3 de febrero de 2008

El camino a la posmodernidad y el nuevo renacimiento 2

Tomás Alfaro Drake

Introducción

El 6 de Enero, en una entrada de este blog dedicada a Simone de Beauvoir, me comprometí a hacer un análisis de cómo el pensamiento occidental ha derivado hacia la posmodernidad. Luego, pensé que no me bastaba con ese análisis. Necesitaba ver qué reacción estaba habiendo en este pensamiento contra esa decadencia. No me gusta la palabra reacción ni contra. Lo que se está produciendo no es una reacción contra nada, sino un reavivamiento del pensamiento sano que hizo posible Occidente y de cuyas rentas ha venido viviendo nuestra cultura dilapidando una preciosa herencia. Por eso he llamado a esta “reacción” “nuevo renacimiento”. No sé exactamente a dónde me llevará este intento, pero se dice que el que no se arriesga, no cruza el mar. Así que empiezo hoy una serie de escritos que espero sirvan para algo y que no sean demasiado densos ni demasiado largos. Pero no sé cómo me saldrá el intento. Este párrafo iniciará cada una de las “entregas”, para recordar para qué los escribo. No recomiendo empezar la lectura de esta serie por cualquier sitio. Si alguien está interesado en ella, creo que es mejor remontarse al primero, publicado el 20 de Enero del 2008.

El empirismo inglés.

Inglaterra, siempre menos especulativa y más pegada al terreno que el continente, dio a luz una corriente de pensamiento opuesta al racionalismo pero que, como éste, nace de una actitud de profunda desconfianza sobre la posibilidad de certeza en el conocimiento. Se trata del empirismo. Esta corriente desarrolla dos temas diferentes.

El primero de sus grandes temas (A) tiene que ver con la forma que tiene el ser humano para adquirir conocimiento. El segundo (B) se refiere más bien a las formas de organización política y a la teoría del estado.

El tema A podría estar representado por Francis Bacon (1561-1626), (al que no hay que confundir con Roger Bacon, filósoso franciscano inglés del siglo XIII), John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776). También se suele estudiar, junto a los empiristas a George Berkeley (1685-1753) aunque es más bien un seguidor muy “sui generis” de Descartes

En el tema B encontramos a Thomas Hobbes (1588-1679) y, otra vez, a John Locke (1632-1704)

Esta adscripción de cada filósofo a cada tema es bastante forzada, porque todos ellos tratan, aunque en mayor o menor medida, ambos temas. Aunque parece que, para un estudio del pensamiento abstracto, la corriente B es de menos interés, voy a comentarla, porque sin ella, son incomprensibles los fenómenos del nazismo y el comunismo o la democracia. En los comentarios, voy a seguir el orden arriba expuesto antes que el cronológico.

Tema A: Teoría del conocimiento en el empirismo inglés.

Francis Bacon (1561-1626)

Francis Bacon es anterior a Descartes, aunque en estas líneas se haya tratado de éste con anterioridad. Bacon, como Descartes, asesta un golpe a la teoría del conocimiento de origen aristotélico. Y lo hace antes que Descartes. Pero lo hace, al contrario que éste, rechazando de plano el método deductivo de conocimiento basado en la concatenación de silogismos. Descartes buscaba una base para establecer una premisa mayor de un primer silogismo que sirviese de cimiento al conocimiento. Creyó encontrarlo en el “pienso, luego existo”. Bacon niega de plano que pueda existir una premisa mayor de validez universal, con lo que echa por tierra toda fuente de conocimiento deductiva. Echa mano entonces del método inductivo. De la percepción de la realidad por los sentidos, a través de la observación de distintos fenómenos, la mente puede extraer denominadores comunes que se traduzcan en leyes. Pero niega la posibilidad de conocer algo nuevo que vaya más allá de lo que nos dicen los sentidos, dado que el resultado de la extracción de ese denominador común, ya está implícito en lo observado y no hay manera de ir más allá al no aceptar el razonamiento deductivo. Si bien esto no lleva de lleno al escepticismo[1], sí da un paso importante hacia él. Es importante darse cuenta de la disección que se ha hecho de la teoría del conocimiento aristotélica en dos mitades contrapuestas. Mientras Aristóteles dice que todo conocimiento viene en primera instancia de los sentidos y que luego la razón elabora auténtico nuevo conocimiento, El racionalismo niega a los sentidos ningún aporte de conocimiento, mientras que el empirismo se lo niega al razonamiento. Acaba de entrar la esquizofrenia en la filosofía.

