3 de julio de 2021

La oración de todas las cosas 29. Sobre una piedra firme

 

XXIX. SUPER FIRMAM PETRAM

Sobre una piedra firme

 

Pierre Charles S.J.

 

Donde nuestra sabiduría miope corre el riesgo de no ver otra cosa que un juego de palabras y casi un retruécano, Tú has dispuesto, Señor, un tesoro de verdades inesperadas y siempre oportunas. Un día, cuando san Pedro acababa de llamarte por tu verdadero nombre, Hijo de Dios vivo, le replicaste que, porque él era Pedro, desempeñaría el papel de una piedra. Ni le cambiaste siquiera el nombre. Bien sabemos que el Cephas arameo significaba una piedra. Sobre esta piedra decidiste edificar tu Iglesia, y la controversia ha intentado construir, también ella, muchos andamiajes. Déjame, Señor, contemplar buenamente la piedra, en su simplicidad natural. Debe tener, sin duda, algunas lecciones para mis negligencias.

 

A pesar de lo que se diga, no siempre es difícil obedecer. Hasta es a veces demasiado fácil para no ser algo sospechoso. Puede buscarse en la obediencia una especie de descanso: la comodidad muy sospechosa de una abdicación. ¡Danos órdenes que ejecutar tan sólo, sin necesidad de razonarlas! Permítenos, en nombre de la disciplina, suprimir en nosotros todo este parlamento inquieto y confuso que es la facultad crítica. Nos estorba. Descárganos el deber de pensar y déjanos gozar de la beatitud de todos los automatismos. Hasta en nuestras virtudes más altas se infiltra la pereza, y son tal vez unas formas de desidia lo que tomamos por desprendimiento. Alguna vez nuestra obediencia se parece extrañamente al cansancio. Queremos hacer llevar a los que nos mandan todo el bagaje de nuestras perplejidades y la pesadez de nuestros insomnios. La obediencia, pensamos, nos libra de responsabilidades. Alguien, un superior, se encargará de ver claro por nosotros, de resolver nuestros problemas y de fijar las orientaciones en todas las encrucijadas. Corremos a menudo el riesgo de buscar en la obediencia más una tranquilidad que un servicio. He encontrado Señor, ese género de derrotismo en muchas aquiescencias, como el sí de contienda cansada que damos, por fin, después de discusiones interminables. Decimos que sí, no porque estemos convencidos, sino para acabar. Hasta en los restaurantes he llegado a ahorrarme el trabajo de escoger entre todos los platos de la carta y a entregarme ciegamente al precio fijo; sin haber mirado siquiera el menú, execrable tal vez. Los pueblos cansados se echan también en las manos brutales de un dictador, renunciando a preocuparse por más tiempo de su destino. Entre dos males, pensamos alguna vez, hay que escoger el menor; y la obediencia, librándonos de muchos cuidados, bien vale el sacrificio de nuestras iniciativas.

 

Y, con todo, Señor, ninguna virtud puede ser un mal menor. Es siempre un bien absoluto. Debe ser el término de un amor, no el objeto de un cálculo. Quisiera entenderlo plenamente. Esta piedra de la que Tú hablaste en un lenguaje tan solemne será capaz de enseñármelo.

 

Es raro que hayas tomado una piedra como símbolo de la autoridad. Yo hubiera pensado más bien que era la imagen de la obediencia. ¡La piedra de fundación! Toda la construcción se edifica encima. Sólo tiene que hacer una cosa: quedarse en su sitio, recibir el impulso, absorberlo sin moverse y mantener el equilibrio. Me parece bien justo lo que se me pide que haga cuando se me dan órdenes. También esta piedra ha recibido una consigna. No puede cambiar de sitio a su gusto. Es un ministerio, mucho más que un magisterio, lo que ejerce. No está su gloria en quedar bien a la vista, sino más bien dentro de tierra; y para hacerla útil se la ha apartado, lejos de los ojos, como en una sepultura. Está allí en una situación inferior. ¿De esta forma debo yo considerar a todos aquellos que se llaman mis superiores? Ayúdame, Señor, a desembrollar toda esta madeja contradictoria. Sé, adivino, lo que vas a decirme. O, mejor, Tú no dirás absolutamente nada. Tu ejemplo vale por todos los discursos. Yo veo en Ti que toda autoridad sobre la tierra es una carga y que toda obediencia es una colaboración. Veo que todos, sea el que sea nuestro papel, tenemos que servir, cada uno en su sitio y de todo corazón. Si la última palabra de la naturaleza es una armonía, es preciso que la primera palabra de la gracia sea un acorde. Y siendo mi obediencia una lealtad, no puede consistir solamente en una sumisión. Debe ser una cooperación. Por mi parte, debo sostener toda la obra común. La piedra angular, la roca de fundación, no puede impedir el hundimiento de los materiales que se separan. Les toca a ellos mantenerse bien unidos. Conviene que todos se interesen por el bien común: todo equilibrio es una forma de consentimiento. Los abandonos y las deserciones hacen las ruinas porque son maneras cobardes de aislamiento.

