El
Papa Francisco ha convocado los días 19-21 de Noviembre un evento on line con
el título de “La economía de Francisco”. Se trata, según dice el Papa en la
convocatoria de “un evento que me
permita encontrar a quienes hoy se están formando y están empezando a estudiar
y practicar una economía diferente que haga vivir a la gente y no mate, que
incluya y no excluya, que humanice y no deshumanice, que cuide la creación y no
la deprede” (carta de convocatoria del encuentro “Economía de Francisco”,
publicada el 1 de Mayo de 2019. Ver link).
http://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190501_giovani-imprenditori.html
Ya
sólo estas líneas hacen que la indignación se apodere de mí, porque en esa
frase se resumen todos los falsos lugares comunes que este Papa usa en todos
sus documentos cada vez que habla, sin nombrarlo, del capitalismo. No me cabe
la menor duda de que estas frases son oídas con gusto y cosechan el aplauso de
todos los Maduros, Iglesias, Castros, Kirchners o Morales que en el mundo son y
han sido. Pero lo peor no es esa fraseología vacua y falsa. Lo peor, que dejaré
para el final, es lo de “que me permita encontrar a quienes hoy se están formando y están empezando a estudiar y
practicar una economía diferente”. Es decir, se entiende que los
jóvenes. Dejaré esto para el final y empezaré por analizar sentencia por
sentencia, los juicios de Francisco sobre el sistema actual, es decir, la
economía de libre mercado y el capitalismo.
Pero
antes de empezar con ello haré un disclaimer que siempre hago cuando hablo del
Papa Francisco cunado comento lo que dice sobre economía. Disclaimer que ya
hasta me cansa hacer, pero que no dejaré nunca de hacer. Soy un católico
practicante que procura vivir su cristianismo con toda la honestidad y
profundidad de que es capaz, que ama a la Iglesia, a pesar de las deformaciones
que los seres humanos que la forman –yo el primero– perpetramos contra ella.
Por supuesto, reconozco que el Romano Pontífice, sea el que sea, es el vicario
de Cristo en la tierra y que cuando habla de dogma y de moral, es decir, cuando
ejerce el magisterio que le fue encomendado a Pedro, aunque no lo haga ex-cátedra,
merece el máximo respeto. Y digo sea quien sea el Papa y cuando habla de dogma
y moral. Ha habido en la Iglesia muchos papas con una conducta personal que
podría llamarse infame sin temor a exagerar. Pero, a diferencia de lo que
hicieron Lutero o Mahoma, jamás estos papas –ni siquiera el peor de ellos,
“privilegio” que sería difícil de asignar”– pretendió decir que el dogma y la
moral cristianas justificasen su infame proceder. Ni uno. Pero, al mismo
tiempo, sus opiniones, manifestaciones y actitudes en casi todo lo demás
merecían ser rechazadas. Pongo, sin lugar a dudas, al Papa Francisco entre los
muy buenos Papas que han estado al frente de la Iglesia católica. Pero no
apruebo lo que dice cuando habla de economía. Lo que no hace que no le quiera
con toda mi alma como a un buen vicario de Cristo en la tierra.
Hecho
el disclaimer que, como digo, cada vez me cansa más, paso al tema de “La
economía de Francisco”, Vayamos sentencia por sentencia:
“Un
sistema económico mundial que haga vivir a la gente y no mate”.
Basta con mirar la evolución en los últimos doscientos años –los que puede
tener este sistema de capitalismo industrial– de los datos históricos que
tengan relación con la vida y la muerte: Esperanza de vida, mortandad infantil,
prevalencia de enfermedades, etc., etc., etc. Su mejora en estos últimos 200
años es asombrosa. El espectacular avance de la medicina, de la farmacología y
de la cirugía en estos doscientos años no parece dar pie a la afirmación de que
este sistema mate. Pero no es sólo la muerte por enfermedades la que ha
retrocedido. La pobreza –que a la postre es un terrible agente de muerte– ha
retrocedido también de forma espectacular. De los 7.000 millones de habitantes
del mundo, no creo que haya ni uno sólo que viva peor de lo que vivía cualquier
antepasado suyo que se desenvolviese en el mismo hábitat hace 200 años. La
pobreza extrema se ha situado, por primera vez en la historia de la humanidad
por debajo del 10% de la población. Y lo que hoy es considerado pobreza extrema
serían, probablemente, condiciones impensables para los antepasados de seis
generaciones antes de los que ahora la sufren. Y lo mismo podría decirse de la
salubridad y de otras variables relacionadas directa o indirectamente con la
vida y la muerte. Y este sistema económico, que, según el Papa Francisco mata,
ha hecho posible que la aportación a las entidades sin ánimos de lucro
–fundaciones, ONG’s, etc.– a la beneficencia en los más variados aspectos,
alcance niveles inauditos.
Es
cierto que hay mucho, muchísimo camino por recorrer en muchos sentidos. El 10%
de pobreza extrema es demasiada pobreza, está claro. Todavía hay un gap entre
la mortandad infantil en Europa o en el África subsahariana. Cuando la pobreza
extrema desaparezca, no será suficiente, habrá que erradicar la pobreza menos
extrema. No sé dónde pueda ponerse el límite que separe la pobreza objetiva de
la riqueza, pero no se podrá estar satisfecho hasta que se pueda decir que no
hay pobres en el mundo. Sin embargo no me cabe duda de que sólo este sistema
podrá hacer que ese día llegue. Y si se retrasa demasiado –ese retraso siempre
es demasiado– es porque los países pobres están dominados por tiranos que
impiden, precisamente, que el sistema que, según Francisco, mata, lleve a cabo
su labor de creación de riqueza, de disminución de la pobreza, de aumento del
sistema sanitario y de otras muchas cosas benéficas que trae este sistema y que
seguirá trayendo. Lo que no admitiré jamás es lo de la pobreza relativa. Es
decir, que se defina como pobre a todo aquél cuya renta sea inferior a un
determinado porcentaje de la renta promedio. Porque esa definición de la
pobreza hace imposible, por definición, su erradicación. Para el capitalismo y
para cualquier otro sistema. Tal vez, cuando el Papa dice que el sistema mata,
se esté refiriendo a la terrorífica matanza de seres humanos que es el aborto. Si
es así, sencillamente, no me parece serio. Pensar que el aborto existe por
culpa del capitalismo es una afirmación sin el más mínimo fundamento. El aborto
existe por una deriva moral de origen filosófico de la que hablaré más adelante.
Si
lo de que el sistema mata se refiere a las guerras, es cierto que las dos
guerras más sangrientas de la historia la Primera y la Segunda Guerras
Mundiales –y otras guerras como la ruso-japonesa o la franco-prusiana han
tenido lugar dentro de los últimos 200 años en los que se ha desarrollado el
capitalismo. Pero, ¿ha sido el capitalismo su causa? ¡Por supuesto que no! Ha
sido el afán de poder que anida en la naturaleza humana y la Segunda, la más
terrible, por ideologías espantosas como el nazismo y el comunismo que, si son
algo, son anticapitalistas. Esos sí son sistemas de muerte en vez de vida. Es
un hecho empírico que no necesita demostración que en la naturaleza humana
conviven, junto con las más magníficas tendencias hacia el bien y la belleza,
las más terribles pulsiones de la codicia, el afán de poder, la envidia y todos
los llamados pecados capitales. Los que nos declaramos cristianos sabemos que
esa parte oscura de la naturaleza humana se ha producido por el pecado
original. Pero sea cual sea la causa de que ese lado oscuro anide en el corazón
humano, esa causa, desde luego, no es el capitalismo. Ciertamente, la
tecnología, desarrollada por el capitalismo, ha hecho posible que existan
instrumentos de destrucción que no eran ni remotamente pensables hace 200 años.