John Locke (1632-1704)

De Locke hablaré más adelante acerca de su teoría política y del estado que es su aportación más importante. En la teoría del conocimiento es un eslabón más hacia el escepticismo, que alcanzará su meta con David Hume.

David Hume (1711-1776)

Para Hume, lo máximo que la mente humana puede conocer es un conjunto de sensaciones que, de una forma más o menos arbitraria, conecta entre sí, dando lugar a un constructo sin existencia real o, en términos más filosóficos, sin esencia. Cuando decimos “manzana”, no sabemos, en realidad a lo que nos estamos refiriendo. Simplemente, nuestra mente ha puesto juntas –ha yuxtapuesto– en un mismo saco un conjunto de sensaciones, color, forma, tacto, sabor, etc., a lo que hemos dado el nombre de manzana. El concepto universal “manzana” la esencia “manzana”, no existe. Es sólo un nombre. Pero está manera de ver la realidad de Hume, no se para en la manzana, sino que la extiende también al “yo”. El “yo” no es sino la yuxtaposición de sensaciones a lo largo del tiempo, sin ninguna realidad esencial que les dé coherencia y consistencia. Acaba de ser pulverizada la esencia “persona”. En realidad, Hume, al llegar a esta conclusión no está sino completando la labor empezada por otro pensador, probablemente el primero en negar la teoría del conocimiento de Aristóteles, William de Ockham (c.1285- c.1350) franciscano del siglo XIV y padre del llamado nominalismo.

George Berkeley (1685-1753)

A caballo en el tiempo entre Locke y Hume, aparece la figura de Berkeley. Obispo de la Iglesia anglicana, llegó a conclusiones extremas, basándose en el racionalismo, a pesar de ser inglés. Si los sentidos no son fiables y sólo la razón crea conocimiento, ¿no podría ser que todo lo que los sentidos presentan como realidad exterior no sea más que una representación mental de cada uno, una creación de cada mente? Berkeley pensó que así era. Esta forma de ver las cosas ha dado en llamarse idealismo psicológico. Si las cosas fuesen así, el tú no existiría. El otro sería tan solo una creación mental del drama creado por mi razón. Las consecuencias de esto son fácilmente imaginables. Si el otro no tiene una existencia real fuera de mí, sino que es tan sólo una creación de mi mente, ¿qué obligación tengo yo para con él? Soy, por así decirlo, su dios. El otro sólo es un pensamiento mío. Puedo suprimirlo cuando y como quiera sin mayores remordimientos. Berkeley no llegó a esta conclusión moral porque, al fin y al cabo, era una buena persona, pero cuando uno abre una puerta, no puede extrañarse de que otros pasen por ella y vayan hasta el final. ¡Y vaya si hay gente que la ha atravesado!

Tema B: Teoría política del empirismo inglés.

Thomas Hobbes (1588-1679)

Hobbes no tenía mucha fe en el hombre, lo que le llevó a formular su conocida frase: “El hombre es un lobo para el hombre”. Si la sociedad quería funcionar había que poner coto a esa ferocidad. Se trataba de establecer un contrato de coexistencia absolutamente inviolable. Pero para que ese contrato fuese absolutamente inviolable debía haber un garante todopoderoso. Ese garante sería, para Hobbes, el estado. Su obra más famosa lleva el nombre de “Leviatán”. Leviatán es un monstruo marino terrible, descrito en el libro de Job.

“¿Puedes pescar a Leviatán con anzuelo o sujetar con un cordel su lengua? ¿Clavarás un junco en sus narices? ¿Taladrarás con un gancho sus fauces? ¿Te hará acaso largas súplicas o te dirá cosas tiernas? ¿Hará contigo el pacto de ser tu siervo para siempre? ¿Jugarás con él como un pájaro o lo atarás como un juguete de tus niñas? ¿Traficarán con él los pescadores? ¿Lo venderán en pública subasta? ¿Acribillarás su piel con dardos? ¿Taladrarás su cabeza con arpón? Atrévete contra él, te acordarás y no volverás a hacerlo.

La sola vista del Leviatán aterra, es de ilusos esperar vencerlo. Nadie hay tan audaz que se atreva a provocarlo. ¿Quién puede resistirlo frente a frente? ¿Quién lo atacó y salió ileso? ¡Ninguno bajo los cielos! Voy a describir también sus miembros, hablaré de su fuerza sin igual. ¿Quién logró desgarrar su dura piel y penetrar por su doble coraza? ¿Quién abrió las puertas de sus fauces rodeadas de dientes terroríficos? Su dorso es una hilera de escudos sólidamente soldados [...] En su cuello reside la fuerza y ante él cunde el terror. [...] Su corazón es duro como la roca, duro como piedra de molino. Cuando se yergue se asustan los valientes, el terror los hace retroceder. [..]. No tiene igual en la tierra, es una criatura sin miedo; hasta a los más arrogantes hace frente. ¡Es el rey de todas las fieras!”
[2]

Tal era el estado Leviatán que garantizaba para Hobbes el contrato entre los hombres. Este moderno Leviatán de Hobbes no respondía más que ante sí mismo. La moral se desplaza, de esta manera, desde un respeto que los hombres se deben unos a otros –aunque frecuentemente no se lo otorguen– por ser hijos de Dios, a un contrato garantizado por un estado todopoderoso y terrible como el Leviatán. Esta norma ética ha dado en llamarse “contractualismo”. Pero, claro, quedaba una cuestión importante sin resolver: ¿Quién o qué podía evitar los atropellos del propio Leviatán?

John Locke (1632-1704)

Cronológicamente, Locke es el eslabón entre Bacon y Hume en lo que se refiere a la teoría del conocimiento. Se encuentra a mitad del camino hacia el escepticismo de Hume. Pero en el terreno de la teoría del estado es el contrapeso de Hobbes. Opuesto a la idea hobbesiana de que el hombre es un lobo para el hombre, Locke concibe en el hombre una tendencia al amor universal. Es un ser con una muy limitada libertad situada en la frontera del determinismo físico, en una, llamémosle así, estrecha zona de indiferencia. De esta limitada libertad nace la obligación del hombre de someterse a una norma moral que es la ley natural. El hombre no nace en la libertad pero sí para la libertad y por eso, su contractualismo de cesión del derecho al estado, es limitado. Debido a que el estado que, al fin y a la postre, siempre estaría controlado por alguien, podría ser usado por ese alguien contra los individuos que lo forman, le parece conveniente que tenga sus poderes restringidos. El poder del soberano provendría del pueblo, y siempre podría volver a él. La separación de los poderes del estado sería la garantía de que esa reversión fuese posible. Así, el Leviatán, en vez de ser una bestia incontrolada, pasaba a estar controlada, al menos en teoría, por la soberanía del pueblo que era, a su vez, tributario de la ley natural. La ley natural es un concepto de la antigua filosofía aristotélica. No descansa en un sentimentalismo bondadoso, sino en la convicción de que el hombre, con su razón puede conocer la realidad y juzgar en ella lo que es bueno o malo, es decir, distinguir entre el bien y el mal y, mediante la fuerza de la virtud –“virtus” en latín quiere decir fuerza–, hacer el bien. Pero para el cuasi escepticismo de Locke la ley natural queda relegada a un vago principio, a un buen deseo. Esta dialéctica entre Hobbes y Locke, entre el contractualismo y la ley natural, llega hasta nuestras días encarnada en dos principios del derecho: El iuspositivismo y el iusnaturalismo. Según el primero, el derecho brota del consenso, no de la verdad dictada por la razón que busca el bien. Si el consenso decide que algo es bueno, lo es. Naturalmente, si se parte de la premisa del escepticismo, de que la realidad no se puede conocer, sólo el iuspositivismo tiene sentido. Locke no había llegado todavía a la estación del escepticismo, de eso se encargaría Hume unos cincuenta años más tarde. Pero eso no es más que una consecuencia de la esquizofrénica separación entre la razón sin los sentidos como única fuente de conocimiento y, viceversa, los sentidos sin la razón. Y, de esta manera, el Leviatán, encadenado y todo, puede hipnotizar al pueblo y hacer derecho lo torcido. Locke es, probablemente, el primer filósofo que habla de la separación de poderes del estado como forma de controlar al Leviatán, aunque el francés Montesquieu se haya llevado la fama. Por otra parte, no es extraño que esta idea de la separación de poderes haya nacido en Inglaterra. Mucho antes de Locke, desde que en el año 1215 el rey inglés Juan I, conocido como Juan sin tierra, firmase, obligado por la baja nobleza inglesa, la Carta Magna, la separación de poderes empezó tímidamente a ser un hecho aceptado, aún de mala gana, por los soberanos ingleses.

