6 de julio de 2021

El Evangelio escondido de Matajj 1 y 2: A modo de justificación y un hallazgo extraordinario

 A modo de justificación

Empecé a escribir este libro por casualidad. Siempre me ha impresionado la escena de la llamada de Jesús a Leví, el publicano, que después llegaría a ser san Mateo –Matajj–, uno de los evangelistas. La he visualizado muchas veces con la imaginación, intentando ponerla en su contexto. Los Evangelios son tan escuetos que me gusta intentar “verlos” como si fuese director de cine y fuese a hacer una película sobre ellos. Si fuese así, tendría que rellenar todo lo que les “falta”. La idea me vino hace muchos años, viendo la película “Jesús de Nazareth” de Franco Zeffirelli, en particular, con la escena de Simón Pedro negándose a entrar en casa de Leví, una vez convertido éste, y Jesús empezando a contar la parábola del hijo pródigo: “Un hombre tenía dos hijos…” Quien llegue al capítulo II de este libro, encontrará en él claras reminiscencias de esa escena que un día me animé a poner por escrito.

Cuando se la leí a Blanca, mi mujer, me sugirió que siguiese escribiendo sobre la llamada a otros discípulos. Así, me planteé la posibilidad de escribir una parte de la vida de Jesús. Pero inmediatamente me asaltó la pregunta: ¿Tiene algún sentido hoy, en el siglo XXI, después de que se hayan escrito tantas vidas de todo tipo de Jesús, escritas por impresionantes escritores o eruditos, de que se hayan hecho tantas películas sobre él desde las más variadas perspectivas, dirigidas por eminentes directores, Zeffirelli entre ellos, escribir algún tipo de novela biográfica sobre Él? Mi primera respuesta fue que no. Pero después pensé que tal vez sí.

Soy cristiano. Y lo soy, no porque mi razón me muestre, que me lo muestra, que Cristo existió, ni porque me diga, que me lo dice, que los Evangelios fueron escritos poco después de su muerte y que reflejan lo que los ojos de sus discípulos vieron y sus oídos oyeron, ni siquiera porque me convenza, que me convence, de que, siendo Jesús un hombre cuerdo y santo, se presentó a sí mismo como hijo de Dios[1]. No soy cristiano por ninguna de esas razones. Soy cristiano porque me he encontrado con Jesús, vivo y resucitado. Por supuesto, no he tenido ninguna aparición extraordinaria. Le he encontrado y gozo de su amistad porque se ha ido metiendo poco a poco en mi vida a través de la lectura reiterada de las Escrituras en general y de los Evangelios en particular, y de imaginar escenas sobre ellos. Tal vez esa imaginación se haya transformado en meditación. Pero no soy, ni de lejos, un erudito en las escrituras. Por eso, en esta imaginación/meditación seguro que habrá inexactitudes. Me digo que si, poniendo por escrito algunos de esos puntos de encuentro con Él, a través del encuentro con cientos de personajes de los Evangelios, logro que una sola persona más, aunque sea sólo una, también se encuentre con Él, habrá merecido la pena y tendrá sentido. Aunque muchos escritores hayan escrito más y mejor que yo de Él. Aunque los mejores directores de cine nos lo hayan presentado magistralmente en la pantalla. Aunque los eruditos encuentren muchas inexactitudes. Esta narración es, un poco, la narración de mi encuentro personal con Él. Es, por lo tanto, distinta a cualquier otra narración. Ni mejor ni peor. No es sólo una narración, es un testimonio, un anuncio, un kerigma. Anuncio lo que he visto, aunque no lo haya visto con los ojos de la carne. Como dijo Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. O como afirmó el Pequeño Príncipe, “no se ve bien más con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos”. Este libro está escrito por y desde el corazón. Por eso me merece la pena escribirlo. Por eso tiene sentido. Por eso me he embarcado en algo inmensamente más grande que yo. Llegaré hasta donde llegue mi amigo Mattaj. Y llegaré, como él, ayudado por la gracia de Dios.

 

UN HALLAZGO INESPERADO

Campus de Saint Paul, Universidad Twin Cities, Minnesota, 21 de Abril de 2019.

Me llamo Amgaso Tamás. Soy un paleoantropólogo de nacionalidad estadounidense aunque nacido en Hungría. En 1992 participé, con treinta y cinco años, en una expedición de la universidad de California en Berkeley dirigida por Tim White. Fuimos a excavar a la depresión de Afar, en Etiopía, junto al río Awash, en busca de fósiles de homínidos. En esta expedición hicimos un hallazgo espectacular. Encontramos un maxilar que podía ser de una nueva especie de homínido bípedo, con 4,4 millones de años de antigüedad. Estábamos muy excitados porque si realmente fuese una nueva especie, sería un millón de años más antiguo que Lucy. Lucy era el nombre dado al esqueleto de una hembra de Australopitecus Afarensis encontrado en 1974, también en Etiopía. Había vivido hace unos 3,3 millones de años. Como científicos, no nos bastaba un maxilar para poder justificar que hubiésemos descubierto una nueva especie. Por eso, desde entonces, no ha dejado de haber expediciones al río Awash en búsqueda de más fósiles de esta hipotética especie de prehumanos. Yo he estado en todas ellas, por lo que soy el occidental que mejor conoce esos parajes. Sólo los que viven allí los conocen mejor que yo. Pequeñas poblaciones nómadas que llevan sus rebaños de una a otra de las zonas verdes que salpican aquí y allá, como islas fértiles, la cuenca del Awash, en medio de la árida y desértica depresión de Afar. Sin embargo, nunca he llegado a dirigir ninguna de esas expediciones, porque mis habilidades para politiquear en los ambientes universitarios y para encontrar fondos son prácticamente nulas. Nuestros esfuerzos en las sucesivas expediciones se vieron coronados por una cadena de éxitos que nos permitieron asegurar que, efectivamente, habíamos descubierto la especie de homínidos erguidos más antigua del mundo. Dimos a esta especie el nombre de Ardipitecus Ramidus, que significa “monos del suelo; las raíces”. En el último hallazgo, en 2009, encontramos 235 restos de, al menos, 36 individuos y el esqueleto casi completo de una hembra a la que llamamos Ardi.

Pero desde 2009, no habíamos vuelto a encontrar nada. Quizá porque estábamos volcados en la tediosa y necesaria labor de excavar milímetro a milímetro cúbico en busca de nuevos pequeños restos, clasificar los encontrados, armar el puzle de los que teníamos, atribuyéndolos a cada individuo, y otras muchas y necesarias cosas más. Pero a mí esto me aburría. En estos veintisiete años, la búsqueda de nuevos fósiles prehumanos se había convertido para mí en una obsesión. Por eso, a menudo dejaba el campamento principal y exploraba en solitario en busca de nuevos posibles yacimientos. Sabía lo que buscaba: ligeras depresiones en el terreno, cercanas a algún talud del río, que pudiesen indicar que debajo había una cueva que se hubiese hundido. La erosión y deposición de estratos hacía que estas depresiones fuesen tan ligeras que eran, a menudo, indetectables. Pero mi agudo instinto y mi experiencia me ayudaban. Recorrí ambas riberas del Awash muchos kilómetros aguas arriba y abajo del yacimiento principal. Nada. Pero un día que me alejé más de la cuenta –el 21 de Abril del 2010, lo recuerdo–, percibí una depresión, bastante notable, que despertó mi interés. Volví al campamento y convencí al director de la expedición de que me dejase varios excavadores para ir allí. Me los dejó de mala gana.

Pasamos varias semanas excavando y nuestro esfuerzo pareció verse coronado por el éxito. Encontramos un esqueleto casi completo. Pero enseguida me di cuenta que mi ilusión era vana. En cuanto miré los huesos con un cierto detenimiento, supe que eran de un humano moderno, un Homo Sapiens Sapiens como yo. El esqueleto estaba tumbado de lado, en postura fetal (los ardipitecus no hacían enterramientos rituales), rodeando con su cuerpo una especie de bulto apergaminado. Estaba dentro de un nicho a su medida que se notaba había sido excavado en el terreno.

