14 de febrero de 2008

Ideas de Polibio

Leo en un libro del insigne historiador D. Luis Suarez[1] algo que me llama la atención acerca del también insigne historiador, del siglo II a. de C., Polibio. Polibio, como buen griego, creía en una historia cíclica en la que los acontecimientos y los regímenes políticos se sucedían y repetían como las órbitas de los planetas.

Según cuenta, toda organización política empieza con la monarquía. No debemos confundir el concepto griego de monarquía con el actual. La monarquía no implicaba para los griegos la existencia de un rey. El monarca no tenía por qué ser coronado ni su gobierno solía ser hereditario. Tampoco admite comparación con nuestras actuales monarquías parlamentarias. Era, como su etimología indica, el gobierno omnímodo de una sola persona. En principio, la monarquía era una petición del pueblo ante el caos del estado de anarquía previo al comienzo del ciclo. El buen monarca se atenía a una ley natural[2] que le hacía gobernar benéficamente a favor de sus súbditos.

Sin embargo, lo mismo que ocurre con el ciclo de las estaciones, el gobierno de ese uno, benéfico al principio, no podía evitar, con el paso del tiempo y la sucesión de monarcas, convertirse en tiranía por la corrupción del gobernante único. De esta forma, la monarquía degeneraba en tiranía. El tirano, dejándose llevar por sus deseos y haciendo caso omiso a la ley natural, sometía a los gobernados a su voluntad y caprichos cada vez más extravagantes.

Pero inevitablemente, los gobernados se las apañaban para derrocar al tirano y, escarmentados del gobierno de uno sólo, instauraban el gobierno de un pequeño grupo de personas. Estos eran, generalmente, los que habían derrocado al tirano y solían ser los mejores ciudadanos. El gobierno de este pequeño grupo de ciudadanos ejemplares constituía la aristocracia o, etimológicamente, el gobierno de los mejores. Mientras este gobierno duraba, la aristocracia respetaba las normas de la ley natural.

Pero también la aristocracia degeneraba en el simple gobierno de unos pocos, no necesariamente los mejores y sí, eventualmente, en una clase privilegiada que en vez de servir al pueblo gobernado según la ley natural, se beneficiaba a sí misma a costa del resto de los ciudadanos, resultando la situación aún peor que la tiranía. Era la oligarquía.

Por supuesto, este estado de cosas no podía perdurar y daba paso al derrocamiento de la oligarquía. Escarmentados de la traición del gobernante único o de una minoría, el pueblo decidía gobernarse él mismo, e instauraba la democracia. La democracia podía regirse por los deseos de la mayoría, pero también estaba frenada en su gobierno por la ley natural. Esto sí parecía infalible. ¿Cómo iba a traicionarse el pueblo a sí mismo?

Pues lo aparentemente imposible se hacía, inexorablemente, realidad. Los demagogos, los que engañaban al pueblo con señuelos populistas y con promesas incumplibles, se hacían indefectiblemente con el poder. Normalmente, estos manipuladores, explotadores de la ignorancia del pueblo, pretendían perpetuar esta ignorancia a través de un adoctrinamiento que extirpase la capacidad crítica de los gobernados y sometiéndolos a consignas tan intocables como contrarias a la razón. Se llegaba de esta manera a la oclocracia. Confieso que esta palabra, que desconocía completamente, fue la que me llamó la atención y la que me hace escribir estas líneas. La oclocracia es, ni más ni menos, que el gobierno de los peores en su propio beneficio y mediante la manipulación del resto.

Pero tarde o temprano el pueblo, airado, acababa por derrocar a los oclócratas –toma palabro que no he visto escrito pero que he deducido, que cada uno ponga nombres propios a estos personajes–, cerrando el ciclo de la órbita política que desemboca otra vez en la anarquía para que todo volviese a empezar.

Ni que decir tiene que no suscribo la visión cíclica de la historia de los griegos en general ni de Polibio en particular. La revelación bíblica nos ha enseñado que la historia, aunque tenga círculos y retrocesos, es, a vuelo de pájaro, lineal y que avanza hacia un final escatológico, su omega, que es el Reino de los Cielos. “Yo soy el que determina desde sus orígenes el curso de la historia: Yo soy el Señor desde el principio y lo seré hasta el final”, le inspira Dios a Isaías (41, 4). A este final, inalcanzable en este mundo, debe tender el hombre en uso de la libertad que Dios le ha concedido, si bien, a menudo retrocede por culpa del pecado, que nubla su razón y tuerce y debilita su voluntad para buscar el bien. En el tiempo, la ciudad terrena lucha contra la celeste y nosotros somos los actores libres de esa lucha.

Pero dicho esto, el concepto histórico de Polibio no deja de tener, en ese juego de avances y retrocesos de una historia lineal con una finalidad, su moraleja. ¿No estamos en este momento en el mundo en una fase de escalofriante descenso hacia la oclocracia? ¿No es oclocracia el populismo que devora tantos países en hispanoamérica? ¿No es oclocracia lo que sufren los países gobernados por regímenes teocráticos carentes de todo Logos? ¿No es un síntoma de la oclocracia el adoctrinamiento –léase educación para la ciudadanía– y la censura cultural a que quiere someternos a la fuerza el pensamiento débil y único de la posmodernidad? ¿No lo es la estúpida obsesión nacionalista con la que mediocres arribistas quieren echar por tierra logros de siglos de fructífera unión?
Y si estamos en una fase de declive mundial hacia la oclocracia, ¿qué debemos hacer con nuestra libertad para evitar que el ciclo de Polibio nos lleve otra vez a la anarquía y la democracia se mantenga sana? ¿Tal vez recuperar los valores naturales? ¿Tal vez sacar del baúl de los recuerdos el derecho natural que nos dice que no es lícito legislar, ni siquiera democráticamente, contra la naturaleza humana? ¿Tal vez formarnos debidamente y formar a nuestros hijos para tener criterios sólidos que nos –les– permitan razonar con rectitud e impidan que seamos –sean– manipulados? No estoy haciendo ninguna apología antidemocrática, soy un demócrata convencido, pero sí creo firmemente que ninguna democracia –ni ningún sistema de gobierno– puede legislar contra la ley natural sin destruirse a sí misma a medio plazo.
[1] Grandes interpretaciones de la historia. Prof. Luis Suárez Fernández, EUNSA, 1985, pag. 35.
[2] La ley natural no es una ley que llevemos impresa en nuestros corazones como una vaga idea abstracta del bien y el mal. La ley natural es aquella a la que nos lleva el uso correcto de la razón, que sí es algo que tenemos en nuestra mente y que, debidamente usada, nos lleva a la verdad y, a través de ella, al bien y a la justicia con independencia de modas, manipulaciones, intereses y demagogias, aunque sean mayoritarias.

2 comentarios:

Juan-Luis dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan-Luis dijo...

Tomás, si hace unos días nos descubrías el Principio de Machado-Alfaro (que, en su versión breve podría ser algo así como: "cuando uno abre una puerta, aunque crea que es una locura, no puede extrañarse de que otro venga y la cruce"), ahora nos descubres el Ciclo de Polibio (anarquía-monarquía-tiranía-aristocracia-
-oligarquía-democracia-oclocracia-anarquía)

¿habrá alguna otra salida? ¿Podremos recuperar la democracia destituyendo a los oclócratas?