 

Yo no quiero que mi obediencia sea una deserción. Ni siquiera deseo que me quite un cuidado. Debe ser una concentración de todo mi querer. Ninguna disciplina verdadera puede mutilarme. Tú no tienes necesidad de sumisiones inertes. La verdadera obediencia es ardiente y apasionada. No consiste desde luego, en amar la persona de mis jefes, sino lo que representan como tales; su oficio, que, en el fondo, es también el mío, el de todas las piedras de la construcción, el sostén y el progreso en el esplendor de la justicia y del amor: lo que Tú llamaste tu Reino.

 

La esclavitud no es la obediencia. Es sólo su caricatura indigente, a la medida de los hombres que la inventaron. Y las dictaduras son en todas partes profanaciones, porque empiezan por violar el santuario de nuestro libre querer.

 

La piedra sólida, echada en los fundamentos, no acabará nunca de contarme su inagotable misterio. Impusiste una carga bien pesada a Cephas, al anunciarle que edificarías sobre él tu Iglesia. Siempre muy pueriles, sólo pensamos en el honor al tratar de todas estas cosas y felicitamos a Pedro por su promoción. Adondequiera llevamos el cuidado de saber quién de nosotros es el mayor –quis eorum... major. Y, con todo, Tú has cortado de raíz esta vieja idea pagana. Podemos dejarla para Plutarco o Cicerón. Tú dijiste que entre nosotros el mayor debe ser como el más pequeño y el que manda como el que obedece. Ya que la autoridad es esencialmente una manera de servir, toda autoridad digna de este nombre será modesta y toda obediencia estará penetrada de gratitud. Si las piedras de la construcción pudieran hablar, sólo oiríamos de arriba abajo y de abajo a arriba de la edificación un mutuo “gracias”; este gracias que Tú mismo dirigías a tus discípulos la víspera de tu Pasión –vos estis qui permansistis mecum. Sin Ti no eran ellos nada; pero sin ellos Tú quedabas solo. Su obediencia, al atarles a tus pasos y a tu luz, te ha permitido ser su Salvador.

 

Añadido mío:

 

Hace ya tiempo leí, en el libro de Luis Suárez (el historiador, no el delantero del Aleti, por si alguno anda despistado), “La Europa de las cinco naciones” (Que tampoco tiene que ver con el conocido torneo de rugby) la diferencia entre fidelidad y lealtad, referida al gobernante, que en el lenguaje clásico se le llama el príncipe. Decía: La lealtad es superior a la fidelidad, porque ésta lleva a servir al príncipe sin preguntarse por la justicia de su causa, en tanto que la lealtad busca evitar que el príncipe sirva a causas injustas. Verdaderamente, cuan superior es la lealtad a la fidelidad, pero cuan inmensamente más difícil es y, sobre todo, cuanto más peligrosa. La fidelidad puede llevar a la banalidad del mal que da título a un magnífico libro de Hanna Arendt. La lealtad puede llevar al martirio, como le ocurrió a Tomás Moro. Un estúpido puede ser fiel, pero para ser leal, hay que ejercitarse en la vitud de la prudencia, que es la virtud de la razón, no del miedo y del apocamiento. Hay una oración que dice: Señor, dame la paciencia para soportar lo que no pueda ser cambiado y la fuerza para cambiar lo que deba serlo. Pero, sobre todo, dame la prudencia para distinguir lo uno de lo otro. Yo la parafrasearía diciendo: Señor dame humildad para obedecer aquello que sea bueno y dame valentía para oponerme a lo que sea malo. Pero, sobre todo, dame prudencia para distinguir lo uno de lo otro.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario