20 de enero de 2008

El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento 1

Tomás Alfaro Drake

Introducción

Hace poco, el 6 de Enero, en una entrada de este blog dedicada a Simone de Beauvoir, me comprometí a hacer un análisis de cómo el pensamiento occidental ha derivado hacia la posmodernidad. Luego, pensé que no me bastaba con ese análisis. Necesitaba ver qué reacción estaba habiendo en este pensamiento contra esa decadencia. No me gusta la palabra reacción ni contra. Lo que se está produciendo no es una reacción contra nada, sino un reavivamiento del pensamiento sano que hizo posible Occidente y de cuyas rentas ha venido viviendo nuestra cultura dilapidando una preciosa herencia. Por eso he llamado a esta “reacción” “nuevo renacimiento”. No sé exactamente a dónde me llevará este intento, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el mar. Así que empiezo hoy una serie de escritos que espero sirvan para algo y que no sean demasiado densos ni demasiado largos. Pero no sé cómo me saldrá el intento. Este párrafo iniciará cada una de las “entregas”, para recordar para qué los escribo. No recomiendo empezar la lectura de esta serie por cualquier sitio. Si alguien está interesado en ella, creo que es mejor remontarse al primero, publicado el 20 de Enero del 2008.

Declaración de intenciones

Lo que viene a continuación no pasan de ser unas puntadas para hilvanar el largo tránsito de una cosmovisión unitaria basada en un Dios personal, creador de una realidad que el hombre puede conocer y usar para descubrirle y tender a Él, a otra fragmentaria y sin finalidad que ha dado en llamarse posmodernidad. Resulta imposible, por mi ignorancia y por la brevedad que persigo, hacer justicia a la totalidad del pensamiento de cada filósofo que aparece en este escrito. Veo el pensamiento de cada uno de ellos como una superficie elíptica más o menos excéntrica. No pretendo describir toda la extensión de sus ideas, pero sí marcar el vector que une los dos focos de la elipse de su pensamiento. También pretendo mostrar el encadenamiento del vector de un filósofo con los que le siguen, de forma que el conjunto sea como una senda, como la trayectoria del pensamiento de la civilización occidental durante cuatro siglos, desde Descartes hasta principio del siglo XXI. Naturalmente, tampoco aparecerán descritas todas las ramificaciones que aparecen en la senda principal, sino sólo la arteria dominante. Posteriormente, también de forma lo más simple posible, intento describir lo que puede ser el renacer del ave Fénix de la filosofía de sus propias cenizas. No existe una bisagra clara entre el deslizamiento del pensamiento hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento. El primero no ha acabado todavía y el segundo ha estado latente desde el Descartes. Todavía no se ha producido el relevo, pero el agotamiento vital del primero y la eclosión del segundo a partir, sobre todo, de la 1ª Guerra Mundial me hacen concebir la esperanza de que ese relevo se produzca pronto. El conjunto no pretende ser, sería una vana pretensión por mi parte, dada mi ignorancia, una descripción exhaustiva ni erudita. Pretende, eso sí, como he dicho antes, ser lo más breve y sencilla posible.

El antes

Antes de que este proceso empezase se tenía la firme creencia de que existía una realidad fuera de nosotros y que esa realidad era cognoscible. El hombre, al nacer, no tenía ningún “a priori” en la mente. Era como un papel en blanco. Empezaba, desde el momento de su nacimiento, a conocer la realidad a través de los sentidos, única fuente primaria de conocimiento. “Nada hay en la mente que no haya pasado antes por los sentidos” decía Aristóteles. Ahora bien, esos datos de los sentidos podían ser elaborados por la mente, creando conceptos mediante una operación de la razón llamada abstracción. Estos conceptos podían ser de realidades físicas como, por ejemplo; “caballo” como concepto distinto de ESTE caballo. Pero también podían ser abstractos, como el concepto “justicia” que no es una realidad física.

A partir de los conceptos, la razón podía emitir juicios relacionando dos conceptos. “Hay caballos verdes”, es un juicio. Desde luego estos juicios podían ser verdaderos o falsos en la medida que se adecuaban a la realidad. En la realidad no hay caballos verdes, luego el juicio anterior es falso. El hecho de que mañana pudiese aparecer un caballo verde y hacer verdadero un juicio, no implicaba que la razón no pudiese alcanzar la verdad. Simplemente, la falta de conocimiento suficiente, la ignorancia de la existencia de ese caballo verde, le hacía cometer errores en sus juicios, pero esto era subsanable. De esta manera la razón añadía conocimiento a los datos del conocimiento primario de los sentidos.

A partir de los juicios, podían llevarse a cabo razonamientos. “Todos los hombres mueren, yo soy hombre, luego yo moriré” es un razonamiento. Si los juicios de partida eran verdaderos y las reglas de inferencia seguían unas pautas lógicas, la conclusión era verdadera y, por lo tanto, añadía nuevo conocimiento.

A través de una cadena de razonamientos que partían de los sentidos, la razón podía llevarnos a Dios y a la ética. Estos eran los cimientos de la filosofía griega y, sobre ellos, más los datos de la Revelación, dada por Dios sobre sí mismo y su plan, no accesibles por la observación de la naturaleza, se había construido la teología y la ética cristianas, basadas en el amor de Dios a todos los seres humanos que devenían hermanos por ese amor. Platón, Aristóleles, san Agustín y santo Tomás eran los tres pilares de esta filosofía-teología que aunaba fe, sentimiento, ética y razón.

René Descartes (1596-1650)

Descartes era un hombre con un amplio conocimiento del saber de su época. Pero una serie de crisis personales le llevaron a desconfiar de la certeza que ese saber le pudiera proporcionar. Decidió hacer tabla rasa con todo lo anterior y empezar de cero. No era, ni mucho menos un escéptico. Al contrario era un hombre atormentado por la necesidad de certezas. Quería encontrar un punto de apoyo, una premisa absolutamente indudable para construir sobre ella un edificio intelectual cierto y seguro. Como método decidió no dar nada por sentado como cierto. Desde luego, no los datos de los sentidos a los que no podía atribuir evidencia de verdad. Por lo tanto, tampoco la realidad era un punto de partida que le sirviese. Ni siquiera su propia existencia era un punto de partida fiable. Un día tuvo una inspiración. No podía dudar que dudaba. Si dudaba era que pensaba y si pensaba era señal inequívoca de que existía. Ahí estaba la base indudable, el cimiento de todo. “Pienso luego existo”. Atribuyó la iluminación a la Virgen de Loreto y allí se fue a darle gracias. Desde esta certidumbre estableció las dos siguientes, la existencia de Dios y la existencia de la realidad. Pero, como consecuencia de su método, sólo había una forma de conocer la realidad, que era a través de la razón, ya que los sentidos no eran de fiar. Hasta entonces, un filósofo hubiese dicho, “me veo, me toco, me duele si me doy un golpe, me oigo... luego existo”. Pensar sería para ese filósofo una consecuencia –no necesaria, las piedras y los animales existen y no piensan– de la existencia. Pero al desconfiar Descartes de los datos de los sentidos, no podía decir que la aportación de los sentidos eran base suficiente para decir que existía. El hecho de dudar, sí que lo era. Pero Descartes –y esto es importante– dudaba como método para creer. Sólo la razón, con desprecio de los sentidos, era fuente de conocimiento. Lo que no podía deducirse por el sólo razonamiento, sin el apoyo de los sentidos, o no existía o, si existía, no podíamos saber nada fiable de ello. El rejón de muerte a la realidad ya estaba clavado. Su “muerte” era ya sólo cuestión de tiempo. Acababa de nacer el racionalismo.

Baruch Spinoza (1632-1677)

Spinoza era un judío holandés descendiente de españoles. Deslumbrado por las ideas de Descartes, se adscribió al racionalismo. Pero divergía de Descartes en algunos puntos. El método cartesiano, pretendidamente a prueba de incertidumbres, no podía convencer a todo el mundo, ni siquiera a los que lo aceptaban de corazón. Elaborando a partir de esas divergencias sobre la relación entre el mundo material y el de la razón, Spinoza llegó a conclusiones panteístas. No había distinción entre la realidad del mundo material y la de Dios. Esto, más que divinizar a la naturaleza lo que hacía era materializar a Dios. Dios pasaba de ser un ser trascendente, creador de la realidad material pero distinto de ella, a ser un ser inmanente, puesto que era la misma naturaleza. Por supuesto, estas ideas chocaban frontalmente con el dogma judío, por lo que fue expulsado de la comunidad judía. Vivió miserablemente, fiel a sus creencias.

2 comentarios:

Juan-Luis dijo...

Bravo Tomás!

Me quedé con muchas ganas de poder apuntarme este año al máster de filosofía, así que empiezo con mucho entusiasmo este "pequeño seminario de introducción" a la filosofía de la modernidad...jejejejeje

Ya tienes un alumno. Gracias!

Un abrazo,

siquemyasser dijo...

Tomas eres profesor de Filosofia?, me gusto el post