresa. La tendencia al protagonismo y gasto creciente del estado no ha sido una línea continua desde 1980 –ni desde su inicio con el New Deal de Roosbelt–. Ha sido más bien una línea quebrada en la que los gobiernos con un sesgo mayor hacia la libre empresa han intentado reducir ese gasto, déficit y deuda públicos. Lo han intentado sin demasiado éxito. Por la sencilla razón de que cada vez que lo han intentado, han acabado perdiendo las elecciones. Los movimientos y las protestas populistas, magníficamente orquestadas, han hecho que así fuera. Perdían las elecciones en favor de una izquierda, aparentemente moderada –socialdemócrata, la llaman–, pero que, de hecho, ha acelerado este proceso más y más. Como consecuencia, los gobiernos de corte más liberal han tenido mandaros mas cortos y no han tenido tiempo de revertir el avance del estado auspiciado por esa izquierda socialdemócrata “moderada”. Y, lo que es peor, los partidos más liberales que, como todos los partidos, son máquinas para ganar elecciones, han aprendido la lección de que oponerse al crecimiento del estado no es rentable políticamente hablando y están sufriendo, inexorablemente, una deriva de pérdida de su sentido liberal en favor de una mentalidad interna cada vez más socialdemócrata. De esta forma, el proceso de crecimiento del estado se acelera.

Hasta aquí, no he hecho más que constatar unos hechos apoyados por la evidencia numérica de las series históricas. A partir de aquí, me adentro en un terreno más especulativo pero no menos basado en la historia. Hace poco menos de un siglo, el comunista italiano Antonio Gramsci se dio cuenta perfectamente de que el triunfo del comunismo era totalmente imposible en un enfrentamiento directo con el sistema de libre empresa. Se anticipó en más de medio siglo al hundimiento de la economía comunista y la caída del muro de Berlín. Y con una inteligencia y una perspicacia histórica impresionantes, ideó la estrategia que el comunismo debería seguir para que su caduca y empobrecedora ideología ganase, a pesar de todo la partida. Se trataba de conseguir por vías indirectas y solapadas lo que no podía logar por la confrontación económica. Había que cambiar de arriba abajo la percepción de la realidad de los ciudadanos de los países desarrollados. Y esta estrategia la dejó escrita en una obra que hoy se conoce como “Los cuadernos de la cárcel”, por haber sido escrita durante su encarcelamiento por el régimen fascista de Mussolini. Esta estrategia prescribía que había que infiltrarse en la cultura. Y no sólo en la cultura económica, sino también en la social, moral y de las costumbres y principios que sostenían a la civilización occidental. Había que infiltrarse en la justicia, en la educación, en los medios de comunicación y, por supuesto, en la Iglesia, para subvertir estos valores y principios. Y había que hacerlo a través de la manipulación de estos estamentos a través de personas que pudiesen jurar, diciendo la verdad, que no eran comunistas. Si pudieran ser personas que fuesen más bien contrarias al comunismo, mejor, cuanto más lejanas de esta ideología, mayor sería su credibilidad y la eficacia de la infiltración. Las ideas de Gramsci no fueron muy consideradas hasta que se hizo evidente lo que él vislumbró con decenios de antelación: El fracaso estrepitoso de la ideología y economía comunista. A partir de ese momento, tomó cuerpo en los partidos comunistas occidentales, que abrazaron engañosamente la democracia, convirtiéndose en eurocomunistas –ahí están Enrico Berlingüer en Italia, Santiago Carrillo en España o Georges Marchais en Francia–. Este eurocomunismo se disolvió pronto, transformándose  en un neocomunismo populista con un éxito devastador en las mentalidades en Latinoamérica y el los países europeos. La caduca idea de la lucha de clases se ha metamorfoseado, con una habilidad asombrosa, en una lucha entre sexos, en una lucha por el clima, en una lucha por el derecho a la muerte, en una lucha por una igualdad económica no basada en la justicia distributiva de dar a cada uno lo legítimamente suyo, sino en unas políticas igualitaristas a cargo del estado, etc., etc., etc. Por supuesto, esta forma de realización de la estrategia gramsciana no es un calco de lo que Gramsci escribió. Como toda estrategia inteligente –y esta lo es, por muy perversa que sea– se ha ido adaptando a lo que los comunistas llaman las condiciones objetivas, tomado problemas que tienen una cierta base de realidad, magnificándolos y llevándolos al absoluto. Y a fe que han conseguido arrastrar en esa lucha ideológica a una gran parte de la sociedad y de sus dirigentes. La ideología de género, el aborto, la eutanasia, la descarbonización a ultranza, las políticas de redistribución de la renta con impuestos progresivos cada vez más paralizantes para los “ricos” y con salarios vitales universales, son hoy el pan nuestro de cada día en los gobiernos de todo el mundo y de la Unión Europea en especial.

Afortunadamente, parece que últimamente está surgiendo, de una manera espontánea, aunque esporádica y excepcional una conciencia del “basta ya”, por parte de cada vez más personas y algunos movimientos ciudadanos. Y cada vez parece haber más gente que alza la voz pidiendo que este proceso se revierta. Incluso algunos gobiernos parecen tener éxito apoyándose en este hartazgo social de demagogia saturante. Esa es mi esperanza y a esas voces sumo yo la mía con la ilusión de que sea una gota de agua más en un mar muerto de mentiras tan fáciles como destructivas hábilmente disfrazadas de buenismo. Ojalá haya muchas gotas de agua que acaben haciendo dulce el agua de salmuera de este mar muerto.

20 de febrero de 2023

El Evangelio Escondido de Matajj, Capítulo XXVI, Una difícil elección

 

Tras alejarse un poco de la casa de Simón, Jesús se volvió hacia Miriam y mirándola profundamente a los ojos le dijo:

- Mi querida Miriam, me temo que hemos encolerizado a Simón.

- No, rabboni –respondió Miriam con suavidad, sin que nada en sus palabras transmitiese resentimiento. A partir de ese momento, Miriam, y sólo Miriam, llamó siempre rabboni a Jesús. Rabboni es un posesivo enfático, algo así como rabbí mío–, Simón está encolerizado con el mundo desde que yo tengo memoria. Siempre ha despreciado a todos los que no eran como él. Cumple hasta la más pequeña norma de la Ley, exige a todo el mundo que haga lo mismo y rechaza a quien muestre el más mínimo signo de no cumplir la Ley a rajatabla. Por eso no quiere ni ver a mi padre y ha hecho todo lo que ha podido para enemistarle con Lázaro, haciendo de él un fundamentalista. A mí me ha odiado desde pequeña, aunque debo decir que tal vez tuviese razón, porque yo no le oculté ni por un momento mi desprecio y procuraba vulnerar delante de él cuantas normas de la Ley podía. Él fue quien encabezó a los que me echaron del pueblo aunque, a decir verdad, no le culpo por ello. Mirando ahora mi comportamiento en el tiempo que estuve aquí después de irme de casa de mi padre, me avergüenzo de las cosas que hice. En realidad, creo que estaba provocándole para que me echase. Ya me ha contado Nicodemo que has estado en casa con mi padre y mis hermanos Lázaro y Marta. Me ha dicho cómo has curado de la lepra a mi padre y también cómo les has llevado la paz a ellos. Lo que más quiero, después de estar a tu lado, es ir a mi casa a abrazarlos a los tres. Nicodemo me quería llevar directamente allí cuando me desperté del sueño en el que me sumiste. Pero yo sólo quería, sólo quiero, estar a tu lado cada minuto de mi vida. Tenía que venir a llorar a tus pies y cuando me dijeron Juana y Avá, a las que también has sanado, que estabas en Magdala, Nicodemo no pudo impedirme que viniera aquí. Al llegar me enteré dónde estabas, fui a casa, me lavé, me limpié las heridas, tomé el frasco de perfume y entré en casa de Simón. Sabía que me dejaría entrar para ponerte a prueba. Ya tiene lo que quiere, una persona más a la que odiar. Pobre. Me da una lástima inmensa que su dureza de corazón le impida ser sanado por ti. Y, ahora, rabboni, aunque todo mi ser me pide que vaya a casa de mi padre y mis hermanos, algo inmensamente más fuerte me grita que me tengo que quedar a tu lado. No podría dejarte. Iré allí cuando tú vayas a Ierushalom.

- No, Miriam, no –le respondió Jesús–, tienes que volver a tu casa ahora. No puedes ni imaginar con qué fuerza te necesitan tu padre, Marta y Lázaro. No puedes privarles de tu presencia. Piensa que no saben nada de lo que te ha pasado. Piensa en la alegría que tendrán cuando se lo cuentes. Para que su paz sea completa, tienes que ir con ellos.

El tono de Jesús no admitía réplica. Luego con una voz que transmitía esperanza añadió:

- No temas, no te dejaré sola, iré pronto a Ierushalom y a Betania.

Miriam no se resistió, abrazó a Jesús diciéndole:

- Voy con ellos rabboni, pero no tardes.

Y dando media vuelta echó a andar sin volver la vista atrás, seguida de Nicodemo. Jesús la miró un buen rato mientras se alejaba, hasta que se perdió en un recodo del camino. Después se puso en camino hacia Cafarnaum, en la dirección contraria a la que seguía Miriam.

Ya cerca de Cafarnaum empezó la marea humana. Casi se nos habían olvidado las jornadas agotadoras en las que todo el mundo se agolpaba sobre Jesús intentando arrancarle curaciones. No contaré esas jornadas, pero así era nuestra vida cotidiana. Siempre, al final de cada extenuante día, Jesús desaparecía a orar casi toda la noche y volvía casi al alba, para dar una breve cabezada de sueño antes de empezar un nuevo día igual de agotador que el anterior.

Una tarde, desapareció. Pasaron tres noches enteras sin que le viésemos. Antes de que empezase a rayar el día después de la tercera noche, volvió. Tenía profundas ojeras como si no hubiese dormido y hubiese ayunado. Nos confirmó que así había sido. Pero se le veía alegre, como quien sabe perfectamente el sentido de todo lo que hace. Desde donde estábamos se divisaba a lo lejos, entre dos colinas un pequeño trozo del mar de Galilea. Entonces, con el primer rayo de sol saliendo justo encima de ese pequeño retazo de mar, se sentó en una piedra que estaba en lo alto de un pequeño montículo y empezó a llamarnos de uno en uno.

- Simón, a quien llamo Pedro –hizo una pequeña pausa… –y Andrés, su querido hermano, venid.

Simón y Andrés subieron al montículo y se pusieron a la derecha e izquierda de Jesús, respectivamente. A nadie nos extrañó. Aunque pueda parecer mentira ahora, por aquél entonces estábamos muy celosos entre nosotros por saber quién o quiénes eran los predilectos de Jesús. De Simón ya lo sabíamos y Andrés era uno de los discípulos de Juan y fue el primero en seguirle. También ese orden lo teníamos muy presente. A menudo, cuando Jesús no nos oía, discutíamos airadamente sobre nuestra preeminencia. Por eso, José y Matías, casi dieron un paso al frente, convencidos de que ellos serían los siguientes en ser llamados. A fin de cuentas, ellos eran los discípulos de Juan que habían ido con Jesús después de Andrés, pero antes que Pedro. Simón era un caso especial, pero después, estaban ellos. Pero Jesús dijo:

- Jacob, hijo de Zebedeo y Juan, su hermano, los terribles Boaerges. Espero que sepáis encauzar esa fuerza del trueno para la misión que os espera. Subid.

Antes de que ellos pudieran avanzar ni un paso, su madre, Salomé, que estaba en ese momento con nosotros, se adelantó como una tempestad y casi ordenó a Jesús:

- Manda que estos dos hijos míos, que por mí son Hijos del Trueno, se pongan uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Con un profundo suspiro Jesús los miró a los tres y dijo con una voz calmada:

- Pobres. No sabéis lo que pedís. ¿Podréis beber la copa de amargura y dolor que yo voy a beber?

Sólo después pudimos darnos cuenta de lo que significaba esa pregunta. Entonces soñábamos vagamente con un reino terreno en el que Jesús sería el rey y nosotros sus ministros. Es posible que para llegar a ese reino hubiese que pasar por algún mal trago pero, ¿a quién le importaba? Merecía la pena mil veces por lo que vendría después. Por eso, sin dudarlo ni un minuto, Jacob y Juan replicaron al unísono:

- Sí, podemos.

Entonces Jesús se puso muy serio. Su expresión y su voz transmitían una enorme gravedad cuando dijo:

- La copa la beberéis. Pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda en el Reino que vendrá no me toca a mí concederlo, sino que esos sitios son para quien los tiene reservados mi Padre –y esta vez no usó el diminutivo cariñoso Abba. 

Luego nos miró a todos y continuó:

- El estar ahora a mi derecha o mi izquierda, estar en este montículo o un poco más abajo donde ahora estáis no significa nada. ¿Sabéis a quien pondrá mi Padre a mi derecha?

La pregunta era retórica y no esperaba una respuesta que, por otro lado, nosotros no estábamos dispuestos a dar.

- El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos. El que más sirva será el que más arriba esté. El que se quiera poner por encima, será puesto por debajo. Los reyes gobiernan tiránicamente a las naciones y a sus súbditos en su propio beneficio. Vosotros jamás hagáis nada así. Encontrad gloria en serviros unos a otros. Servid sobre todo a los más pequeños y a los más necesitados. Servid a los despreciados, a los que están solos, a los que nadie quiere, a los que no tienen nada de nada, a los expoliados, a los que están prisioneros de su propia maldad. Servid a todos siempre y en todo lugar. Entonces seréis grandes. El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos, como el Hijo del hombre –otra vez ese título, que obviamente se aplicaba a él mismo golpeó mi mente–, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos y cada uno de los hombres. Y, ahora, Jacob y Juan, venid a mi lado y sed Hijos del Trueno al servicio y del rayo eterno del amor.

Ellos subieron cerca de Jesús. Hizo una larga pausa y continuó. Miré de reojo a José y a Matías. A pesar de todo lo que acababa de decir, les noté ansiosos. Jesús continuó llamando:

- Felipe y Natanael bar Tolmei.

Nueva decepción de los dos no nombrados que esperaban serlo. No pude dejar de pensar que José era el primo de Felipe que se había mantenido firme en la fe de Israel, mientras que Felipe había sido el que se había helenizado, haciéndose medio griego.

- Baruc, mi mellizo y Mattaj –dijo mientras me miraba a los ojos.

El corazón me dio un vuelco.

- ¿Yo? –dije lleno de asombro– ¿yo, que he sido un pecador, que he robado, extorsionado, cometido violencias con todos, empezando por Simón, yo?

- ¿No acabo de decir que estar en lo alto de este montículo conmigo o un poco más abajo no significa que seáis más o menos? Además, el pasado ya no existe. Está enterrado, evaporado, en la misericordia de mi Padre –volvió a referirse a Él como Abba– ahora sois criaturas nuevas. Habéis vuelto a nacer del Espíritu y naceréis del fuego. Todos, los que subáis aquí conmigo y todos los que me sigáis, todos. Sube Mattaj, no te resistas

Naturalmente obedecí y subí, aunque ni yo ni ninguno del resto entendiésemos la lógica que estaba siguiendo. Miré de reojo a Matías y José que me sonrieron, aunque no podría decir si su sonrisa tenía algo de forzada.

- Jacob y Tadeo, venid.

Esto parecía lógico. Los lazos de sangre son muy importantes y, a fin de cuentas, Jacob y Tadeo eran los hermanos de Jesús, hijos de sus tíos Clofás y Jacob. El mayor y el pequeño de sus hermanos. Creo que nadie se hubiera sorprendido de que esos fuesen incluso los primeros llamados. Hasta en la mirada de José y Matías se leía conformidad. Subieron. Ya había llamado a diez de nosotros. Yo sabía, y creo que los demás sospechaban, que iba a llamar a doce, en clara alegoría a las doce tribus de Israel. Por eso creo que todos estábamos especialmente expectantes. Abajo, al pie del montículo quedaban, aparte de las mujeres, sólo cuatro: Matías y José, que eran de los primeros que habían seguido a Jesús, junto con Andrés, Simón bar Joel, el Zelota, y Judas el de Queriot, el ladrón de la banda de Dimas y Gestas que ya había tenido algún roce con Jesús. Naturalmente, todos dábamos por sentado que los dos primeros serían los llamados. Por eso se nos escapó a todos un respingo de sorpresa cuando Jesús dijo con voz firme al tiempo que miraba a Matías y José:

- Simón, bar Joel, el Zelota y Judas bar Simón, de Queriot, subid.

Todos nos volvimos a mirar a los que no habían sido llamados. Creo que vi en sus ojos y su gesto una mezcla inexpresable de frustración y aceptación, una durísima tempestad interna, una lucha en sus entrañas que les desgarraba. El de Queriot subió como cansinamente, sin ilusión. Parecía como si le disgustase haber sido elegido o, más aún, como si eso de haber sido elegido supusiese para él una grave contrariedad. Pero Simón se quedó abajo, mirando al suelo, moviendo la cabeza con incredulidad. En algo que fue casi un susurro y, sin atreverse a mirar a nadie, protestó diciendo.

- Señor, no es justo. Yo soy el último llegado al grupo y, además, ¡qué forma de llegar!, insultándote. Estos –dijo señalando a José y Matías– llevan contigo desde el principio. ¿Por qué no les llamas a ellos?

Había una profunda y sincera humildad en su voz. Jesús le respondió:

- ¿Recuerdas lo que te dije el día en que te llamé?

- Sí –respondió Simón– lo recuerdo perfectamente. Me dijiste: “En el Nombre del Altísimo pastorearás una de las doce tribus de Israel”. No lo entendí entonces y no lo entiendo ahora.

- Simón Zelota, lo que hago ahora no puedes entenderlo, pero no tienes que hacerlo. Lo mismo que ni José, ni Matías ni ninguno de los demás tienen que entenderlo. La voluntad de mi Padre es insondable. Un día será para vosotros claro, pero no ahora, no en este mundo. Llevo a José y a Matías en lo más hondo de mi corazón. Nunca olvidaré que, junto con Andrés, fueron los primeros que me siguieron. Tengo reservada para ellos una misión, pero tal vez sea distinta de la que un día os encomendaré a los doce. Ya he dicho que subir ahora a este montículo no es ser más ni menos que los que se queden abajo. Cada uno ha sido soñado por Elohim de distinta manera. Pero los ama a todos igual. Y si mi Padre –Abba– los ha soñado, tal vez –y subrayó por segunda vez ese tal vez–, para otra cosa y les quiere igual, yo no puedo hacer otra cosa distinta de lo que Él quiera. Tú sube –había súplica y no orden en esta voz.

Mientras decía esto miraba con inmensa ternura a José y Matías, la misma que se desprendía de sus palabras. Éstos parecieron entender y su lucha interna dio la impresión de amainar. Simón bar Joel levantó la cabeza y vimos como gruesas lágrimas rodaban silenciosas por sus mejillas hasta la comisura de sus labios. Subió al montículo y se arrodilló delante de Jesús que, inmediatamente, le levantó del suelo. Ya estaban allí los doce y ya todos sabíamos, aunque él no lo hubiese dicho, que ya no iba a llamar a más.

No puedo dejar de señalar aquí algo que todos los que han leído el relato que Lucas, el griego, hizo para Teófilo sobre los primeros años después de Cristo ya saben: que tras la traición y la muerte de Judas el de Queriot, los once que quedamos del grupo inicial de doce, decidimos colegiadamente, tras encomendarnos al Espíritu Santo, elegir para sustituir a Judas en el grupo a otro discípulo. Jesús nos había dicho que nos enviaría al Espíritu Santo y nosotros le invocábamos con insistencia. Todavía no había llegado Shavuot, pero, junto con Miriam, perseverábamos unánimes en la oración en el deseo ardiente de su manifestación. En el tiempo que transcurrió desde la elección de los doce hasta ese momento, tanto Matías como José habían dado pruebas de una total aceptación de la voluntad de Jesús y de su Padre de que no fuesen del grupo inicial de los doce. Nosotros queríamos que el sustituto fuera uno de ellos, pero tuvimos dudas de proponerlos por miedo a contradecir esa voluntad. Nos pusimos nuevamente en oración ante el Espíritu Santo y fue Simón, el Zelota, el que nos recordó a todos la frase de Jesús: “tengo reservada para ellos una misión, pero tal vez sea distinta de la que un día os encomendaré a los doce… Y si mi Padre los ha soñado, tal vez, para otra cosa y les quiere igual, yo no puedo hacer otra cosa distinta de lo que Él quiera”. Todos recordábamos esas palabras, pero Simón hizo que nos fijásemos en ese tal vez, repetido dos veces enfáticamente. Por tanto, decidimos que sí podíamos elegir a uno de ellos. Pero, ¿a cuál? Siempre bajo la invocación al Espíritu Santo, decidimos que fuese el azar quien lo eligiese, ya que entre nosotros no había unanimidad. José había demostrado siempre, día a día, una dedicación tan incondicional al servicio de todos los discípulos, que por esas fechas eran ya numerosos y de los más necesitados, que se ganó el sobrenombre de el Bueno. Pero Matías tenía el don de la predicación. Se llenaba del Espíritu cuando hablaba de Jesús, de sus obras y su enseñanza y de su pasión y resurrección. No sabíamos qué hacer, de ahí que se lo dejásemos a la Providencia, en forma de azar. Sabíamos que YeHoVaH es el Rey del Universo, que cada mota de polvo dependía de su voluntad. Jesús nos había dicho que ni un solo de nuestros cabellos caería a tierra sin que ésa fuese su voluntad. Con una fe de las que mueven montañas, nos confiamos a ello. Elegimos al azar un rollo de la Torah y decidimos que si aparecía tres veces un nombre propio masculino, sin contar las repeticiones del mismo nombre, con la inicial del nombre de José antes que apareciese uno con la inicial de Matías, elegiríamos a aquél, y viceversa. El libro elegido fue el de los Números y como el capítulo primero del libro aparecía roído en sus márgenes y habían desaparecido una parte del texto, empezamos por el capítulo 2. Dado que el nombre de Moisés aparecía de forma continua en ese capítulo y los siguientes, decidimos no contar con ese nombre para no favorecer a Matías. Tuvimos que llegar hasta el capítulo 3, versículo 17 para que apareciese por tercera vez, sin contar las repeticiones del nombre de Moisés, tres nombres con la inicial de Matías sin que se intercalase ninguno con la de José. Así pues, elegimos a Matías. Esta elección al azar es conocida de todos, aunque no la forma de llevarla a cabo.

Pero lo que no aparece en la narración de Lucas, el griego, es la suerte que corrió José, el Bueno y me gustaría honrarla aquí, pues fue el segundo mártir cristiano poco después de la muerte de Esteban. Efectivamente, en la dispersión que se produjo tras el martirio de Esteban, tuvimos, los doce, que nombrar obispos para que llevasen el mensaje y la Cena del Señor por otras regiones, fuera de Ierushalom, en donde habíamos permanecido después de la fiesta de Shavuot desde que el Espíritu Santo descendiera sobre nosotros. Por supuesto, el primer obispo que nombramos fue José, el Bueno. Era él el que tenía que buscar dónde establecerse. Lo hizo en la pequeña ciudad de Safed. Era una plaza fuerte estratégica y había una importante guarnición romana. Habíamos estado en ella en una de nuestras salidas con Jesús por Galilea. A pesar de su escasa elocuencia, el Espíritu estaba con él y toda la guarnición y la mayoría de los habitantes de la ciudad se convirtieron. Los bautizó y se produjo allí un nuevo bautismo en el Espíritu Santo. Las autoridades romanas se enfurecieron y conminaron a toda la guarnición a que renunciase al nombre de Jesús o serían pasados a cuchillo y José sería crucificado. La guarnición se negó a apostatar y las autoridades cumplieron su palabra. Cortaron la cabeza a todos los soldados y crucificaron a José. Nosotros mandamos allí a otro de los obispos recién nombrados. Pero al quedarse sin guarnición, la ciudad fue tomada por los zelotas que implantaron en ella un régimen de terror tras crucificar a todos los dirigentes romanos y a aquellos a quienes consideraron, con razón o sin ella, colaboracionistas. Los romanos tardaron tan sólo unos meses en reducir a los zelotas a sangre y fuego. Como resultado de todo esto la ciudad quedó arrasada y la población reducida a la décima parte de la que era en un principio, entre los muertos y los que huyeron. Entre los que murieron había alguno de los que nosotros mandamos. Pero la población que resistió allí, quedó tan impresionada por la abnegación de los nuestros durante ese tiempo, su apoyo a todos, sin distinción de raza o religión, que se convirtieron en masa a la fe en Cristo. Ese fue José, el Bueno, el segundo mártir. Hoy le pido que interceda a Jesús por mí, para que tenga la fuerza para resistir el martirio que con toda seguridad recibiré en poco tiempo.

5 de febrero de 2023

El Evengelio escondido de Matajj: Capítulo XXV: En Magdala, en casa de Simón, el fariseo

Nos sorprendimos un poco, porque todos creíamos que íbamos camino de Cafarnaum, de vuelta a casa, después de Pésaj, pero no dijimos nada porque, a fin de cuentas, para ir a Cafarnaum había que pasar por Magdala, así que nos pusimos en camino, dejando a Nicodemo con Miriam dormida, junto a Juana y a Avá. Pero no seguimos el camino que bordea el lago, para no pasar por Tiberíades, sino que tomamos otro que iba hacia el Oeste. Seguimos en esa dirección durante unos estadios y luego tomamos otro camino que iba hacia el norte, dejando Tiberíades a la derecha. Al llegar al cruce del camino por el que íbamos con la calzada que unía Tiberíades y Cesarea, Jesús se paró.

- Esperemos aquí –dijo lacónicamente sin dar ninguna explicación sobre lo que debíamos esperar y permaneciendo en pie y mirando a lo lejos por la calzada, hacia el Oeste, como si esperase que alguien viniese por ahí.

Todos nos quedamos también de pie y mirábamos en la misma dirección, pero sin saber por qué. Pasó algo así como una hora y mientras él siguió mirando fijamente al camino, mientras que nosotros hacía tiempo que habíamos dejado la vigilancia y estábamos charlando de trivialidades. Ya empezaba a anochecer cuando vimos una comitiva que se acercaba. Pronto nos dimos cuenta de que era la comitiva de Herodes, que se dirigía a Tiberíades. La avanzadilla de la guardia nos echó a un lado del camino, obligándonos a tirarnos al suelo. Algo extraño debía pasar porque no era corriente que se hiciese a la gente que flanqueaba el camino tirarse al suelo. Bastaba el temor a los guardias que flanqueaban la comitiva y el terror a la tortura que se sufriría si se intentaba algo contra el Tetrarca para que nadie intentase nada. No obstante, todos nos tiramos al suelo. Todos menos Jesús. Por algún extraño motivo, los guardias que nos daban las órdenes de “cuerpo a tierra” mientras nos empujaban, al pasar junto a Jesús, le dejaron en paz. Poco después pasó la litera del Tetrarca, con las cortinillas abiertas. Junto a él iba Herodías. Las miradas de Herodes y de Herodías se cruzaron con la de Jesús. Se leía la indignación en la de Herodes, por ver que alguien desobedecía las órdenes, en cambio los ojos de Herodías brillaban febrilmente de sádica excitación, de triunfal victoria. En la litera de detrás iba, voluptuosamente indolente, mostrándose a todos casi desnuda, Salomé, la hija de Herodías y Filipo, el hermano del Tetrarca. Era una joven de una belleza deslumbrante, sólo superada por su perversidad. Su madre la había iniciado en todas las habilidades de las más sofisticadas cortesanas y la usaba para conseguir los favores de los romanos o judíos que le interesaban. Al pasar junto a Jesús, sin embargo, bajó los ojos en vez de mirarle retadora por estar de pie. Pero la comitiva no se detuvo y pasó de largo. Más tarde supimos que al llegar a Tiberíades, Herodes hizo azotar al jefe de la guardia por haber permitido a ese hombre quedarse de pie. Fue Zerah quien, a pesar de ser su amigo, le tuvo que dar los treinta y nueve azotes de rigor que prescribe la Ley de Moisés. Y también supimos que Zerah se dio cuenta, por la descripción, de que ese hombre no podía ser otro que el que él mismo había visto unas horas antes. Esto aumentó su odio hacia Jesús. Tras la litera de Salomé, metidos en sendas jaulas, hechas con cañas serradas longitudinalmente, con los bordes hirientes como cuchillos, venían Juan y Enoc. La mirada de Salomé se dirigía fijamente a la figura de Juan, cuya jaula venía justo detrás de ella. Enoc estaba en la siguiente jaula, moribundo, derrumbado sobre las cañas del suelo de su jaula, con los pies y las manos cortadas y los muñones y tobillos cauterizados a medias para que se desangrase lentamente. También tenía amputadas y medio cauterizadas las orejas, la nariz y todos sus órganos sexuales. Juan estaba lleno de magulladuras, pero intacto. Las piernas de Enoc colgaban entre las cañas del suelo, más separadas que las de la jaula de Juan, que cortaban como serruchos la parte interior de sus muslos sangrantes. Las miradas de Juan y Jesús se cruzaron. Jesús musitó muy en bajo, mientras miraba fijamente a Juan.

- Tú eres mi precursor. Primero tú y después yo. Así fue con nuestro nacimiento y así será con nuestra muerte. Los dos beberemos nuestro cáliz. Enoc está a punto de consumarlo. Pero a ninguno de los tres nos faltará la fuerza del Altísimo y un día llegará nuestro momento.

Era imposible que Juan oyese ese susurro de Jesús, pero asentía con la cabeza como si lo hiciese. Incluso Enoc pudo levantar ligeramente la cabeza para mirar a Jesús. Aunque no me atrevo a asegurarlo, creo que percibí una leve sonrisa bajo la costra de sangre que le cubría la boca.

- Hagamos noche aquí, en homenaje a Juan y Enoc –dijo Jesús tras un momento de largo silencio en el que todos estábamos sumidos en un profundo sentimiento de horror y náusea.

Ninguno de nosotros era capaz de tragar ni un bocado así que tendimos nuestros mantos en el suelo y nos tumbamos sobre ellos sin decir palabra, en un ominoso silencio. Creo que nadie durmió esa noche. A la mañana siguiente, al rayar el alba, continuamos nuestro viaje. Pronto llegamos a Magdala. Al llegar al pueblo, Jesús paró al primer hombre con en que nos encontramos y le dijo:

- Ve a casa de Simón, el fariseo, y dile que el rabbí Jesús quiere comer hoy en su casa. Le espero aquí.

El hombre, aunque sorprendido, fue a cumplir el encargo y nosotros nos sentamos a esperar. Cuatro horas más tarde apareció un criado de Simón y preguntó quién era Jesús. Cuando Jesús se adelantó el criado le dijo:

- Sígueme –dijo tajantemente–, mi amo te espera… –y, mirando dubitativamente al resto del grupo añadió–: … a ti solo –y sin esperar respuesta dio media vuelta y echó a andar.

Jesús le siguió. Cuando llegó a casa de Simón, le recibió más bien fríamente otro criado que le hizo pasar, sin preámbulos, al comedor, donde le esperaban, ya instalados, el resto de los otros catorce comensales, reclinados en sus divanes. El sitio de honor ya estaba ocupado por el representante del Tetrarca en Magdala. Sólo había un sitio libre. Sin moverse de su sitio Simón le dijo:

- Pasa amigo, ponte a la mesa con nosotros –su tono era sumamente displicente–. Como verás, te hemos hecho un hueco. Cuando me han dicho que querías comer en mi humilde casa me he alegrado porque he oído hablar de ti, lo mismo que estos amigos míos. Como ya tenía la comida preparada para catorce, no ha sido difícil acomodar a uno más. Hemos oído que eres un taumaturgo extraordinario, que haces auténticas proezas, incluso en Sabath. También nos han llegado algunos rumores de ciertas acciones tuyas en el Templo y estamos deseando oír todas estas cosas de tu boca. Somos todo oídos.

Era obvio que la comida no estaba prevista de antemano y que Simón había reunido a sus amigos exclusivamente para verle a él y no precisamente con admiración. Jesús tomó con calma la jarra y la jofaina que había sobre la mesa para el lavado de manos y procedió a lavárselas lenta, meticulosa y ceremoniosamente sin hacer caso aparente a la petición de Simón. Cuando acabó, los dejó en el suelo, junto a sus pies y levantó la vista hacia Simón, después de recorrer con ella a todos los invitados.

- Sois todo oídos –repitió lenta y pensativamente–. Pues escuchad.

Y les contó la historia del publicano y el fariseo que fueron al Templo a rezar y que tan bien ha narrado Lucas, el griego, en su relato porque se lo contó uno de los criados de Simón que se hizo seguidor de Jesús a partir de ese día. Tras la historia produjo un ambiente tenso que se podía cortar. Nadie se atrevía a decir una palabra. El resto de la comida transcurrió en silencio. El representante del Tetrarca intentó iniciar una conversación que nadie siguió. Los invitados apenas probaron los platos. Sólo Jesús saboreó todos los manjares, elogiándolos con énfasis, sin que eso produjese el más mínimo efecto en la cara seria y adusta de Simón y el resto de sus comensales.

Ya al final de la comida se oyeron voces en el vestíbulo de la casa. Poco a poco las voces fueron subiendo de tono. Los comensales se miraban entre sí y a Simón, con la extrañeza reflejada en sus gestos. Un criado entró, se acercó a Simón y le dijo algo al oído. Este se quedó pensativo y, tras una breve vacilación, con una sonrisa taimada, asintió con la cabeza. El criado salió y un momento más tarde, Miriam irrumpió, más que entró, en el comedor. Detrás de ella estaba Nicodemo, alguno de nosotros, que habíamos conseguido entrar desde la calle y todos los criados. Los invitados se volvieron hacia la entrada del comedor, menos Jesús, que la tenía a su espalda. Limpia, vestida con una túnica blanca que le llegaba hasta el suelo, con tan sólo un ligero rastro de sus magulladuras, aunque con profundas ojeras, con su larga melena pelirroja que caía en parte por su espalda y en parte por delante de sus hombros, estaba radiante. Llevaba entre sus manos un pequeño frasco de alabastro lleno de perfume. Sin decir una palabra, serena después de su irrupción en el comedor, se arrodilló a los pies de Jesús y los empezó a besar con unción. Después tomó la jarra y la jofaina que había en el suelo dispuestas para el lavado de manos y vertió el agua que quedaba sobre sus pies. Lloraba copiosa y silenciosamente y sus lágrimas caían, mezcladas con agua y besos, sobre los pies de Jesús que parecía indiferente a esas acciones. Luego rompió el cuello del frasco de perfume y empezó a derramarlo lentamente sobre los pies del rabbí. La habitación se llenó con su intenso aroma. También con este líquido se mezclaban besos y lágrimas. Cuando el perfume se acabó, Miriam empezó a enjugar los pies de Jesús con sus largos y sedosos cabellos rojos, con inmensa suavidad y ternura, sin dejar de derramar lágrimas sobre ellos. Los invitados miraban la escena con ojos muy abiertos por el asombro y Simón seguía con su sonrisa taimada que había virado hacia la ironía. Jesús le dijo:

- Simón, tú eres rabino de la Ley, ¿verdad?

- Así es, rabbí –la palabra rabbí sonó en boca de Simón como subrayada por un tono que llegaba al límite de la burla.

- Entonces te voy a hacer una sencilla pregunta –Jesús hizo una pausa esperando la autorización para continuar.

- Di, rabbí, te escucho –esta vez se percibía una nota de desconfianza por parte de Simón al tiempo que sus ojos se entornaron ligeramente.

- Un hombre rico tenía dos deudores. Ambos le debían una gran cantidad de dinero, pero la deuda de uno era diez veces mayor que la del otro. Ninguno de los dos podía pagarle y el rico llamó a ambos y les perdonó la deuda. Dime, Simón, ¿cuál de los dos crees que le amará más?

Simón se tomó un momento para contestar a una pregunta tan obvia en la que pensó que podía haber trampa. Al cabo de unos segundos respondió cautelosamente.

- Creo que la palabra no es amor. Amarle no le amará ninguno, pero supongo que el que le debía más le estaría más agradecido.

- Puede que tengas razón y tratándose sólo de dinero la palabra no sea amor –concedió Jesús–. Pero si en vez de dinero hablamos de pecados perdonados por amor, entonces, sin dudarlo, la palabra es amor. Mira a esta mujer. Cuando he entrado en tu casa hace un rato, ni siquiera te has levantado a recibirme. No me has sujetado la jofaina mientras me vertías agua sobre las manos para que me los lavase. No derramaste ni una gota de aceite sobre mi cabeza. Me has lanzado una pregunta que era casi una acusación. En cambio, esta mujer, me ha lavado los pies con agua, lágrimas y besos, ha derramado un intenso perfume sobre ellos y me los ha enjugado con sus cabellos.

Mientras decía esto, Jesús sujetó suavemente con su índice y su pulgar la barbilla de Miriam, levantándole la cabeza, que estaba inclinada hacia el suelo, hasta que sus miradas de cruzaron. La sonrió hasta que la mirada triste de la mujer se transmutó también en una dulce sonrisa mientras sus ojos se achinaban movidos por la sonrisa de sus labios. Después siguió levantado la mano que tenía en su barbilla, hasta que se puso de pie. Erguida, con esa sonrisa en sus labios y sus ojos, irradiaba una dignidad inmensa.

- Sí, Simón, sí que sé que esta mujer es una pecadora. Conozco todos y cada uno de sus pecados y conozco los siete demonios que tenía dentro. Pero todos sus pecados, todos –y subrayó la palabra todos–, le han sido perdonados por amor y todos sus demonios han sido expulsados para siempre. Por eso ama mucho. Pero el amor del Altísimo es enorme e inagotable. Hay suficiente para perdonar todos los pecados de todos los que están en esta mesa y todos los que hay en el mundo. Para perdonarlos todos –y de nuevo el todos cobró una fuerza especial–. Solamente es necesario dejarse amar y perdonar por ese amor.

Jesús hizo una larga pausa en la que miró a Simón y a todos los comensales. Fuera de la sala se oía un suave murmullo de la gente que estaba presenciando la escena desde el umbral. Pero la mirada hosca y los labios fruncidos de Simón y sus invitados, no cambió un ápice. Entonces miró a Miriam y le dijo:

- Miriam, tus pecados te son perdonados y tus demonios han sido expulsados. Pero, ¡ay de los que dudan de la capacidad de Elohim para perdonar y de los que creen que ellos no necesitan perdón! Tu fe te ha salvado. Ven conmigo en la paz de Elohim.

Y diciendo esto se levantó y salió de la habitación y de la casa. Miriam le siguió, después nosotros y, tras nosotros salieron dos criados de Simón que se unieron al grupo. Nadie hizo nada por retenerlos.

4 de febrero de 2023

¿Debe el estado ser el vigilante de las empresas?

Cada vez me ocurre con mayor frecuencia encontrarme discutiendo sobre la conveniencia de que el estado sea el vigilante de las empresas. Y, también con frecuencia creciente me encuentro con posturas que abogan por que el estado controle a las empresas. Y estas posturas, cada vez más extendidas no proceden de personas con ideas de izquierda, sino de personas que desconfían profundamente de la ideología de izquierdas y se calificarían, sin dudar, de derecha o, a lo sumo, de centro derecha.

Para empezar a tratar este tema quiero señalar una flagrante asimetría que habita inoculada en la mente de la inmensa mayoría de las personas del mundo occidental (y probablemente de todo el mundo). Es la siguiente: Primero se considera a una mala empresa que hace cosas malas que, desde luego, las hay. Después se generaliza el comportamiento de estas empresas a la totalidad. Ahora bien, para evitar caer en la ideología deberíamos contrastar esto con la realidad. Al menos en la realidad que yo conozco, la mayoría de las empresas tienen un comportamiento ciudadano (aunque sean personas jurídicas) tan bueno como el de la mayoría de los ciudadanos y mejor que muchos. Es más, hay muchas empresas que en sus códigos de conducta (que se respetan mucho más de lo que normalmente se dice cuando se desprecian), procuran desterrar comportamientos contrarios al bien. Más aún existen cada vez más las llamadas “empresas con propósito” que específicamente definen su propósito mucho más allá de la generación de beneficio a cualquier costa. Y también ese intento de muchas de esas empresas es sincero y se busca controlar que se logre el propósito. Hablo de esto porque en diversas empresas que conozco bien, esto es una realidad. Entre otras cosas porque es una manera de atraer el talento, que hoy día es la primera ventaja competitiva de cualquier empresa. En el otro platillo de la balanza, se sitúa a un estado ideal, casi angélico, a menudo deificado, que no existe en la realidad.

Y, claro, bajo estas premisas (falsas) se llega a una conclusión (también falsa): El estado debe regular a las empresas para evitar sus comportamientos perversos.

Por supuesto, no estoy en absoluto en contra de un estado que legisle para que la sociedad en general destierre muchos de los comportamientos perversos de sus ciudadanos, personas jurídicas incluidas. Esto es la legislación ordinaria y, en la medida que sea justa, debe ser cumplida por todos, empresas incluidas. De lo que estoy en contra es de una legislación/regulación paralela a la legislación ordinaria destinada a regular/controlar/intervenir en las empresas y en los mercados. Estas legislaciones paralelas suelen derivar en una jungla normativa, plagada de contradicciones, a menudo imposible de cumplir, que ralentiza, cuando no llega a paralizar, la acción de la empresa.

Santo Tomás de Aquino, en la parte segunda de su Suma Teológica, cuando habla de la Ley divina y de las leyes humanas, dice algo realmente sabio (como todo lo que dice). Sin citar textualmente ni señalar el lugar exacto en el que lo dice (podría hacerlo, si tuviese un poco más de tiempo) la idea es la siguiente:

Las leyes humanas no pueden prohibir nada de lo que sea bueno según la Ley divina. Pero tampoco puede prohibir todo lo que es malo según esa Ley divina. La razón de esto estriba en que si intentase prohibir todo lo que es malo según la Ley divina –se supone que intentando buscar un bien– se produciría un mal mayor que el bien que se pretendiese conseguir. Realmente sabio, sí señor. Algo muy similar acaba pasando cuando el estado intenta evitar todas las malas prácticas de las empresas que, insisto, son excepciones más que lo normal. Más aún, santo Tomás afirma que ni siquiera la ley divina, ¡divina!, ni siquiera ésta, debe prohibir todas las conductas que no sean buenas. Cuánto más si el autor de la ley es el estado, del que hablaré dentro de un rato. Como he dicho antes, ¡por favor!, basta con la legislación ordinaria, dando ésta por buena, lo que es mucho decir.

Considero las posiciones ideológicas como algo que se debe tratar de evitar a toda costa. Esto no quiere decir, ni remotamente, que todas las ideas valgan lo mismo. Eso sería una aberración todavía peor que el dogmatismo ideológico. Una ideología es un conjunto de ideas que se realimentan a sí mismas desconectándose de la realidad cuando ésta desmiente ese conjunto de ideas y las demuestra falsas. Por ejemplo, la ideología comunista es inmune al hecho de sus repetitivos fracasos en absolutamente todos los países en los que se ha implantado. Con las ideologías es imposible razonar, porque su cerrazón a la realidad es total. Como tituló Goya algunas de sus pinturas, “El sueño de la razón produce monstruos. Pues bien, para evitar que estas ideas mías degeneren en ideología, las confronto con la realidad. Naturalmente, mi percepción de la realidad puede ser distinta de la de otros, por eso expongo sus líneas muy, muy, generales, a vuelo de pájaro, para que puedan ser contestadas.

Cuando miro el mundo y veo lo que me gusta, anoto en el haber, entre otras cosas, pero de forma muy destacada, la prosperidad[1]. La prosperidad no ha parado de crecer de forma exponencial allí donde existe un sistema de libre empresa. Es difícil, si no imposible, negar esto si se compara el mundo de hace 200 años con el de ahora. Y tampoco creo que haya nadie que no le parezca buena esta prosperidad. Y, si le parece mala, deberá explicar por qué se aprovecha de ella en vez de vivir como un anacoreta. Creo que caben pocas dudas, si cabe alguna, de que esta prosperidad se la debemos al sistema de libre empresa.

Sin embargo, en el debe de lo que veo en el mundo, están leyes como el aborto, la eutanasia, las leyes de ideología de género, etc., etc., etc. Estas leyes existen, más o menos desarrolladas, en todos los países. En España, para más INRI, tenemos la de memoria democrática. Si además de mirar la legislación ordinaria, le echo un vistazo a la regulación/intervención del estado, me encuentro con la inflación monetaria, el sobreendeudamiento de todos los estados, los impuestos paralizantes (esto debería ponerlo en el debe de la legislación ordinaria), las quiebras de las cajas de ahorro (que no de los bancos), en España, el problema del precio de la energía (véase déficit de tarifa, o el veto a la energía nuclear, por ejemplo, pero hay otros), la subvención a tecnologías inmaduras, las licencias de taxis, etc., etc., etc. Y creo que esto se lo debemos al estado.

A la vista de esto, la pregunta es evidente. ¿Realmente es el estado quien debe controlar los mercados y las empresas? La respuesta, para mí es un rotundo NO. Sí creo, sin embargo, que hay un tipo de regulación estatal necesaria. Pero aún esta regulación debe mantenerse “short and simple[2]”. Se trata de garantizar, precisamente, que los mercados libres sean realmente mercados libres. Es decir, transparencia y simetría en la información y prohibición de los privilegios de mercado. Poco más.

Si los mercados son realmente libres y transparentes, regularán la actividad empresarial muchísimo mejor que el estado. Sin alcanzar la perfección, por supuesto. Con errores, por supuesto. Con acciones no deseables de cuando en cuando, por supuesto. Pero mejor que el estado. Porque los errores y maldades de los estados tienen importantes diferencias con los de las empresas. En primer lugar, cuando una empresa –o cualquier otro agente del mercado– se equivoca o actúa de forma indebida, lo hace ella sola y es ella quien sufre las consecuencias de sus acciones y las enmienda. Por supuesto, no siempre tiene lugar este mecanismo, pero sí habitualmente. En cambio, cuando el estado se equivoca afecta a todo el país, no sufre en sus carnes las consecuencias –para sufrirlas están los ciudadanos– y no aparecen por tanto acciones correctivas, sino que se empecina en el error. Además, atribuir al estado la sabiduría y la bondad para encontrar la forma de corregir las conductas inapropiadas del mercado o de las empresas es sencillamente no tomar en cuenta quienes son los que lo dirigen. A menudo son gente mediocre, que no tiene ni la formación ni la experiencia para hacerlo bien y cuyos intereses, demasiado a menudo, son electoralistas o de aprobación de la opinión pública. Así, cuando el estado “corrige” un problema mediático, casi siempre genera otros problemas mayores, bajo la línea de visión de la sociedad, que no le importan. Y cuando esos problemas invisibles se manifiestan de forma ubicua, intenta nuevas medidas correctoras, nuevas medidas correctoras, nuevas regulaciones, que nunca pasan por volver al origen y que generan nuevos problemas que, a su vez… y así acabamos en la tela de araña paralizante de un sobredimensionado, contradictorio e inútil marco normativo.

Continuamente me pregunto de qué raíces se nutre esta generalizada asimetría de juicio entre empresas y estado que anida en lo profundo de la cabeza de la mayoría de la gente. Y jamás encontraré una pregunta totalmente convincente. Pero sí que se me ocurren algunas ideas, ninguna concluyente, incompletas aún en su conjunto, pero creo que bien encaminadas. Las desgrano a continuación por orden aleatorio, no de importancia.

 

-    El recuerdo, mal interpretado, del llamado “capitalismo salvaje” del siglo XIX. Efectivamente, los primeros decenios del capitalismo manchesteriano inglés (por llamarlo de alguna manera) fueron terribles. Sin embargo, la triste situación de aquellos proletarios no era peor que la que tenían antes de emigrar del campo hacia las ciudades fabriles inglesas. De hecho, eran mucho mejores. En el campo, cuando había una hambruna la gente moría masivamente de hambre, vivían sin abrigo –o con muy escaso abrigo– contra las inclemencias del tiempo, las jornadas eran agotadoras cuando había trabajo y sólo lo había durante una parte del año y el resto la miseria era espantosa, por supuesto, trabajaban hombres, mujeres y niños. Lo que pasaba es que su sufrimiento estaba bajo la línea de visión social y disperso. Al llegar el trabajo fabril en las ciudades, la miseria, siendo menor, era visible y estaba reunida. Aparecieron los primeros movimientos obreros y el marxismo supo sacar buena renta de esa miseria. Pero la gente no iba del campo a la ciudad porque les obligasen –como en las grandes migraciones masivas obligadas bajo pena de muerte por Stalin– sino porque, con todo, las condiciones en la ciudad eran mejores y se producía un efecto llamada.

 

-    Una Doctrina Social de la Iglesia que, temerosa de que las masas obreras se fueran de la Iglesia, aún condenando el marxismo, daba una de cal y otra de arena al sistema capitalista, aunque no lo condenase. Véase una buena muestra de la asimetría de que hablaba más arriba.


De los empresarios se dice: “… es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa […] fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”. (Rerum Novarum. 1) Ahí tenemos a la empresa y al empresario, generalizado como perverso.

 

Frente a este perverso empresario, aparece la figura del estado ideal: “Queda ahora por investigar qué parte de ayuda puede esperarse del Estado. Entendemos aquí por Estado no el que de hecho tiene tal o cual pueblo, sino el que pide la recta razón de conformidad con la naturaleza, por un lado, y aprueban, por otro, las enseñanzas de la sabiduría divina, que Nos mismo hemos expuesto concretamente en la encíclica sobre la constitución cristiana de las naciones”. (Rerum Novarum. 23)

 

¿Quién no querría ser regido por un estado así frente a unos empresarios como los del primer párrafo? El problema está en que ni todos los empresarios son así ni ese estado ideal existe, ha existido ni existirá. Pero el camino estaba marcado y casi toda la DSI se verá plagada, hasta nuestros días, de este sesgo más o menos drástico[3].

 

-    La propaganda comunista gramsciana que ha sabido explotar de manera eficientísima esta imagen del “capitalismo salvaje”, el empresario sin ética ni escrúpulos y el estado magnánimo, bienhechor y angélico, casi elevado al rango divino.

 

-    El buenismo imperante, consecuencia de un deterioro filosófico que sería largo de describir aquí (pero del que tengo cosas escritas), pero que ha llevado a la mayor parte de las personas a dar prioridad a los sentimientos sobre la razón en la percepción de la idea del mundo.

Ninguno estamos libres de que todas estas corrientes –y otras muchas que no se me ocurren ahora– vayan colonizando subrepticiamente la mente de todos. Se me vienen a la cabeza unos versos del cantautor-poeta argentino Jorge Cafrune:

“La vanidad es yuyo malo

que envenena toda huerta.

Es preciso estar alerta

manejando el azadón,

pero no falta el varón

que la siembra hasta en su puerta”.

 

Esto que Cafrune dice sobre la vanidad es muy cierto. Pero no lo es menos si nos referimos a la concepción de la relación empresa-estado.



[1] La palabra prosperidad la empleo en un sentido muy amplio, no solo material, sino también cultural, educativo, etc.

[2] Hago alusión a un dicho americano que dice “Keep it short and simple, stupid”.

[3] Creo que debo aclarar que soy católico, amo a la Iglesia y la considero Madre y Maestra. Por tanto, es con mucho dolor como digo esto. También digo que en la DSI hay elementos luminosos. Tanto más cuanto más se acercan a decir al ser humano cuál debe ser su actitud y comportamiento como hombres de buena voluntad, sea el papel que tienen en la sociedad. Cuando habla así, a la conducta del hombre, está en el núcleo en el que su magisterio debe estar. Cuando habla de sistemas económicos, en cambio, está hablando de cosas que caen fuera de su ámbito de actuación como Maestra y es, por lo tanto, lícito para un cristiano disentir de lo que dice.