Me voy a permitir hacer una mezcla heterodoxa de filosofía y poesía en una especie de “nouvelle cuisine” intelectual. Creo percibir una ley en el devenir del pensamiento de la humanidad que podría enunciarse así: “Cuando un pensador inicia una senda equivocada en cuyo recorrido se para al vislumbrar unas consecuencias que le dan vértigo porque llevan al absurdo, otro vendrá que avance en ese camino equivocado hacia el absurdo. Y cuando el camino se termine de recorrer, alguien habrá que, en vez de decir: ‘¡esto es absurdo, desandemos el camino y veamos dónde nos equivocamos!’, dirá: ‘esto es lo que hay, aceptemos el absurdo’”. Un poeta, Antonio Machado describió magníficamente, con acerado sentido crítico, en cuatro versos, este principio:

El hombre es por naturaleza la bestia paradójica,
un animal absurdo que necesita lógica.
Creó de la nada un mundo y, su obra terminada,
“ya estoy en el secreto –se dijo– todo es nada”
.[3].

Creo que estos versos merecen que al principio que acabo de enunciar le llame principio de Machado en mi terminología de “nouvelle cuisine”. Así me referiré a este principio en los siguientes capítulos de esta serie.
[1] En un sentido filosófico, el escepticismo no es, como en el lenguaje corriente, un cierto sentido crítico o de duda hacia creencias firmes, sino el convencimiento de la incapacidad de la mente para conocer la realidad.
[2] Job, 40, 20-41, 25
[3] Antonio Machado; Proverbios y cantares XVI.

1 comentario:

Juan-Luis dijo...

Debería llamarse, si acaso, Principio de Machado-Alfaro o Alfaro-Machado, jejejeje...

Estoy de acuerdo con tu principio, lo has descrito de una forma muy gráfica. En la misma línea está una frase que pones en el párrafo de Berkeley: "cuando uno abre una puerta, no puede extrañarse de que otro venga y la cruce", por muy buenas intenciones que tenga. Siempre he pensado eso mismo de Descartes: el pobre, tan creyente él, quería afirmar la existencia de Dios y lo hizo como segundo o tercer principio, no me acuerdo. Pero su análisis del Dios "que no deja que nos engañen" es tan endeble que nadie se lo tomó en serio, se quedaron con el "Cogito ergo sum" y, de ese modo, puso los cimientos a la ruptura con la realidad, al idealismo filosófico.

Por otro lado, lo de la esquizofrenia filosófica también me parece un hallazgo muy descriptivo y, en esa misma línea, aún podrías enunciar otro principio. Siempre me ha parecido que los errores filosóficos no son sino la exaltación de una parte de una verdad, perdiendo una visión global. Y cuando uno descubre algo equivocado en ese camino, en lugar de volver a la visión global toma otra parcela de la realidad y la magnifica...
Creo que fue a Chesterton a quien leí un análisis sobre algo similar: venía a decir que si los grandes pensadores hubieran leído más los clásicos, se habrían dado cuenta de qeu su "gran idea" no era más que una "pequeña idea" que ya había sido considerada y enmarcada en un contexto adecuado por los autores clásicos. Buscaré la cita exacta y te la pondré.

un saludo,