A pesar de mi decepción, decidí investigar qué podía ser el hallazgo que acababa de hacer. A duras penas conseguí el permiso del director de la expedición para hacerme cargo de los restos encontrados. Protegiendo adecuadamente el conjunto, lo llevé a Addis Abeba. Las autoridades etíopes no me autorizaron a disponer de los restos hasta que fue evidente que el enterramiento era lo suficientemente antiguo para que no constituyese un hecho investigable policialmente y lo suficientemente moderno como para no representar unos restos paleoantropológicos. Aún así, después de confirmarse que los restos no tenían interés ni policial ni antropológico, no me dejaron sacarlos de Etiopía, por lo que tuve que organizar allí todas las investigaciones, por mi cuenta y con los escasísimos medios de los que podía disponer. De pronto descubrí que había dentro de mí alguien que sabía apañárselas para conseguir dinero aquí y allá. Al poco tiempo averigüe que el esqueleto era el de una mujer etíope, muerta hace unos dos mil años. Al principio no presté demasiada atención al bulto que abrazaba con su cuerpo. Pero, poco a poco, éste fue despertando mi interés. Era un cilindro con forma de tambor, de unos 80 cm. de diámetro y unos 30 de altura. Estaba envuelto por varias capas de lienzo de lino impregnado de miel, jalea real, aloe, mirra y otras sustancias que no se han podido identificar. Debajo de esta envoltura había otra que era, indiscutiblemente, de piel humana. En el análisis del ADN, se vio que era la piel de un varón. Esta última envoltura de piel humana contenía catorce rollos de pergamino de unos 25 cm de anchura. Los rollos estaban puestos unos junto a otros, en una formación circular que era la que daba su forma de tambor al bulto completo. El estado de conservación de los pergaminos era casi perfecto, con algunos agujeros de pequeño tamaño o bordes desaparecidos aquí y allá. Estas pérdidas no afectaban en nada ni remotamente sustancial al sentido del texto. Estaban escritos en ge’ez, lengua semítica arcaica de la que se deriva el tigriña actual. El ge’ez era el idioma que se hablaba en Aksum, la capital del imperio etíope de hace 2000 años. La datación por carbono 14, tanto de los compuestos que embalsamaban los lienzos, como de los propios lienzos, la piel humana y los pergaminos coincidía con la del esqueleto de la mujer en unos 2000 años de antigüedad.

Mi primera decepción, cuando descubrí los restos, fue dejando paso a un interés creciente. Ese interés pronto se transformó en obsesión que sustituyó a la de mi búsqueda de restos de ardipitecus. Por supuesto, busqué quién pudiese traducir los textos de los pergaminos. No fue fácil, pero encontré a un profesor de lenguas muertas de una universidad de África, que se prestó a traducírmelos. Cuando fue descubriendo el contenido del texto, decidió, por motivos religiosos, permanecer en el anonimato. Vaya aquí mi inmenso agradecimiento por su labor. El relato con que me encontré era lo último que pensaba encontrar. Lo leí a trozos, a medida que iba teniendo la traducción, pues no tenía paciencia para esperar a que el traductor terminase para leerlo yo. Leía ansiosamente cada entrega traducida. Después lo releí entero de un tirón muchas veces. Supongo que, tras su lectura, cada uno experimentará sensaciones muy diferentes. Yo todavía estoy perplejo por lo que he leído y por la cadena de casualidades que se han tenido que dar para que este texto viese la luz y para que haya sido precisamente yo quien lo encontrase.

Un día, sin mediar ninguna razón, sin poder hacer nada por evitarlo, vino la policía etíope a mi estudio y destruyó todo. El esqueleto de Efigenia –así se identificaba en el texto a la mujer enterrada–, los pergaminos, todo. Afortunadamente ya tenía el texto con la traducción de los mismos en varias copias de seguridad distribuidas en varios ordenadores y en la nube.

Toda esta investigación la he llevado a título privado, sin el apoyo institucional de ninguna universidad ni de ningún otro organismo del tipo que sea. Esto, unido a que mi especialidad nada tiene que ver con el hallazgo realizado y, sobre todo, al hecho de que no dispongo de ninguna prueba física de la veracidad de lo que digo, ha hecho que ninguna revista científica haya querido publicarlo. Por eso lo hago a través de un libro publicado por una editorial comercial. Que cada uno juzgue sobre su veracidad y se deje inundar por las impresiones que le produzca.


[1] En mi libro “¿Existió realmente Jesucristo?” doy cumplidos argumentos de por qué me parece de razón creer estas cosas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario