15 de enero de 2008

Algunas ideas sobre nacionalismo

Tomás Alfaro Drake

El otro día tuvimos una comida un grupo de personas para tener una jugosa discusión, de esas que hacen pensar, remueven ideas y cambian perspectivas. Yo no tenía –y sigo sin tener– ideas demasiado claras sobre algunos conceptos básicos del nacionalismo. Ahora sigo confuso, pero a un nivel superior. A continuación trascribo algunas de mis reflexiones a raíz de esa charla y subsiguiente discusión.

1ª Idea interesante: Los nacionalismos surgen, históricamente, coincidiendo con la pérdida de el sentido de identidad del hombre.

2ª Idea interesante: ¿Quién ha dicho que cada nación tenga un derecho inalienable y autónomo de constituirse en una patria/estado?

3ª Idea interesante: El nacionalismo siempre nace del descontento, real o inventado. Vive del descontento y se nutre de él. Si el descontento se acaba, se le acaba la gasolina. Por lo tanto, el nacionalismo debe alimentar, cuando no inventar, el descontento permanente. Incluso, si al principio no es inventado, siempre acaba siéndolo o, al menos, exagerado.

Desarrollo de las ideas anteriores

Desde la Ilustración, asistimos a una creciente crisis de identidad del ser humano. Las respuestas a clásicas preguntas de la filosofía –¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos y para qué estamos aquí?– nunca han estado menos claras que ahora, con el dominio del pensamiento posmoderno. Es, incluso, hasta políticamente incorrecto siquiera planteárselas. Antes éramos hijos de Dios, habíamos sido creados por Él para hacer el bien y volveríamos a Él después de nuestra vida. Las respuestas a estas preguntas existenciales son, necesariamente, trascendentes. Ahora, al negar toda trascendencia, ya no sabemos nada, ni queremos saberlo. En este proceso de pérdida de la identidad, el nacionalismo se presenta como una respuesta. Pero, a diferencia de la primera respuesta, mientras en ella todos los hombres éramos hermanos, hijos del mismo Dios del que veníamos y al que íbamos y hacer el bien significaba amar al prójimo como a uno mismo, como ese Dios, Padre común nos amaba, ahora, con la respuesta del nacionalismo, sólo somos hermanos de aquellos con los que compartimos la nacionalidad. La respuesta de la identidad se ha hecho inmanente, lo que la hace necesariamente falsa. Ahora hay un tipo de dioses, entre muchos, que se llaman naciones. Y hay muchos dioses nación, cada uno con sus hijos y cada uno enfrentando a sus hijos con los de los otros, sin el paraguas de la común paternidad.

Siempre me ha confundido dónde poner el límite a la palabra nación. Seguro que Cartagena es demasiado pequeña para ser una nación y seguro que Eurasia es demasiado grande. Pero, ¿entre medias? ¿Por qué España sí y Cataluña no? ¿Por qué Vascongadas sí y Álava no? ¿Por qué España sí y Europa no? ¿O es Europa sí? ¿O Cataluña sí? La pregunta de qué es y qué no es una nación, es clave únicamente si se asume un dogma de fe de filosofía política que dice que una nación tiene un derecho inalienable a una patria/estado propia. Pero este dogma no tiene nada que lo avale más que la propaganda nacionalista. La discusión sobre qué es una nación se vuelve bizantina si se rompe este dogma de fe que no se sustenta en nada. Sin ese dogma, ¿qué es una nación? Me parece irrelevante. Ni lo sé ni me importa, porque en este contexto, la nación se convierte en una idea folklórica y sentimental. Txortxicos, leguas muertas o locales, “as meas vaquiñas y as meas terriñas”, morriñas varias, etc. Todo muy respetable, porque el sentimentalismo forma parte de la naturaleza humana, pero nada políticamente relevante, salvo que se haga política con las tripas en vez de con la cabeza, cosa, desgraciadamente, más frecuente de lo que debiera serlo.

Por supuesto que hay que ser muy cauto al dar esta respuesta, porque los nacionalistas, que siempre tienden a coger el rábano por las hojas, lo harían para llevar el agua a su molino y nada más lejos de mi intención.

La patria, en cambio, no es algo abstruso e indefinible. La patria es un conjunto de instituciones y valores concretos que se han desarrollado por un proceso histórico conocido, para que una población viva mejor –en un sentido muy amplio que incluye el debe incluir el espiritual como una dimensión del hombre–, que ha demostrado históricamente funcionar bien para ese fin. Cuando en la Grecia clásica proliferaban las ciudades-estado, Aristóteles definió que la ciudad era una asociación de personas para vivir mejor. Y, seguramente, el fracaso del Helenismo fue no ser capaz de superar el termino ciudad como límite de la patria. Esas reglas de convivencia son siempre mucho más amplias que el texto que pretenda describirlas. Ese texto, da a la patria una forma jurídica a la que podemos llamar estado. Sin embargo hay multitud de reglas no escritas, pero totalmente necesarias. Hay valores comunes que forman parte del subconsciente colectivo, imposibles de especificar de forma exhaustiva. Van cambiando con el tiempo medido en siglos, que es la historia. Y, o lo hacen por evolución, no por política, hacia la unión, no hacia la fragmentación, o acaban en fracaso. Esas normas jurídicas constituyen el estado. Paro la patria es mucho más que el estado y si éste va contra aquella, se está suicidando. No hablo, por tanto, de un patriotismo constitucional, sino más bien de un patriotismo consuetudinario, histórico al que se pueden superponer textos constitucionales, pero que es mucho más que esos textos constitucionales. Hablo de un patrimonio común conseguido con esfuerzos y sacrificios históricos de siglos. Desde luego, la patria es contingente. Si la historia hubiese sido distinta, mi patria podría abarcar desde el Tajo hasta el Loira. Pero no podemos borrar la evidencia de que no ha sido así. La historia ha configurado una patria que va desde los pirineos hasta Gibraltar, con una franja al oeste que, sin llegar hasta el Cantábrico, constituye otra patria, más unas islas en el Mediterráneo, un par de ciudades en el norte de África y otras islas en pleno Atlántico. Y eso es España, con su historia, sus valores, sus grandezas y sus miserias. Y eso que es España, está unido por venas, nervios y arterias, creadas por la historia, que no se pueden cortar a instancia de parte –ni, creo, por mutuo acuerdo– sin un grave perjuicio para las todas las personas que comparten este patrimonio. Porque es un patrimonio común irrenunciable, lo mismo que yo no puedo, aunque quiera, renunciar a mi libertad y hacerme esclavo de otro ser humano. Romper esas reglas de convivencia es una irresponsabilidad grave con la historia y con el futuro.

Es muy cierto que una nación, sea esto lo que sea, puede monopolizar injustamente el poder y el bienestar de una patria plurinacional. Si esto es así, la patria nunca llegará a suturarse. Aparecerán nacionalismos que, exclusivamente en ese caso, pueden tener razón. En ese caso, los nacionalismos pondrán el acento en las injusticias reales, cabalgarán el descontento real, y, una de dos, o se separan de la patria, no por el dogma de una nación, una patria, sino como respuesta a esa injusticia real, o se subsana la situación de injusticia creándose las condiciones para la formación, con el paso de la historia, de una patria plurinacional justa. Pero tanto en un caso como en otro, el nacionalismo desaparecerá. El dios nación morirá y, con él, sus “sacerdotes”. Pero éstos se resisten a morir, por lo que, para evitarlo, tendrán continuamente que atizar el descontento y, aunque en un principio, o en algún momento de la historia, pudiese haber sido real, mantenerlo artificialmente. Lo mismo ocurre si se acaba en la separación. El dios del nacionalismo muere igualmente al tener la nación su propia patria. Por tanto, los “sacerdotes” del nacionalismo deben intentar mantenerse en el filo de la navaja de estar continuamente sembrando el descontento, pero sin llegar a la ruptura. Sólo los que están dispuestos a lograr el poder por la violencia cuando se consiga la secesión juegan verdaderamente la carta de la ruptura a ultranza con la idea de mantenerse en el poder después de la secesión por medio de esa violencia. Y los nacionalistas “moderados” –¿o tal vez sea mejor llamarlos hipócritas?– pretenden utilizarlos en su tira y afloja del filo de la navaja, sin darse cuenta –o dándose cuenta, pero, cuan largo me lo fiáis– de que están cabalgando un tigre que les acabará devorando. A veces, la hipocresía lleva a la pérdida de perspectiva y a la locura y estos nacionalistas “moderados” acaban jugando ellos también la carta del separatismo a ultranza, cavando su propia fosa.

Pero en muchos casos, los agravios e injusticias son, desde el principio, falsos o inmensamente exagerados. Entonces se reinventa la historia para hacer nacer la leyenda de la injusticia y la opresión. Los nacionalistas que no parten de una situación de injusticia real, procurarán, comparar sus reivindicaciones a las de aquellos nacionalismos que sí tienen una causa justa. (Como Irlanda frente a Inglaterra, por ejemplo). Siempre jugarán el papel de víctimas, de minoría oprimida, sea o no cierto. A fuerza de esta propaganda nacionalista, se crea un ambiente intoxicado en el que, poco a poco, hasta la óptica de los no nacionalistas que viven en la supuestamente oprimida nación, se deforma, llegando a creerse, incluso ellos, parte de las supuestas agresiones del “opresor”. A esta reinvención de la historia también ayuda el pensamiento blando “moderno” en el que no hay verdades ni mentiras y en el que se concluye que no hay una historia real, sino sólo la escrita por unos supuestos vencedores. Tan historia es la de los supuestos vencedores como la inventada por los nacionalistas.

Si es verdad, y creo que lo es, que el nacionalismo, por esencia, no puede darse por contento, la única táctica razonable con él, si no hay una situación de injusticia flagrante, es negarle continuamente la premisa mayor de su victimismo sin concederle absolutamente nada, para no atizar un fuego inextinguible a base de echarle gasolina. No sé quién, puso el ejemplo de que discutir con los nacionalistas era como repartirse un salchichón con alguien que, cada vez que, negociando, consigue que le des un trozo, a partir de ese momento, ese trozo es suyo sin discusión y el que queda es el que hay que volver a discutir. Pues bien, para parar al nacionalismo es necesario volver a discutir, sin falsos complejos de culpabilidad, sobre el trozo de salchichón que se llevaron mediante el victimismo. Porque el salchichón no es para partirlo, es para disfrutarlo, todo él, entre todos. Creo que el símil del salchichón es muy pobre. Una patria construida sólidamente sobre la base de la justicia en la historia, es más bien como un ente orgánico. Repartirlo no sería repartirlo, sería desmembrarlo. Desde luego, la justicia, en grado perfecto y con continuidad permanente, ni ha existido, ni puede existir nunca en ninguna sociedad humana. Pero, con una visión amplia, hay que juzgar si el cuerpo social es lo suficientemente sano y ha sido construido sobre una justicia razonable como para que desmembrarlo sea una catástrofe. Si llevados de la miopía o de la siembra del descontento, una patria se equivoca en este juicio, las consecuencias serán trágicas. Si, por el contrario, se tiene la suficiente grandeza como para, sobre esas imperfecciones, juzgar que merecen la pena ciertos sacrificios por preservar el organismo de la patria, se estará prestando un gran servicio a la sociedad humana en general, a esa patria y a la humanidad.

Creo que es importante resaltar que, el propio hecho de que la patria, a diferencia de la nación sea algo contingente aunque concreto, puede llegar a suavizar la enemistad entre patrias. Al fin y al cabo, la historia puede agrupar varias patrias en una. Esto no puede ocurrir con las naciones si se aplica el criterio de una nación, una patria. Con este criterio, las naciones son irreductibles. Es mucho más difícil, aunque posible, la deificación de la patria que la de la nación. Sin embargo, esta edificación de la patria contingente es posible, ha ocurrido en la historia y es, al menos, tan nefasta como la deificación de la nación.

¿Hay solución?

¿Cual es pues la única solución al nacionalismo? No las concesiones demagógicas, sino la justicia de verdad, basada en una sana antropología. Proceso largo y difícil que no admite atajos y que, además, va contra el pensamiento “moderno” dominante. Pero creo que es el único capaz de acabar con el dios nación y sus secuelas de descontento permanente que acaba, generalmente, en violencia. Y la única antropología sana, llevadas todas las posibles a sus últimas consecuencias, es la antropología cristiana. Cualquier otra que se base en premisas inmanentes acaba en un utilitarismo calculador que, al menor error de cálculo coste-beneficio de utilizar al otro, lleva de lleno al totalitarismo. Sin embargo, suele ocurrir que la Iglesia local de una “nación” asolada por el nacionalismo, acabe cediendo al espejismo de alinearse con el populismo nacionalista, creyendo que esto será mejor para atraer “clientela”. Esto de bajar el listón para atraer clientes, es un buen método en marketing, pero siempre se ha demostrado falso en religión. La religión no es un producto de consumo y su lógica, que la tiene, difiere de la del marketing de estos productos. Además el nacionalismo eclesial va contra la esencia ecuménica de la Iglesia. Allí donde la Iglesia local ha caído en esa tentación, los resultados han sido nefastos y, aceptado el dios nación por la propia Iglesia, la gente abandona al Dios verdadero. El resultado es la creación de un erial religioso. La obligación de la Iglesia es hacer prevalecer al Dios verdadero, al Dios Padre común, al Dios amor, al Dios trascendente que contesta a las preguntas acerca de quiénes somos, de donde venimos, a donde vamos y por qué estamos aquí, sobre el dios nación –o incluso sobre el dios patria–, devolviendo a la gente el auténtico sentido de identidad.

No me resisto a terminar con una cita de Henri Bergson acerca del patriotismo, más fructífero cuanto más se diferencia patria de nación. Como dije antes, el estado, para ser patria, tiene que ser mucho más que lo que nunca puedan ser, siendo éstos importantes, los textos constitucionales escritos. Creo que esto queda reflejado en la cita de Bergson que hago a continuación:

“Cuando el vencedor concede a las poblaciones subyugadas una apariencia de independencia, la asociación dura más, como lo atestigua el imperio romano; pero, indudablemente, el instinto primitivo subsiste y ejerce siempre una acción disociadora. No hay más que dejarlo actuar, y la construcción política se derrumba. Fue así como el feudalismo surgió en países diferentes, como consecuencia de acontecimientos diferentes y en condiciones asimismo diferentes; lo único que había en ellos en común era la supresión de la fuerza que impedía desmembrarse a la sociedad: entonces el desmembramiento se produjo por sí mismo. Si se han podido constituir sólidamente, en los tiempos modernos grandes naciones (patrias) es porque la coacción, fuerza de cohesión que se ejerce desde fuera y desde arriba sobre el conjunto, ha cedido su puesto poco a poco a un principio de unión que asciende desde el fondo de cada una de las sociedades elementales que forman parte del conjunto, es decir, desde la región misma de las fuerzas disociadoras a las que hay que oponer una resistencia ininterrumpida. Este principio, el único capaz de neutralizar la tendencia a la disgregación, es el patriotismo. Los antiguos lo conocieron bien, adoraban a la patria y fue uno de sus poetas quien dijo que es dulce morir por ella. Pero existe mucha distancia entre esta adhesión a la ciudad, agrupamiento todavía colocado bajo la invocación de un dios que le ayudará en los combates (¿el dios nación en la teología neopagana?), y el patriotismo que es virtud de paz tanto como de guerra, que puede teñirse de misticismo, pero que no mezcla su religión con ningún cálculo utilitario, que se extiende en un gran país y levanta a una nación (patria), que atrae hacia sí lo mejor que hay en las almas. En fin, el patriotismo, que se ha ido formando lenta, piadosamente, con los recuerdos y esperanzas, con poesía y amor, con un poco de todas las bellezas morales que hay bajo el cielo, como la miel con las flores. Era necesario un sentimiento tan elevado, imitación del estado místico, para vencer a un sentimiento tan profundo como el egoísmo de tribu”[1].

Con un sentimiento patriótico así, no intoxicado por el principio una nación, una patria/estado caben amores patrios diversos, imbricados unos dentro de otros como las capas de una cebolla. Desde la patria chica, hasta la patria humanidad. Mi ciudad, mi región, mi país, mi nación –sea esto lo que sea– mi estado, mi supra-estado, la humanidad. Y también caben el amor a la ciudad, a la región, al país, a la nación, al estado, al supra-estado del otro, sin importar demasiado dónde está la frontera en la que lo del otro empieza a ser también lo mío, hasta culminar también en la patria común de la humanidad. Como dice Simone Weil: "Para respetar las patrias extranjeras, es necesario hacer de la propia patria, no un ídolo, sino un peldaño hacia Dios"[2].
[1] Las dos fuentes de la moral y de la religión, Tecnos, Madrid 1996, pag 352, 353.
[2] Traducido de Simone Weil “La pesanteur et la grâce” (La gravidez y la gracia) Librairie Plon 1988, pag. 166. No confundir Simone Weil, a quien se debe esta frase con Simone Veil la que fue presidenta del Parlamento Europeo.

1 comentario:

Juan-Luis dijo...

Hola Tomás!

Sobre este tema, uno de los libros más ilustrativos que he leído sobre esto es "Mater Dolorosa", donde José Álvarez Junco desarrolla un análisis sobre cómo se formó el concepto de Nación en España y lo compara con la formación de dicho concepto en otros países europeos.

Una de las páginas más claras recuerdo que habla sobre las condiciones de formación de un nacionalismo. Hablo de memoria, pero era algo así como:

1) Buscar de un enemigo, sujetos al cual se está en ese momento (o en riesgo de estarlo).
2) Buscar un elemento identificatorio propio frente a dicho enemigo. Comúnmente es la lengua, pero puede ser también la religión.
3) Establecer el paradigma que, podemos llamar, "antes de este enemigo todo era ideal".
4) Achacar todos los males actuales al enemigo .
5) Azuzar a la población en contra del enemigo.

Era algo así pero ¿acaso el esquema no te resulta fácilmente aplicable a tantos casos, en España y fuera de España? Te recomiendo el libro. Es gordo, pero fue Premio Nacional de Ensayo hace unos años.