Pero esa es sólo la cara oscura de la moneda que, por el lado luminoso ha permitido,
como se ha dicho, el retroceso de la pobreza, la mejora universal de la salud,
la inmensa difusión de la cultura, etc. Sí es materia del magisterio petrino,
en el que debería centrarse el Papa, exhortar al uso positivo de esas
tecnologías, proclamando el amor de Dios, la bondad de su plan salvador y las
maravillosas enseñanzas de caridad del Evangelio y vida de Jesucristo, para
hacer que el corazón del hombre se incline por la cara luminosa de una moneda
que, desgraciadamente, no puede existir sin su parte oscura. El trigo y la
cizaña crecen juntos en el corazón del hombre y es a iluminar ese corazón hacia
donde deberían orientarse las enseñanzas papales. En alguno de sus documentos,
este Papa, acusa al sistema de fomentar las guerras porque dice que son un buen
negocio para él, es más, que le resultan necesarias para perpetuarse. Nada más
falso. Lo que sería un buen negocio para el sistema capitalista sería que todos
los habitantes de los países en vías de desarrollo pudiesen tener un coche, una
lavadora, un ordenador personal un libro o un viaje en avión a Europa a un buen
hotel en vez de en patera y campo de refugiados. Y la guerra es
contraproducente para esto. Qué más quisiera el “mortífero” sistema capitalista
que que en Somalia –por citar un país asolado por la guerra– existiesen una
seguridad jurídica y un sistema de libertades que permitiesen empezar a
funcionar el capitalismo, en vez de estar dominado por los señores de la
guerra, en un continuo estado de conflagración civil que hace imposible todo
desarrollo. Es cierto que existen compañías que fabrican armas. Pero, suponen
un mínimo porcentaje de la economía capitalista y, además, salvo contadísimas
excepciones, las venden a estados soberanos para su defensa. Realmente, me
encantaría un mundo en el que los estados no necesitasen armas para defender su
seguridad. Y creo que forma parte del magisterio petrino el cambiar el corazón
humano para que llegue a ser así. Pero, por desgracia, hoy en día ese mundo no
existe y me parece de una enorme falta de sentido común decir que la culpa de
que un mundo así no exista es del capitalismo. Son algunos de estos estados
soberanos –y no precisamente aquellos en los que existe un capitalismo
desarrollado– los que derivan esas armas a guerrillas, movimientos revolucionarios,
terrorismo y otros usos mortíferos de esas guerras sucias no declaradas. Hasta aquí
con el sistema que mata.
“Un
sistema económico mundial que incluya y no excluya”.
Me pregunto si habrá habido alguna vez en la historia de la humanidad una
sociedad en la que la gente pueda vivir hasta la ancianidad manteniendo una
pensión que, aunque siempre sería mejor que fuese mayor, sirva para la
subsistencia de las personas hasta que mueren. O en el que la gente que tiene
la terrible desgracia de estar en paro, tenga un subsidio que le permita seguir
teniendo unos ingresos que le permitan vivir aunque sea con un menor nivel del
que vivía cuando tenía trabajo. O si habrá existido una sociedad en la que la
sanidad llegue a un porcentaje mayor del que llega en esta sociedad. O en el
que la educación haya estado al alcance de un porcentaje mayor del de las
personas que hoy acceden a la misma. Nunca las minorías de cualquier tipo han
sido tan respetadas como en la sociedad que vive de este sistema económico. Nunca,
jamás, en toda la historia de la humanidad, ha existido una sociedad más inclusiva
que esta. Seguro que hay gente marginada y excluida. Pero, en la mayoría de los
casos no es por culpa del sistema económico y, en cualquier caso, el número de
marginados es inmensamente menor del que nunca haya podido soñarse. Cierto que
hay gente que abandona a sus mayores y se olvida de ellos. Pero, ¿ha habido
algún momento en la historia en la que esto no ocurriese? Me parece que no. Y, ¿ha
habido algún momento en la historia en la que cuando esto ocurría los mayores
abandonados tuviesen una mayor protección que la que tiene ahora? Creo que
tampoco. Entonces, en esta sociedad, fundada económicamente en el capitalismo,
¿hay más exclusión de la que ha habido siempre a lo largo de la historia? No,
hay notablemente menos.
“Un
sistema económico mundial que humanice y no deshumanice”.
¿Deshumaniza el capitalismo? Jamás en la historia de la humanidad más seres
humanos han tenido más acceso a la cultura, a la libre creatividad, al
desarrollo personal, al arte en todas sus manifestaciones. ¿Es esto
deshumanización? Ciertamente desde un momento histórico de difícil ubicación en
el tiempo, la filosofía se ha ido empantanando en callejones sin salida, contradictorios,
erráticos y falsos que han desembocado en una desorientación, una falta de
sentido de la vida, un desencanto y un relativismo moral terribles. Tal vez el
magisterio petrino de este Papa debería orientarse a desentrañar y explicar
esas raíces, intentando devolver al ser humano un norte, un sentido de la vida,
una ilusión y unos principios éticos que hiciesen felices a los seres humanos.
Así lo han hecho, de forma ejemplar, sus dos antecesores, Juan Pablo II y
Benedicto XVI.
“Un
sistema económico mundial que cuide la creación y no la deprede”.
Ciertamente, el aumento exponencial de la población y de sus medios de
subsistencia, han hecho que se creen en el planeta Tierra tensiones en el uso
de sus recursos. A esto destinó el Papa Francisco su encíclica “Laudato si”, en
la que tampoco ahorró sus descalificaciones al “sistema económico”. ¿Tal vez la
“culpa” de este sistema pueda ser, precisamente, que ha hecho posible ese aumento
demográfico y ese mayor bienestar? Si esa es su “culpa”, bendita culpa. Creo
que esa encíclica erró por omisión en lo más importante. Ante esta dificilísima
situación sólo caben dos caminos.
El
primero, aritméticamente negativo, frenar el crecimiento de la población y
retroceder en su bienestar. El segundo, positivo, aumentar la cantidad de
recursos del planeta Tierra. Se podría pensar que este segundo es imposible,
pero sería un pensamiento erróneo. Más adelante volveré sobre esto, pero no
antes de analizar el primero. No niego que pedir a los seres humanos del mundo
desarrollado una mayor austeridad sea una buena cosa. En este punto el Papa, éste
y otros, alertan del peligro del consumismo desaforado. Es una buena cosa que,
además, sí que forma parte del magisterio petrino. Pero, este Papa –y otros,
debo decirlo– acusan al capitalismo de fomentar ese peligro del consumismo
desaforado. Sin embargo, esto también choca con la realidad. Por supuesto, no
digo que no existan personas que hayan caído en ese consumismo desordenadamente
desaforado. Pero son la excepción. La mayoría de la gente que yo conozco, lo
que hace es administrar cuidadosamente sus ingresos –que tiene gracias al
“espantoso” capitalismo– para poder llegar a fin de mes e incluso, muchos,
ahorrar moderadamente. Aunque es muy difícil ahorrar con un estado voraz que
aplasta a los ciudadanos con impuestos brutales. Así que el fantasma del
consumismo desaforado está sólo en el imaginario de muchos moralistas de vía
estrecha. Mucha gente, hipócritamente, se lleva las manos a la cabeza si va a
Ikea a comprar y lo ve lleno a reventar. ¡Consumismo!, gritan rasgándose las
vestiduras, atribuyendo a los que allí están, y al sistema al que pertenece
Ikea, de consumismo voraz. Deberían preguntarse si los motivos de su presencia
en ese horrible lugar son también el consumismo y si los demás que están allí
no pueden tener las mismas motivaciones que él y si Ikea no le brinda un
servicio maravilloso para satisfacer necesidades importantes. Dicho esto, como
he señalado antes, un poco más de la virtud de la sana austeridad sería algo
deseable que todo Papa debe fomentar sin, por supuesto, pretender frenar una
sensata aspiración a un aumento de los medios de vida. ¿Alguien en su sano
juicio puede imaginarse que hace cien años se hubiese dicho que no se podía
tener calefacción central, agua corriente y caliente, coche u ordenador
personal si se inventasen? Pero esta petición de austeridad se refiere a los
países desarrollados. A los países en vías de desarrollo, como se les llama un
poco eufemísticamente, no se les puede pedir austeridad. Sería casi una burla. Esos
países están en camino hacia el desarrollo y, por tanto, entra dentro de la más
elemental ética desear que su consumo se incremente. Y, por supuesto, el
mandato bíblico de creced y multiplicaos, no parece que vaya en contra del
crecimiento de la población. Así pues, parece que el primero de los mecanismos
para mejorar la ecología, el aritméticamente negativo, frenar el crecimiento de
la población y retroceder en su bienestar no es ni posible ni éticamente
deseable.
Sin
embargo, el segundo, el positivo, aumentar la cantidad de recursos del planeta
Tierra es ambas cosas, posible y éticamente deseable, a través de la
tecnología, que es un jugoso fruto del capitalismo. Sí, he escrito bien: aumentar
la cantidad de recursos del planeta Tierra. La agricultura vertical, en
edificios de muchas plantas con sistema de riego aeropónico, ya aplicado de
forma limitada, multiplicará por un factor enorme la cantidad de suelo
cultivable. O las plantas de desalinización, con energía barata, permitirán un
aumento impresionante del agua potable. Pero, sobre todo, la tecnología puede
permitir, y de hecho lo hace a) sustituir materias primas menos abundantes y
más dañinas ecológicamente por otras más abundantes y menos lesivas para el
medio ambiente. Por ejemplo, sustituir el petróleo por el sol, el viento o el
hidrógeno. O el litio, tan necesario para baterías eléctricas, que hagan
posible el coche eléctrico, por el sodio, prácticamente ilimitado en la sal
común de los océanos. b) Aumentar dramáticamente la eficiencia de utilización
de esos recursos. Por ejemplo, los cultivos hidropónicos o, más aún, aereopónicos,
de los que he hablado antes, están ya haciendo que las necesidades de agua para
el cultivo y el regadío, que supone el 80% del consumo mundial de agua, se
reduzca de forma inimaginable, liberándola para el consumo humano en bebida e
higiene. c) Explotar recursos actualmente inexplotados. Por ejemplo, el mar
contiene en su seno una cantidad ingente de todos los elementos de la tabla
periódica. Y, sin duda alguna, la tecnología permitirá extraerlos de forma
rentable. d) reutilizar de forma eficiente la inmensa mayoría de las materias
primas ya usadas en la fabricación de algún producto. La economía circular no
es ya algo inalcanzable, sino que la tecnología ya está avanzando en ella. Y
es, además buena para el capitalismo. Y quiero recordar que todos estos avances
tecnológicos, y otros muchos que son hoy en día inimaginables, lo son gracias
al capitalismo. Así que es terriblemente injusto acusar al capitalismo de depredar
la creación. Más bien creo que hace posible la segunda parte del mandato
bíblico de “creced y multiplicaos, dominad la tierra”. Muchas veces he
escrito al referirme a este pasaje bíblico que un amigo mío, buen conocedor del
hebreo, afirma que una traducción posible del término hebreo que habitualmente
se traduce por dominadla o sometedla, podría ser pastoreadla.
Sólo la tecnología permitirá pastorear la tierra para que sea capaz de
sustentar a un número cada vez mayor de seres humanos que cada vez vivan mejor.
Cuando escribí sobre la encíclica “Laudato si”, señalé la ausencia en la misma
de una exhortación a los jóvenes cristianos a participar de lleno, con
entusiasmo y excelente preparación, en el desarrollo tecnológico,
cristianizando lo que en él pueda haber de malo. Ni una palabra se puede leer
sobre esto en esa encíclica y, a fe, que eso sí sería puro magisterio petrino.
Hasta
aquí la defensa del capitalismo de las descalificaciones a las que le somete
Francisco en la convocatoria de este encuentro y, en general, en todos sus
documentos pontificios. No paro, sin embargo de preguntarme cómo es posible que
un sistema económico que ha hecho tanto por la humanidad sea denostado, calumniado
y vilipendiado de esa manera por tantísima gente, el Papa Francisco incluido. Sólo
encuentro una respuesta: El comunismo, que ha fracasado estrepitosamente, humana
y económicamente, en su competencia con el capitalismo, ha triunfado en la
guerra de la propaganda. Mucha gente que, de buena voluntad, rechaza el comunismo,
tiene inculcados de forma casi indeleble en su cabeza las descalificaciones
falsas y calumniosos de la propaganda de ese sistema, que sigue viva y muy
activa. Y parece que Francisco quiere colaborar con esa propaganda.
Paso
ahora a algo mucho más importante, a mi entender: La exhortación a los jóvenes
a “estudiar y practicar una
economía diferente”. Es decir, a pensar de un sistema económico mundial
diferente a este sucio capitalismo que hace todas esas cosas que dice el Papa.
Y lo primero que me pregunto es si realmente forma parte del magisterio petrino
promover el desarrollo de un nuevo sistema económico mundial. Y, en mi opinión,
semejante cosa escapa de lo que, incluso con manga ancha, podría considerarse
ese magisterio. Creo que el Papa, al entrar en este terreno, entra en un campo
que le es totalmente ajeno. Pero, aun admitiendo metodológicamente, que no
realmente, que este proyecto formase parte de su magisterio, me temo que el
mundo no necesita experimentos económicos. Todos, absolutamente todos los
experimentos económicos y sociales que se han implantado en la historia de la humanidad
han sido un fracaso estrepitoso y han creado hambre, miseria y terror.
Empezando por el mercantilismo estatalista de las monarquías absolutas del
siglo XVII, repartiendo monopolios empobrecedores para todos menos para los
beneficiarios de los mismos y, por supuesto, los monarcas. Monopolios que,
además, sí que fomentaban un nacionalismo que generaba guerras. Terminando con
los experimentos económicos comunista y nacional socialista e incluyendo las
supuestas terceras vías yugoeslavas y rumanas o las cubana y bolivariana. El
actual experimento económico de la socialdemocracia está desembocando en unos
endeudamientos estatales insoportables y la creación artificial de dinero a un
ritmo jamás vista en la historia, tanto por el BCE como por la FED, que no
auguran un desenlace feliz, aunque ese desenlace no se haya producido todavía.
Démosle tiempo al tiempo.
Hay
otros experimentos económicos, cargados de una extraordinaria buena voluntad
que no han producido hambre miseria y muerte, sencillamente porque, por fortuna,
ni siquiera se ha intentado llevarlos a la práctica. Hablo, por ejemplo, del bucólico
distributismo ideado por mi admirado Chesterton. Admirado en todos los demás
campos menos el económico. ¡Qué peligroso es hablar de lo que no se sabe! La
realidad histórica es que ni una sola de las llamadas terceras vías ha tenido
éxito. Sólo subsiste viablemente el capitalismo y, además, si no se le paraliza
y si se le deja desarrollarse, seguirá creando riqueza y sacando de la miseria a
una parte cada vez mayor de la población mundial. Y, ¿qué es lo que otorga este
éxito único al capitalismo? Sencillamente, que no es ningún experimento
económico. Es la evolución simbiótica de la economía con la naturaleza humana. El
hecho de que los hombres sean por naturaleza seres libres, racionales, iguales
en dignidad y derechos, con afán de superación, en búsqueda siempre de algo
mejor, imaginativos, creativos, etc., ha hecho que desde tiempos prehistóricos
aparezca un sistema de libre intercambio que, evolucionando con otras
instituciones –políticas, sociales o
técnicas– afines a la naturaleza humana, ha acabado, con la industrialización,
en el capitalismo. No ha sido una evolución exenta de obstáculos y
dificultades. Siempre, a lo largo de toda la historia, aquellos que tenían el
poder absoluto y querían mantenerlo, siendo así capaces de distribuir prebendas
a diestro y siniestro, se han opuesto a ese proceso evolutivo, perjudicando a
la inmensa mayoría de sus súbditos. Pero éste, el libre mercado, a través de
los siglos, las dificultades y las trabas impuestas se ha ido abriendo camino. Y,
de la misma manera que ha venido evolucionando hasta ahora, lo seguirá haciendo
en el futuro, aprovechando las oportunidades y sorteando, no sin zigzagues y
retrocesos, los obstáculos que los experimentos económicos le puedan poner en
su camino antes de que se derrumben.
No
se puede, sin embargo, negar –ya lo he mencionado más arriba–, que la
naturaleza humana, que tiene unos rasgos benéficos, como se han enumerado más
arriba, es también una naturaleza en la que anidan también vicios como el afán
de poder, la codicia, la envidia, etc., etc., etc. Los cristianos creemos que
estos son los efectos del pecado original, pero se tenga o no fe, esta dualidad
de la naturaleza humana es innegable y empíricamente comprobable. Y, como es
lógico, estos vicios también dejan su huella en el capitalismo. Exactamente
igual a como lo hacen en toda institución en la que intervengan los hombres. No
hay ni una institución, ni la más noble, que se libre de esta terrible huella. Por
poner dos ejemplos, hasta la Iglesia católica o la familia se ven marcadas por
esas lacras humanas. Y no creo que por ello los cristianos, y mucho menos el
Papa, podamos decir que estas dos instituciones son malas en su esencia y
naturaleza. Y es la mejora de esos vicios de la naturaleza humana lo que,
además de su evolución, hará que el capitalismo evolucione hacia mejor. Es
decir, el capitalismo no podrá ser mejor de lo que sea el corazón del hombre. Y
por eso, el magisterio petrino, si quiere estar dentro del ámbito que le es
propio, debería esforzarse en actuar para cambiar el corazón de piedra del ser
humano por un corazón de carne. Debería exhortar a los católicos, y a todos los
hombres de buena voluntad que dedican su vida laboral, de una forma u otra, con
una profesión u otra, a trabajar en una empresa a que, con un corazón
convertido, sean fermento de la conversión de otras personas en su entorno
laboral para, así, suavizar en su empresa y el capitalismo los efectos de esta
naturaleza humana caída. Exhortarles a que intenten llegar, con espíritu de
servicio, a los puestos más altos de las empresas para tener una mayor
capacidad de influencia en el cambio de los corazones. Pero no meterse en
camisa de once varas de diseñar nuevos experimentos económicos condenados al
fracaso y que escapan totalmente a su función. Y menos aún si se parte de unos
prejuicios falsos como los que subyacen en las palabras que este Papa utiliza
contra el capitalismo, aún sin nombrarlo explícitamente ni una sola vez que, en
todos sus documentos pontificios. Le pido de todo corazón al Santo Padre, que,
al menos, si no exhorta a los jóvenes a que adopten la actitud anterior, por lo
menos no contribuya a confundirles orientando su idealismo en la dirección
equivocada del beunismo, haciéndolos pasto de ideologías neocomunistas.
Sospecho
que la experiencia de Francisco de haber vivido un capitalismo dominado por
pequeñas oligarquías manipuladoras –capitalismo de compinches– está detrás de
esa fobia suya. Pero nada tiene que ver ese capitalismo de compinches tan
típico de muchos países de Latinoamérica con el capitalismo que puede haber en
los países que lo son auténticamente, en los que éste se encuentra enmarcado en
un sólido sistema jurídico que garantiza, hasta donde es posible en este mundo,
la igualdad de oportunidades y que ha evolucionado en simbiosis con el
capitalismo. El Papa, como Papa que es de toda la humanidad, debería darse
cuenta de esta perspectiva tan diferente del capitalismo. Sin embargo, parece
que tiene un marcado empeño en rodearse de asesores que se aproximan más al neocomunismo
bolivariano que al liberalismo económico de Occidente. ¡Qué dolor!